Viernes 14 de octubre de 2005
 
Ni Vieja
Juan Varde (Montevideo)
 

La mayoría de la dirigencia latinoamericana, plantea a sus pueblos que hay una nueva y una vieja política, demostrando un abismo entre ellas, lo que no es por demás creíble. Sólo que su obligación es la de saldar las diferentes cuestiones que en realidad tienen con la sociedad a la que deberían de representar de la mejor manera posible.

De ninguna manera consideramos que ante la diversidad de sectores en pugna uno sea lo nuevo y el otro lo contrario, la cuestión es mucho más profunda, la trama pasa por la revalorización de la política como herramienta de cambio y de desarrollo social y económico, ni más ni menos esto es lo nuevo tanto ayer, como hoy y lo será en el futuro, lo viejo apunta a la mentira y a la falta de respuesta a los reclamos de la gente, la corrupción, el clientelismo, mientras que la nueva sería la honestidad en la gestión, y dar solución inmediata los problemas de la gente en temas como la seguridad, el desempleo, la educación base, etc.

Lo nuevo, aunque desde siempre debió ser así, es la gestión de políticas que reestablezcan la justicia social y que haya un equilibrio económico, con claras reglas de juego, el respeto por la independencia de los poderes, la seguridad jurídica, lo viejo es alejarse de principios esenciales de la política, como los que no entienden que el poder sólo sirve para transformar la realidad de manera pacífica, llevar adelante una política que mejore la calidad de vida y sostenga el equilibrio administrativo y financiero, lo que produce una mejor interrelación con la sociedad, acompañada por un estricto control de gestión de parte de las minorías, nunca más poder al gobierno de turno, si más control de su gestión.

El ciudadano ya no cree que la política es un instrumento de cambio social, para quebrar este escepticismo hay que entender la esencia de la política que es saber interpretar las necesidades de la comunidad para luego elaborar y dar respuestas adecuadas, a una sociedad que requiere respuestas concretas. Un dirigente se debe caracterizar por la capacidad de determinación para abordar lo que para otros es imposible, consolidar una gestión ágil y dinámica con el sólo fin de servir al ciudadano, no hay que esconderse detrás de los cortinados de las crisis para no gestionar ni tampoco refugiarse en las voces de cautela y temor ante la posibilidad de quedar como utópicos, pues sus anhelos son en definitiva los que aprecian cada uno de los ciudadanos.

Lo viejo y lo nuevo, en política, no existe, la cuestión es como una vez instalado en los espacios de decisión, se implementan políticas a favor de la gente, el denostar una falsa dicotomía es pura habladuría que nos lleva, seguramente a un camino sin retorno.





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