| Desde un cucurucho de maní hasta un contendor candidato a desaparecer en cualquier momento, están siendo objeto de minucioso control por los ojos y oídos de las autoridades cubanas en una guerra avisada contra las ilegalidades y la corrupción.
Y no es tanto ese anciano jubilado que para adquirir algo de primera necesidad, y que sólo aparece en las tiendas de venta en divisas, pregona a los cuatro vientos “tu manicito aquí, ‘salao´ y caliente”, sino esa nueva casta recién surgida y a la que Fidel Castro ha bautizado como los “nuevos ricos” a los que “hay que seguir la pista”
No son dos ni tres los grupos sociales que componen la mencionada capa. Los hay que se han enriquecido a expensas del propio Estado y los que, favorecidos en su momento por cierta apertura económica del libre empleo, montaron pequeños negocios de renta de habitaciones o restaurantes por mencionar sólo dos casos.
En la Cuba de hoy son más los “ricos” por cuenta del Gobierno que aquellos que han amasado cierta fortuna doblando el lomo, digamos, sobre la tierra.
Un mal tan generalizado que una nueva guerra, por no decir otra, se ha iniciado con la toma de las gasolineras por jóvenes pertenecientes a las brigadas de “Trabajadores Sociales” y el envío a casa por tiempo indefinido de los anteriores operadores de bombas de gasolina. Según se ha comentado, las recaudaciones diarias son mayores que en otros tiempos. Por tanto, se robaba. Y al Estado, a las dos manos.
Con pocos días de diferencia, les tocó el turno a los mercados agropecuarios no estatales, hacia donde dirigen parte de sus cosechas campesinos independientes y cooperativistas, entre otros. Muchas manos encima de un aguacate que nunca en la historia de esta isla alcanzó el soberano precio de 20 pesos cubanos, un precio que se ve favorecido por la incompetencia agrícola estatal.
Detenciones, confiscaciones y multas han sido impuestas en varios municipios de la ciudad capital donde se han realizado operativos policiales y gubernamentales. Hasta hoy permanecen en pie, con ciertas fluctuaciones en la oferta.
Hay quienes en la calle suponen que antes de fin de año vendrán más sorpresas. Ni son observadores, ni especialistas, ni fuentes que prefieren el anonimato. Son los hijos del día a día, con un olfato canino para respetar. A ellos se les atribuye que pronto las farmacias recibirán su sacudida porque allí también se roba y se lucra con la salud popular.
Como parte de esta gran ola, el puerto de La Habana está bajo supervisión militar porque, hoy por hoy, en Cuba los hay que lo mismo roban medio kilo de carne que un contenedor cargado de cualquier cosa. Y mucho ojo con esto que tiene más de una lectura: el ejército demuestra no sólo mano dura, sino capacidad para administrar una instalación de esa envergadura.
En fin, la guerra contra un mal de largos años y vaya usted a saber si de políticas erróneas en algunos casos muy bien delimitadas. Una auténtica lucha entre gatos y ratones ante una población que en su mayoría la única riqueza monetaria que posee son cinco pesos convertibles (120 pesos cubanos ó cuatro dólares) ocultos en un libro para algo de leche, carne o el mismo aseo personal. |