Viernes 21 de octubre de 2005
 
Los países en vías de desarrollo tienen otra oportunidad para conseguir una reducción de los aranceles
 
Otra vez, la OMC
Alberto Miguel Arruti
 

De nuevo, el proteccionismo vuelve a ser el protagonista de una serie de negociaciones. Ya ha pasado algún tiempo desde que EEUU impuso una serie de trabas arancelarias a los productos siderúrgicos, que provenían de otros países. La ronda de Doha pretendió conseguir una mayor liberación del comercio mundial. Pero va muy atrasada con relación al calendario propuesto en aquel momento.

Era el año 2001. Y los resultados tendrían que haberse visto a finales de 2004. Desde el fracaso de la conferencia de Cancún, en 2003, las negociaciones se encuentran paradas. Del 13 al 18 del próximo diciembre está prevista una cumbre de ministros de Comercio, que tendrá lugar en Hong Kong y que constituye hoy la única esperanza de reanudar las negociones, que lleven a recortar aranceles, subvenciones y demás intervenciones administrativas.

Pero no es fácil caminar hacia medidas de liberación. Entre los 148 países miembros de la OMC las posturas son muy diferentes. Hasta la ronda de Uruguay, que se celebró en 1993, los países se podían clasificar entre industrializados y en vías de desarrollo. Si acudimos a una clasificación sectorial, se podía hablar de industria por un lado, y agricultura y textiles por otro. Pero ahora, las cosas han cambiado. Para empezar, son cinco los principales interlocutores: EEUU, Unión Europea, el Grupo de Cairns, integrado por tres países industrializados (Australia, Nueva Zelanda y Canadá) y 14 países simiindustrializados, entre los que figuran Argentina y Uruguay, con una agricultura muy competitiva, el Grupo-21 de los países emergentes, liderados por Brasil y la India y, finalmente, los países más pobres del Tercer Mundo.

De momento, Bruselas se ha comprometido en la OMC a reducir un 70% las ayudas a la producción de sus agricultores; entre un 20% y un 50% los aranceles con los que grava las importaciones agrícolas, y limitar a 160 los productos calificados como sensibles, sobre los que la Unión Europea conservaría aranceles particularmente elevados.

Por otra parte, las economías emergentes se niegan a abrir sus mercados a EEUU y a la Unión Europea, mientras no liberalicen sus mercados agrícolas. Esta postura la comparten otros grandes exportadores agrícolas, como Australia, Nueva Zelanda y Argentina.

Todo este panorama se proyecta sobre el que la Unión Europea ha dado a conocer, hace unos días, sus directrices en relación con la política industrial. En líneas generales, puede afirmarse que se trata de una política de corte liberal, lo que no excluye, que cuente con determinados objetivos, que pretenden mejorar el sector industrial. Es el momento de recordar que la Comisión Prodi se desentendió, de alguna manera, de la política industrial, lo que provocó un vacío que se llenó con otras prioridades, como el medio ambiente y la cohesión social.

Hoy se aceptan com dogmas, en el terreno económico, los principios liberales, pero muchos gobiernos tienen miedo de ponerlos en práctica, sobre todo cuando se trata de medidas que pueden tener una clara e inmediata repercusión en la política mundial.

Salvo en contados aspectos, hoy prácticamente todo repercute en el mundo en su totalidad. Nos guste o no, nos encontramos sumergidos en una economía globalizada, divida en sectores más o menos grandes y poderosos, como pueden ser el sector del dólar o el del euro. Por todo ello, la economía industrial tiene que tener una especial sensibilidad, para impulsar el desarrollo industrial sin modificar las fuerzas del mercado.

Edita Asesores de Publicaciones S.L.