De nuevo, el proteccionismo
vuelve a ser el protagonista de una serie de negociaciones. Ya ha
pasado algún tiempo desde que EEUU impuso una serie de trabas
arancelarias a los productos siderúrgicos, que provenían
de otros países. La ronda de Doha pretendió conseguir
una mayor liberación del comercio mundial. Pero va muy atrasada
con relación al calendario propuesto en aquel momento.
Era el año 2001. Y los resultados tendrían que haberse
visto a finales de 2004. Desde el fracaso de la conferencia de Cancún,
en 2003, las negociaciones se encuentran paradas. Del 13 al 18 del
próximo diciembre está prevista una cumbre de ministros
de Comercio, que tendrá lugar en Hong Kong y que constituye
hoy la única esperanza de reanudar las negociones, que lleven
a recortar aranceles, subvenciones y demás intervenciones
administrativas.
Pero no es fácil caminar hacia medidas de liberación.
Entre los 148 países miembros de la OMC las posturas son
muy diferentes. Hasta la ronda de Uruguay, que se celebró
en 1993, los países se podían clasificar entre industrializados
y en vías de desarrollo. Si acudimos a una clasificación
sectorial, se podía hablar de industria por un lado, y agricultura
y textiles por otro. Pero ahora, las cosas han cambiado. Para empezar,
son cinco los principales interlocutores: EEUU, Unión Europea,
el Grupo de Cairns, integrado por tres países industrializados
(Australia, Nueva Zelanda y Canadá) y 14 países simiindustrializados,
entre los que figuran Argentina y Uruguay, con una agricultura muy
competitiva, el Grupo-21 de los países emergentes, liderados
por Brasil y la India y, finalmente, los países más
pobres del Tercer Mundo.
De momento, Bruselas se ha comprometido en
la OMC a reducir un 70% las ayudas a la producción de sus
agricultores; entre un 20% y un 50% los aranceles con los que grava
las importaciones agrícolas, y limitar a 160 los productos
calificados como sensibles, sobre los que la Unión Europea
conservaría aranceles particularmente elevados.
Por otra parte, las economías emergentes se niegan a abrir
sus mercados a EEUU y a la Unión Europea, mientras no liberalicen
sus mercados agrícolas. Esta postura la comparten otros grandes
exportadores agrícolas, como Australia, Nueva Zelanda y Argentina.
Todo este panorama se proyecta sobre el que
la Unión Europea ha dado a conocer, hace unos días,
sus directrices en relación con la política industrial.
En líneas generales, puede afirmarse que se trata de una
política de corte liberal, lo que no excluye, que cuente
con determinados objetivos, que pretenden mejorar el sector industrial.
Es el momento de recordar que la Comisión Prodi se desentendió,
de alguna manera, de la política industrial, lo que provocó
un vacío que se llenó con otras prioridades, como
el medio ambiente y la cohesión social.
Hoy se aceptan com dogmas, en el terreno económico,
los principios liberales, pero muchos gobiernos tienen miedo de
ponerlos en práctica, sobre todo cuando se trata de medidas
que pueden tener una clara e inmediata repercusión en la
política mundial.
Salvo en contados aspectos, hoy prácticamente
todo repercute en el mundo en su totalidad. Nos guste o no, nos
encontramos sumergidos en una economía globalizada, divida
en sectores más o menos grandes y poderosos, como pueden
ser el sector del dólar o el del euro. Por todo ello, la
economía industrial tiene que tener una especial sensibilidad,
para impulsar el desarrollo industrial sin modificar las fuerzas
del mercado.
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