| Las consecuencias
de la subida de los precios energéticos sobre la economía
estadounidense empiezan a aparecer en los datos macroeconómicos.
Sobre todo en los referentes a la creación de empleo, y lo
hacen con una inquietante combinación de puestos de trabajos
destruidos y salarios al alza.
Los expertos más optimistas creen que
esa tensión, que está complicando temporalmente la
situación, señala que la tendencia actual de las empresas
a ralentizar sus nuevas contrataciones cederá pronto. Especialmente
porque las subidas salariales se producen como consecuencia del
aumento de las horas extras. Otros analistas, sin embargo, consideran
que la combinación de los procesos inflacionistas y el alza
de los tipos de interés de referencia, situados ya en el
4%, golpeará al empleo durante un periodo dilatado.
Con independencia de las visiones opuestas
de la realidad mostrada en los números, en octubre los salarios
medios de los estadounidenses experimentaron un aumento de 8 centavos
por hora, hasta l6,27 dólares (13,77 euros), el mayor de
los últimos dos años. Y una cantidad que supera en
un 19,53% el salario español equivalente.
A la par, el mes pasado, el mercado laboral
estadounidense sólo generó 56.000 empleos netos nuevos,
poco más de un tercio de los 150.000 puestos de trabajo mensuales
que los analistas consideran necesarios para no peder el ritmo de
crecimiento de la población activa. Además, el Departamento
de Trabajo ha reconocido que en agosto y septiembre sus cifras habían
sobrevalorado el número de puestos de trabajo nuevos en más
de 36.000 unidades. Con estos nuevos datos los tres últimos
meses se convierten en los peores para el empleo desde el verano
de 2003.
El impacto de los huracanes no es ajeno a
esta tendencia, según Kathleen Utgoff, responsable federal
de las estadísticas laborales, la mayor parte de la caída
del empleo se concentra en la zona del Golfo de México.
En cualquier caso, las familias estadounidenses
parecen haber entrado de nuevo en una periodo de pesimismo económico.
Según una reciente encuesta de la Universidad de Michigan,
el 60% de la población considera que a lo largo del próximo
lustro aumentará significativamente el desempleo en el país.
Esta es la cifra más alta que se registra en este informe
desde el verano de 1992.
En octubre, la destrucción de empleo
se concentro en los concesionarios de automóviles, los hoteles,
los restaurantes y la potente industria audiovisual. Además,
las cadenas de distribución minorista crearon menos empleo
temporal del habitual en estas fechas preparatorias de la campaña
de navidad. Sectores todos ellos donde los puestos de trabajo se
relacionan directamente con la potencia del consumo familiar.
En este contexto, las peticiones dirigidas
a la Casa Blanca para que fuerce al Congreso y el Senado de EEUU
a aprobar una subida del salario mínimo aumentan en estos
días y empiezan a llegar desde sectores, tradicionalmente
enfrentados y sin conexiones aparente, ni políticas, ni ideológicas
ni económicas.
Durante casi dos años está había
sido una campaña personal del senador demócrata por
Massachusets Edward Kennedy que no encontró ni demasiados
apoyos, ni demasiado eco en el ambiente. Al menos hasta el pasado
27 de octubre, cuando, desde una posición muy diferente a
la suya Kennedy encontró un aliado inesperado en el consejero
delegado de Wal-Mart, Lee Scott, que exigió a Washington
una rápida actuación en este asunto. Desde hace doce
años este sueldo básico se mantiene en 5,15 dólares
por hora trabajada (4,24 euros) y Scott considera que esta cantidad
(que es inferior en un 33% a la media de la UE, pero supera en un
135% al sueldo mínimo español, por ejemplo) es insuficiente
para asegurar el crecimiento económico y muy perjudicial
para su empresa, la mayor cadena de grandes almacenes del mundo
con una plantilla de un millón de trabajadores sólo
en EEUU).
Según Scott, a partir del día
15 de cada mes las ventas caen en picado. Y la situación
no va a mejorar en la actual coyuntura de aumento de tipos de interés
e inflación al alza. La inesperada incorporación del
alto ejecutivo de Wal-Mart a la campaña ha sido providencial
para los esfuerzos de Kennedy. Y ha producido un inusual aumento
del interés general por este asunto.
El senador demócrata ha fracasado,
al menos en dos ocasiones recientes, en su intento de promover una
ley en este sentido, por culpa de la mayoría republicana
en la Cámara que rechazó sus propuestas. Pero las
cosas podrían estar empezando a cambiar a su favor.
Algunos grupos conservadores radicales de tendencia ultracristiana,
que apoyaron a Bush en la última campaña electoral
a la presidencia que tuvo lugar el pasado año se han sumado
a la iniciativa, en lo que podría ser un capítulo
más del desencuentro que se está produciendo entre
el actual inquilino de la Casa Blanca y una parte fundamental de
su antigua base de votantes.
Para algunos líderes religiosos de
esta comunidad, la despreocupación con la que Bush afronta
los temas sociales se relaciona con la desmesurada influencia de
sus asesores en el día a día político. Hombres
como Scott Libby o Karl Rove cada vez más cuestionados o
grupos, de escasa religiosidad real pese a las apariencias con el
"think thank", neoconservador por excelencia: La Fundación
Heritage.
Los hombres Heritage se han opuesto con fuerza
al aumento del salario mínimo porque consideran que contribuiría
a desincentivar los procesos de formación en el mercado laboral.
Con un argumento "neocon" puro: si los trabajadores no
cualificados ganan más no tendrán estímulos
suficientes para intentar variar su situación.
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