"Yo sé
que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como
bandera a la victoria". La frase podía leerse impresa
en una pancarta en el fondo de un club pobre en un distrito paupérrimo
de Buenos Aires durante un acto público de homenaje. El motivo,
la celebración del aniversario de la muerte de la autora
de la sentencia, Eva Perón, Evita, fallecida hace 53 años,
viva en la memoria de un clase política, la argentina, que
aún se disputa la herencia de Juan Domingo Perón y
su mujer.
La organizadora del acto, Cristina Fernández de Kirchner,
mujer del presidente de Argentina, Néstor Kirchner, primera
dama o “primera ciudadana”, como gusta que le llamen.
El acto se celebró en la vorágine de una campaña
electoral atípica, maratoniana, tres meses de mítines,
discursos y enfrentamientos, 90 días para disputarse la mitad
de los representantes de la Cámara de los Diputados y un
tercio de los senadores. A eso estaban llamados los argentinos el
pasado 23 de octubre. Ganó Kirchner, que no se presentaba
pero que consiguió, a través de sus candidatos, cerca
del 40% de los votos. Sobre todo, gracias a una candidata estrella,
su mujer, la gran vencedora en la provincia de Buenos Aires, que
aglutina el 37% del censo electoral del país.
No era, sin embargo, la única “gran dama” que
se presentaba a estas elecciones. Enfrente, por un puesto en la
misma provincia de Buenos Aires, Hilda González, más
conocida como “Chiche” Duhalde, mujer de otro líder
peronista y ex presidente de Argentina, Eduardo Duhalde.
Ella también celebró, el mismo día, a la misma
hora y en la misma ciudad otro acto en honor de la figura de Evita.
Menos grandilocuente, dicen los cronistas.
Dos mujeres, dos estilos y un mismo destino: la disputa de la memoria
de Evita. Detrás de esta lucha otra bien distinta, soterrada,
fraticida, la de sus maridos por el dominio de eso que se ha dado
en llamar “peronismo”.
Fascinante enfrentamiento el de estas dos señoras, paradigma
de los males que corroen a toda una clase política, quintaesencia
de la herencia de Juan Domingo Perón, ídolo de masas,
inventor del populismo, el hombre que quería erigir a Mussolini
“un monumento en cada esquina”.
Un breve perfil de las candidatas nos acerca aún más
a una terrible realidad, a la certeza de que el enfrentamiento de
Cristina Fernández de Kirchner y Hilda “Chiche”
Duhalde es la mezcla perfecta entre populismo, vedetismo y una dependencia
atávica de la figura masculina, del líder, del hombre
providencial.
A Cristina Fernández, la triunfadora de estas elecciones
se la conoce como “la rebelde”. Nacida hace 52 años
en La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, es peronista
desde su época universitaria, cuando conoció a Kirchner,
con el que se casó en 1974. Dicen que va por libre, que no
está ahí por su marido; subrayan, quienes la defienden,
que es parlamentaria desde hace más de diez años,
que su carrera política es independiente de la de su cónyuge.
Pero lo cierto es que el presidente ha sido una de las grandes figuras
de la campaña de Cristina, su jefe en la sombra. Sus apariciones,
de marcado toque estadounidense, ideadas por el prestigioso publicista
Enrique Albistur, secretario de Comunicación del gobierno
de su marido, están pensadas para la televisión, medio
en el que la primera dama se mueve como pez en el agua. Adora, cómo
no, citar la memoria de Evita, de la que se siente una especie de
reencarnación.
Por otro lado, Hilda “Chiche” Duhalde quién se
define a sí misma como “una política diferente”.
No lo parece a juzgar por sus declaraciones, siempre en teoría
del lado de la verdad, actitud que delata su tendencia al populismo.
Dice el historiador mexicano Enrique Krauze, en su reciente artículo
“Decálogo del populismo Iberoamericano”, que
“el populismo fabrica la verdad”. Como muestra, sirva
una declaración de “Chiche” Duhalde al diario
“Clarín” de Buenos Aires: “Yo reivindico
el peronismo de verdad, el que me enamoró a través
de su doctrina y de sus ideas. Creo que nacimos para estar al lado
de los más desvalidos”.
Añade Krauze, en otra de sus diez máximas, que “el
populista reparte directamente la riqueza (...) pero el populista
no reparte gratis: focaliza su ayuda, la cobra en obediencia”.
Que le pregunten a la mujer de Duhalde impulsora y directora, cual
Evita, de un plan que involucró en Buenos Aires a 17.000
mujeres dedicadas a detectar los focos de miseria y las necesidades
de cada comunidad. Sabido es que, una vez detectado el foco y dispensada
la ayuda, el barrio se convierte en feudo a perpetuidad del donante.
Casualidad: durante aquella época, mediados de los noventa,
en la que “Evita” Duhalde manejaba un presupuesto de
280 millones de dólares para la provincia de Buenos Aires,
el gobernador era su marido, quien, paradojas, ha estado detrás
también, de cada movimiento de la campaña de “Chiche”.
En definitiva, dos populismos, el posmoderno, arrogante y televisivo
de Cristina Fernández y el caritativo, color sepia y clásico
de “Chiche” Duhalde. Dos formas de entender la política
unidas por el cordón umbilical del peronismo. Dos representaciones
más de un nepotismo que no parece tener límites.
Por cierto, después del espectáculo, la resaca de
la realidad: ha ganado Kirchner y su corriente, el Kirchnerismo.
Ha perdifo Duhalde y su corriente, el duhaldismo.
Ganó Perón, y su corriente, el peronismo. Personalismo,
populismo, nepotismo, males de ayer para los problemas de hoy. Cristina
y “Chiche”, paradigma de esos males, se acostarán
pensando, cada noche, que cada una de ellas y no la otra es “la
verdadera heredera de Evita”.
(*) Juan Carlos Galindo es un periodista de la Agencia
de Información Solidaria
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