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Algo
está pasando en el mundo para que el concepto de justicia
se esté convirtiendo en algo amorfo y sin sentido alguno.
Cuba, tan propensa a determinados tremendismos -algunos atinados
y otros no tanto-, acaba de conmemorar un horrendo acto de terrorismo
sobre un avión civil DC-8 de la aerolínea de bandera
del país, Cubana de Aviación, que ocasionó
la muerte a 74 pasajeros -cuya inmensa mayoría era natural
de Cuba- en Barbados el 6 de octubre de 1976.
El mismo día del fatídico aniversario volvieron a
ocupar cámaras los familiares y las sinceras declaraciones
no hacían otra cosa que reclamar justicia. Y no se trata
de un crimen sin culpable, sino de un atroz acto de terror cuyo
principal promotor ahora mismo goza de la protección del
Gobierno de EEUU bajo el amparo de la kilométrica disposición
internacional de la Convención contra la Tortura y Otros
Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes (CAT, 1984) que
prohíbe “la expulsión, devolución o extradición
de una persona a otro Estado cuando haya razones fundadas para creer
que estaría en peligro de ser sometida a tortura”.
Luis Posada Carriles, de 77 años, cubano de nacimiento y
de ciudadanía venezolana, fue el autor de tamaña masacre
gracias también al apoyo de otros “anticastristas”
incapaces de volar el avión del Comandante pero sí
ensañarse con un vuelo civil que no llevaba a ningún
militar a bordo.
Vaya acción heroica y vaya tino el de los jueces gringos
de impedir la extradición hacia Venezuela por temor a que
Chávez le torture. Posada no precisa de torturas, sino un
proceso judicial que los paladines internacionales del terrorismo
se niegan a poner en marcha. Un caso más en el que la justicia
se viste del oficio más viejo de la tierra...
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