No hay duda. Si
se realizara una encuesta en España para saber quién
es el venezolano más conocido, el presidente Hugo Chávez
sólo podría aspirar a la segunda posición.
El indiscutible número uno sería Boris Izaguirre,
un popularísimo showman televisivo, cuya peculiar personalidad
ha cautivado al público.
Sin embargo, 13 años después
de su desembarco en la península Ibérica son muy pocos
quienes conocen su condición de intelectual comprometido
con su tiempo y lo que esconde su exuberante personaje público.
Ahora el escritor oculto tras el presentador famoso quizá
tenga también la oportunidad de brillar.
Durante siete temporadas, Boris ha sido una
de las atracciones principales de “Crónicas Marcianas”,
el “late night” de más éxito en la historia
de la televisión española. Gracias al programa, este
agitador mediático y homosexual militante ha acumulado por
igual admiradores y detractores y ha conseguido moverse con naturalidad
tanto en como la prensa rosa y como en los suplementos culturales.
Orgulloso de sus raices. Boris
está orgullos de sus raíces a las que atribuye un
alto porcentaje de un éxito que, según sus propias
palabras, se debe a que fue capaz de traer a la televisión
española algo que el público buscaba, quizá
sin saberlo. Una forma de ser y estar propia del carácter
venezolano que incluye encanto, ironía y dulzura salpicada
de acidez.
Pero en los círculos bolivarianos oficiales
no se está de acuerdo con esta apreciación. Algunas
fuentes consultadas niegan que Izaguirre pueda ser considerado un
embajador internacional de la cultura venezolana. Le relacionan
más bien con una tradición bohemia de toda Latinoamérica,
interesante en la forma, pero escasa de contenidos.
No es extraño, las relaciones de Boris
con los actuales dirigentes de su país no son del todo buenas.
Hay quién no olvida que la firma de la estrella de “Crónicas
Marcianas” apareció en 2002 en un manifiesto contra
el chavismo denominado SOS Venezuela.
Curiosamente, nuestro protagonista tampoco es muy popular entre
la oposición radical a la que ha reprochado querer parecerse
demasiado al anticastrismo de Miami.
Tal vez esa equidistancia crítica sea
la causa de que, para sorpresa de este reportero, algunos intelectuales
partidarios del actual presidente venezolano, reconozcan en privado
que la obra literaria de Izaguirre, especialmente la relacionada
con su antigua actividad como crítico de cine, tiene un peso
notable.
Columnista en Venezuela. De
hecho, en su país de origen no han olvidado que mucho antes
de trabajar en televisión ya ejercía como columnista.
La cultura ha estado siempre presente en el entorno de Boris. Su
madre, Belén, era bailarina de ballet clásico y su
padre, Rodolfo, llegó a dirigir la Cinemateca Nacional de
Venezuela.
Estos antecedentes explican la precocidad de
nuestro personaje que con sólo 16 años, empezó
a colaborar en “El Nacional” de Caracas. Después
inició una brillante carrera como guionista de series para
la pequeña pantalla. Escritor de “culebrones”,
las famosas telenovelas que son quizá la mayor aportación
de Venezuela a la industria mundial de los contenidos audiovisuales
en castellano. Boris coescribió junto a José Ignacio
Cabrujas las historias de “La Dama de Rosa” y “Rubí
Rebelde”, dos productos que cosecharon un gran éxito
en España y que le permitieron conseguir un contrato en la
Televisión Regional de Galicia. La plataforma desde la que
inició el asalto a las emisoras de cobertura nacional y propició
su llegada a “Crónicas Marcianas” de la mano
de Javier Sardá.
Su entrada en “Crónicas”
fue la culminación de un propósito personal. Según
Boris, cuando este “late night” empezó a emitirse
él era un espectador más y se juró a si mismo
que trabajaría allí. Antes realizaría sus primeras
apariciones televisivas en varios programas emitidos por Tele Cinco,
la misma cadena privada. Fue entonces cuando Sardá le fichó
como guionista y en pocas semanas decidió que el verdadero
lugar de Izaguirre no estaba detrás si no delante de las
cámaras.
Fructífero periplo. Así
empezó un periplo tan fructífero como agotador que
terminó en junio de este año. Pero la nostalgia no
impide que Boris se alegre en parte: “Quizá así
vuelva a recobrar mi esencia y deje de ser un personaje”,
dice.
Quizá así el Izaguirre escritor,
con tres novelas publicadas y una vasta colección de ensayos,
abandone la zona de sombra que ocupa ahora ante las audiencias mayoritarias
fascinadas por el impacto televisivo de este personaje de homosexual
desinhibido, y “glamouroso”. Una imagen muy lejana de
lo que Boris siempre ha querido ser. El se considera un intelectual
contemporáneo. Y piensa que un intelectual de nuestro tiempo
tiene que estar presente en todos los medios de comunicación
para difundir su voz.
Izaguirre defiende así su actitud provocadora
tras la que latiría el propósito de convertirse en
la conciencia de una sociedad en la que, en su opinión, el
machismo y la intolerancia se han constituido en las bases ideológicas
del comportamiento y a la que hay que recordar periódicamente
que existen quienes viven y piensan de otra manera.
Sin embargo, hasta la provocación tiene un límite.
Por eso Boris ha establecido una fecha de caducidad para su popular
personaje. Que quizá se acelere ahora que “Crónicas”
ha llegado a su punto final. Boris está decidido a provocar
hasta que termine el dominio de lo reaccionario, el convencionalismo,
la represión y la censura oculta.
Un espíritu cachondo. Y,
ciertamente él habrá contribuido a ello. Como explica
el periodista y compositor español Joaquín Carbonell,
“el espíritu cachondo de este gay venezolano”
le ha abierto los ojos a la gente.
Izaguirre afirma que tiene completamente asumida
su opción sexual, aunque asegura que hubo un tiempo en el
que intentaron humillarle por haberse declarado abiertamente gay.
Pero su militancia a favor de la libertad sexual no le convierte
en un fanático; Boris afirma rotundamente que la homosexualidad
no otorga un plus de sensibilidad a nadie y hasta ataca con fiereza
los nuevos fundamentalismos relacionados con la actual sublimación
de este colectivo. Advierte de que la revolución gay se está
convirtiendo en un producto de “merchandising” y que
fomenta intolerancias.
Y a esa evolución, poco deseable, no
sería ajena la nueva élite de la homosexualidad, la
llamada “Mafia Rosa”. El creciente grupo de homosexuales
ricos y famosos que desprecia la solidaridad e imita en sus comportamientos
privados las fórmulas segregacionistas del machismo radical.
Para algunos expertos en comunicación,
Boris sería el último capítulo que ha dado
por el momento una tradición ya universal con ilustres precedentes:
un hijo tardío de aquel Nueva York de los sesenta donde Andy
Warhol era el rey, o un sobrino lejano de la movida madrileña
de los ochenta.
Tormentosas interioridades. El
propio Boris reconoce también que el histrionismo que le
ha hecho famoso bebe de muchas fuentes. De mitos artísticos
como Rapahel o Elvis o de personajes de ficción como la Margo
Channing que interpretó Bette Davis en “Eva al desnudo”,
la película de Joseph Mankiewicz que puso al descubierto
las tormentosas interioridades de Broadway.
Claro que también hay otros referentes enraizados directamente
en el universo literario. Cómo Truman Capote o el escritor
catalán Terenci Moix.
Un intelectual también fascinado por
los mitos cinematográficos clásicos y que ejerció
durante toda su vida como provocador. Un hombre que nunca eludió
convertirse en un fenómeno de masas y a quién el propio
Boris ha definido como el verdadero rey del glamour en lengua castellana.
Una admiración que le llevó a estar presente en los
funerales privados de su ídolo, celebrados en el Saló
de Cent de Barcelona en abril de 2003, donde Boris leyó el
párrafo inicial de ‘El peso de la paja’, el primer
volumen de las memorias de un escritor quién se identificaba
con el personaje de Scaramouche porque también había
nacido “con el divino don de la risa”. ¿Les recuerda
algo?
Boris también reconoce su cercanía
a otros escritores, conocidos también por su homosexulidad
y vocación provocativa. Uno de ellos es el prestigioso poeta
español Luis Antonio de Villena, cuya obra narrativa le aportaría
una información de vital importancia en los primeros compases
de su aventura española, la correspondiente a la evolución
de la sociedad hispana durante la transición del franquismo
a la democracia y los brillantes años ochenta.
Creciente prestigio. Desde
hace tiempo, Boris goza de un creciente prestigio en los círculos
más exclusivos y exquisitos de la intelectualidad española,
donde se le reconoce sabiduría y oficio y se espera mucho
de él para el futuro. El conocido crítico literario
José Luis García Martin, por ejemplo, comenta que
en las tres novelas publicadas hasta ahora (“El vuelo de los
avestruces”, “Azul Petróleo” y “1965”),
y en sus libros de ensayo y crítica de cine (“Morir
de glamour”, “Verdades alteradas”, “Fetiche”
y “El armario secreto de Hitchcock”), se aprecia un
oficio consistente y una personalidad definida. Para él Izaguirre
no sería, desde luego, el típico personaje popular
de la televisión que aprovecha su tirón popular para
desembarcar en la industria del libro.
Pero el Boris escritor, sólo es una
anécdota para el gran público español. Quizá
un atisbo de que el personaje no es exactamente lo que parece. Cómo
si la extraordinaria popularidad que ha conseguido le hubiera hecho
caer en la trampa que, según sus propias palabras, supone
la televisión. Una trampa que no permite la discrepancia,
que da popularidad pero azota y limita la percepción que
el público tiene de los famosos.
Por eso quizá también ha definido su ambivalencia,
entre el personaje público televisivo y el escritor que siempre
fue como una doble adicción en el que la literatura funciona
como espacio de absoluta libertad, mientras que la televisión
sería “un ojo fagocitador que devora, vampiriza, destruye
y construye”.
Un abismo que él intenta superar con
esfuerzo. “He jugado con muchos riesgos y a veces he tenido
la sensación de que podían volverse contra mí.
Y me he dado cuenta de que la única manera que uno puede
controlar eso es aplicándose una fortísima disciplina”,
afirma. Y asegura también que como escritor nunca se ha hecho
preguntas trascendentes. Y se ha limitado a ser disciplinado, eliminar
lo que sobra e intentar que a lo largo del proceso creativo el ruido
se transforme en música.
Quizá ahora que ha terminado Crónicas
sea el momento de que el Boris escritor ocupe el primer plano. Y
seguro que con otro aire. El que ya se respira en las columnas que
escribe para la revista Zero, la publicación española
más prestigiosa dirigida al colectivo homosexual, o en sus
intervenciones en el programa de radio “La Ventana”,
el magazine de tarde de la Cadena Ser.
Aunque su ausencia televisiva no va a prolongarse
demasiado. Antes de fin de año, Boris volverá a la
pequeña pantalla para situarse al frente del “magazine”
televisivo de tarde que acompañara al lanzamiento de “Cuatro”,
la nueva cadena en abierto del grupo Prisa, propietario del Diario
“El País” que iniciara sus emisiones el próximo
mes de noviembre. Y va a sentirse como en casa. El programa, que
producirá Gestmusic (una filial de la operadora española
Telefónica) se realizará en Barcelona, en el mismo
plató y con los mismos técnicos de “Crónicas
Marcianas”
Un homosexual militante. En
España, pocos dudan que la presencia en televisión
de Boris ha contribuido a normalizar la percepción del público
sobre los colectivos “gay” y ayudado a que la decisión
del gobierno socialista de legalizar los matrimonios entre personas
del mismo sexo tuviera un amplio respaldo. Una nueva norma que Izaguirre
aprovechará para casarse con su novio Rubén, a quien
conoció en Santiago de Compostela y con quien convive desde
poco después de su llegada a España.
La mayoría de los homosexuales españoles
considera también positivamente la acción de Izaguirre.
Aunque en los primeros tiempos hubo algunas discrepancias y Boris
recibió muchas críticas. Beatriz Gimeno, vicepresidenta
del Colectivo de Gays y Lesbianas de Madrid (COGAM) lo cuenta así:
“cuando apareció Boris hubo muchos gays que expresaron
públicamente su desacuerdo con la imagen que ofrecía,
pero eran gays con mucha homofobia internalizada y no eran activistas.
Lo cierto es que desde el movimiento siempre apoyamos a Boris. Su
imagen es la de un gay feliz y contento de sí mismo.
Alguien a quien no es fácil humillar
mediante el insulto o la injuria. No tiene por qué representar
a nadie, se representa a sí mismo y, en todo caso, representa
la pluma (una palabra que en España sirve para describir
la exhibición exagerada de comportamientos relacionados con
la homosexualidad). La alegría de la pluma, el orgullo de
la pluma. A los activistas nos gusta Boris. Es alguien que no se
avergüenza de ser cómo es”.
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