Viernes 4 de noviembre de 2005
 
Las mujeres de Kirchner y Duhalde protagonizaron una batalla electoral marcada por la figura de Evita
 
Vampiresas de clase alta
Juan Carlos Galindo (*)
 

"Yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria". La frase podía leerse impresa en una pancarta en el fondo de un club pobre en un distrito paupérrimo de Buenos Aires durante un acto público de homenaje. El motivo, la celebración del aniversario de la muerte de la autora de la sentencia, Eva Perón, Evita, fallecida hace 53 años, viva en la memoria de un clase política, la argentina, que aún se disputa la herencia de Juan Domingo Perón y su mujer.

La organizadora del acto, Cristina Fernández de Kirchner, mujer del presidente de Argentina, Néstor Kirchner, primera dama o “primera ciudadana”, como gusta que le llamen.
El acto se celebró en la vorágine de una campaña electoral atípica, maratoniana, tres meses de mítines, discursos y enfrentamientos, 90 días para disputarse la mitad de los representantes de la Cámara de los Diputados y un tercio de los senadores. A eso estaban llamados los argentinos el pasado 23 de octubre. Ganó Kirchner, que no se presentaba pero que consiguió, a través de sus candidatos, cerca del 40% de los votos. Sobre todo, gracias a una candidata estrella, su mujer, la gran vencedora en la provincia de Buenos Aires, que aglutina el 37% del censo electoral del país.

No era, sin embargo, la única “gran dama” que se presentaba a estas elecciones. Enfrente, por un puesto en la misma provincia de Buenos Aires, Hilda González, más conocida como “Chiche” Duhalde, mujer de otro líder peronista y ex presidente de Argentina, Eduardo Duhalde.

Ella también celebró, el mismo día, a la misma hora y en la misma ciudad otro acto en honor de la figura de Evita. Menos grandilocuente, dicen los cronistas.
Dos mujeres, dos estilos y un mismo destino: la disputa de la memoria de Evita. Detrás de esta lucha otra bien distinta, soterrada, fraticida, la de sus maridos por el dominio de eso que se ha dado en llamar “peronismo”.

Fascinante enfrentamiento el de estas dos señoras, paradigma de los males que corroen a toda una clase política, quintaesencia de la herencia de Juan Domingo Perón, ídolo de masas, inventor del populismo, el hombre que quería erigir a Mussolini “un monumento en cada esquina”.

Un breve perfil de las candidatas nos acerca aún más a una terrible realidad, a la certeza de que el enfrentamiento de Cristina Fernández de Kirchner y Hilda “Chiche” Duhalde es la mezcla perfecta entre populismo, vedetismo y una dependencia atávica de la figura masculina, del líder, del hombre providencial.

A Cristina Fernández, la triunfadora de estas elecciones se la conoce como “la rebelde”. Nacida hace 52 años en La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, es peronista desde su época universitaria, cuando conoció a Kirchner, con el que se casó en 1974. Dicen que va por libre, que no está ahí por su marido; subrayan, quienes la defienden, que es parlamentaria desde hace más de diez años, que su carrera política es independiente de la de su cónyuge.

Pero lo cierto es que el presidente ha sido una de las grandes figuras de la campaña de Cristina, su jefe en la sombra. Sus apariciones, de marcado toque estadounidense, ideadas por el prestigioso publicista Enrique Albistur, secretario de Comunicación del gobierno de su marido, están pensadas para la televisión, medio en el que la primera dama se mueve como pez en el agua. Adora, cómo no, citar la memoria de Evita, de la que se siente una especie de reencarnación.

Por otro lado, Hilda “Chiche” Duhalde quién se define a sí misma como “una política diferente”. No lo parece a juzgar por sus declaraciones, siempre en teoría del lado de la verdad, actitud que delata su tendencia al populismo.

Dice el historiador mexicano Enrique Krauze, en su reciente artículo “Decálogo del populismo Iberoamericano”, que “el populismo fabrica la verdad”. Como muestra, sirva una declaración de “Chiche” Duhalde al diario “Clarín” de Buenos Aires: “Yo reivindico el peronismo de verdad, el que me enamoró a través de su doctrina y de sus ideas. Creo que nacimos para estar al lado de los más desvalidos”.

Añade Krauze, en otra de sus diez máximas, que “el populista reparte directamente la riqueza (...) pero el populista no reparte gratis: focaliza su ayuda, la cobra en obediencia”.
Que le pregunten a la mujer de Duhalde impulsora y directora, cual Evita, de un plan que involucró en Buenos Aires a 17.000 mujeres dedicadas a detectar los focos de miseria y las necesidades de cada comunidad. Sabido es que, una vez detectado el foco y dispensada la ayuda, el barrio se convierte en feudo a perpetuidad del donante. Casualidad: durante aquella época, mediados de los noventa, en la que “Evita” Duhalde manejaba un presupuesto de 280 millones de dólares para la provincia de Buenos Aires, el gobernador era su marido, quien, paradojas, ha estado detrás también, de cada movimiento de la campaña de “Chiche”.

En definitiva, dos populismos, el posmoderno, arrogante y televisivo de Cristina Fernández y el caritativo, color sepia y clásico de “Chiche” Duhalde. Dos formas de entender la política unidas por el cordón umbilical del peronismo. Dos representaciones más de un nepotismo que no parece tener límites.

Por cierto, después del espectáculo, la resaca de la realidad: ha ganado Kirchner y su corriente, el Kirchnerismo. Ha perdifo Duhalde y su corriente, el duhaldismo.
Ganó Perón, y su corriente, el peronismo. Personalismo, populismo, nepotismo, males de ayer para los problemas de hoy. Cristina y “Chiche”, paradigma de esos males, se acostarán pensando, cada noche, que cada una de ellas y no la otra es “la verdadera heredera de Evita”.

(*) Juan Carlos Galindo es un periodista de la Agencia de Información Solidaria

Edita Asesores de Publicaciones S.L.