La diplomacia de
EEUU hacia Cuba ha dado un sigiloso giro del que parece no haberse
enterado ni la oposición española del Partido Popular
(PP) ni la cubana. Hace ya unas semanas, que Michael Parmly, el
nuevo jefe de la Sección de Intereses de EEUU en La Habana,
ocupó su cargo. Pero nadie lo diría. La discreción
ha marcado los primeros pasos de este diplomático de carrera
en su nuevo destino, lo que marca un evidente cambio de tono con
respecto a la forma en que su antecesor, James Cason, hacía
las cosas.
Su exuberancia y el modo en que tenía
de enfrentarse con el Gobierno cubano le convirtieron en el enemigo
público número uno del líder de la isla. Y
en el mejor amigo de un sector de la disidencia. No de toda.
Las diferencias quedaron más marcadas
aún si cabe el pasado 12 de octubre cuando, según
fuentes presentes en el acto, Parmly se acercó a la Embajada
española para participar en la celebración de la fiesta
nacional, a pesar de que el embajador español, Carlos Alonso
Zaldívar, no había invitado a la disidencia, con quién
se entrevistó días antes en un acto completamente
separado que España quiso desligar de la fiesta y convertir
en uno de los encuentros que periódicamente mantiene con
la sociedad civil.
Parmly coincidió en el acto con altos
cargos del Gobierno cubano como Marta Lomas y René de la
Nuez, ministros para la Inversión Extranjera y Comercio Exterior,
respectivamente, el vicecanciller Bruno Rodríguez o el histórico
comandante de la Revolución Guillermo García Frías.
La fiesta de La Hispanidad del pasado 12 de octubre reunió
a unas 1.300 personas en los jardines de la Embajada española
en La Habana, una cifra que superó con amplitud la asistencia
registrada en los últimos años.
No habrá otra “Guerra
del Canapé”. El fracaso cosechado por la celebración
de la fiesta nacional alemana en su embajada habanera, hizo prever
a los analistas políticos una posible redición de
la “Guerra del Canapé”. Aquel momento de congelación
diplomática en que los embajadores europeos no encontraban
interlocutores en el Gobierno por haberse empeñado en invitar
a los disidentes a sus fiestas.
Los alemanes optaron este año por hacer
dos celebraciones separadas el mismo día con un resultado
quizá previsible: los altos cargos cubanos boicotearon la
suya. De ahí, los fundados temores de algunos observadores.
Pero, al menos con España, que distanció
los encuentros y rebajó el rango de su cita con los disidentes,
la historia no se ha repetido. Las personalidades cubanas acudieron
y también el representante diplomático de EEUU en
la isla.
Apoyo en Madrid. El Gobierno
de Zapatero ha contado incluso con el apoyo del embajador estadounidense
en Madrid, Eduardo Aguirre, a pesar de las críticas que desató
en Washington la inclusión en una declaración especial
en la Cumbre de Salamanca de la condena del bloqueo a Cuba. Aguirre
agradeció a la Administración española que
actuase como elemento moderador y la responsabilizó del hecho
de que la mencionada declaración fuera “matizada de
una forma más sensata” de lo que habrían sido
si España no hubiera intervenido.
Aunque también hubo lamentos. El embajador
se quejó del hecho de que las conclusiones de la Cumbre de
Salamanca fueron “eclipsadas por los intereses de Cuba o de
Venezuela”, cuando éstos deberían haber sido
"relegados" ante cuestiones "de mucha más
importancia" en Latinoamérica como la democracia o los
derechos humanos.
La reacción de Washington contrasta
con la de la oposición española. El líder del
PP, Mariano Rajoy, ayudado del ex presidente español, José
María Aznar, intentaron ridiculizar y restar importancia
al evento en un intento de desprestigiar la política internacional
del Gobierno y la imagen de España en el extranjero.
Por supuesto, la reacción del PP ha
sido duramente criticada por el partido en el Gobierno. El secretario
de Organización del Partido Socialista Obrero Español
(PSOE), José Blanco, calificó a Aznar como el “más
negro embajador de la historia de España” y reprochó
a Rajoy, que haya menospreciado la cita de Salamanca.
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