| La investigación
que realiza en estos momentos la SEC, el supervisor bursátil
de EEUU, sobre la habilidad del líder de la mayoría
republicana en el Senado, Bill Frist, para vender sus acciones de
Hospital Corporation dos semanas antes de que el precio bajara un
9%, está ocupando mucho espacio en la prensa generalista estadounidense.
Frist insiste en que no manejaba información
privilegiada. Más aún, el senador asegura que realizó
la venta para no enfrentarse a un posible conflicto de intereses,
sabedor de que la presencia de su hermano Thomas en el consejo de
la empresa podía ser malinterpretada.
De hecho, según su versión
fue una casualidad que quince días después de que el vendiese sus
títulos, valorados en unos dos millones de dólares, la compañía
publicara un comunicado oficial en el que anunciaba que no iba a poder cumplir
sus previsiones de beneficios trimestrales.
Una coincidencia. Y también
fue una coincidencia que cuando el pasado 13 de junio le dio la
orden de vender al “trust” ciego que maneja sus cartera,
las acciones valieran 58,60 dólares, justo el máximo
del año.
Según Frist, que aspiraba a ser el candidato
republicano a la presidencia en 2008, jamás ha estado al
tanto de la forma en que los gestores de su cartera la manejaban.
Lo malo es que hoy, una investigación del Washington Post
plantea serias dudas sobre esta versión. Según el
periódico, desde 2001 Frist recibió al menos once
cartas de su broker con el detalle completo de sus inversiones.
De momento, el senador no ha hecho comentarios sobre está
información.
Pero, quizá arremeter ahora contra
Frist no sea del todo correcto. Un reciente Informe de la Universidad
del Estado de Georgia demuestra que en el último lustro la
revalorización de las carteras de los senadores han superado
en un 12% las conseguidas por los principales índices. Toda
una hazaña que sitúa el olfato de los cuidadores de
sus carteras en una dimensión que no parece fácil
de alcanzar ni para los mejores gestores de fondos del país.
Información privilegiada. O
es eso, o es, como muchos piensan, que los parlamentarios estadounidenses
disponen de información privilegiada y suelen compartirla
con los responsables de los “trust” donde están
depositados sus títulos de renta fija y variable.
Lo que quizá explique el silencio
que sus compañeros en la Cámara Alta, tanto republicanos como demócratas
han mantenido estos días desde que se supo que la Fed investigaba a Frist.
La estrecha relación entre los grupos de presión empresariales y
los parlamentarios ha dado siempre pie a este tipo de especulaciones. Pero, ciertamente,
no resulta fácil encontrar el rastro de las posibles ilegalidades.
Al menos no tan directamente como cuando son los propios consejeros o directores
generales de una empresa los que realizan la operación. Así que
sea cual sea la suerte que corra Frist, sus colegas podrán seguir tranquilos
en ese aspecto. No tanto en el político, porque si el Departamento de Justicia
termina presentando cargos contra él, los republicano pueden encontrarse
sin líderes parlamentarios ni en el Congreso, donde Tom Delay ha tenido
que abandonar su puesto para hacer frente a una acusación de malversación
de fondos electorales, ni en el Senado. Y todo ello,
mientras el cerco que mantiene el fiscal especial Patrick Fitzgerald sobre la
Casa Blanca por haber desvelado la identidad de una agente secreta de la CIA se
estrecha cada vez más.
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