Viernes 25 de noviembre de 2005
 
El fiscal general del Estado de Nueva York entra en la carrera para ser Gobernador
 
¿Spitzer, presidente?
Peter Kent
 

Todavía no ha presentado formalmente su candidatura, pero nadie lo duda. Eliot Spitzer, el fiscal general más famoso que ha tenido jamás el Estado de Nueva York, aspira a convertirse en gobernador. Este podría ser el siguiente peldaño que puede conducirle a su verdadero objetivo: llegar un día a la Casa Blanca.

De momento, Spitzer ha tenido posibilidad de estrenarse en los mítines y los actos para recaudar fondos que se han organizado en honor del candidato a alcalde de la ciudad de los Rascacielos por el Partido Demócrata, el muy honrado Fernando Ferrer a quien recientemente ha derrotado el republicano, y poco amigo de George Bush, Michael Bloomberg.

En estas apariciones públicas, los asistentes le han recibido siempre con el grito unánime de "Hola, gobernador". Saludo al que un visiblemente complacido Spitzer, según ha podido vérsele en algún que otro canal televisivo, contestaba con un atisbo de falsa modestia: "Todavía no lo soy".

Ni tampoco presidente de EEUU. Pero quizá el camino político de este relevante demócrata se dirija irremisiblemente hacia la lucha por la Casa Blanca. Al menos sus discursos, según los analistas, suelen esquivar la habitual retórica del clásico político local para profundizar en temas de mayor calado y arremeter directamente contra George Bush.

Ese texano a quién casi todos los neoyorquinos, incluidos los votantes más habituales del Partido Republicano, parecen considerar el principal enemigo a batir.

Y ¿quién mejor que Eliot para conseguirlo? ¿Quizá Hillary? Spitzer sabe que la señora Clinton le antecede en la lista de los presidenciables. Por eso se concentra en conseguir la victoria como gobernador. Pero quizá sea una simple cuestión de jerarquías o del cariño que las bases del partido conservan por el marido de la senadora. El histórico ganador Bill Clinton.

Si no fuera así, pocos dudarían ahora de que el fiscal de Nueva York es uno de los demócratas con más posibilidades inmediatas de triunfar en Washington.

Las tiene porque ha creado un estilo en poco tiempo. Han bastado cuatro años para que, tras el estallido de la burbuja tecnológica en 2000 sus fórmulas implacables de perseguir a los ejecutivos corruptos o de cercar a la industria financiera hayan calado en la población y provocado un verdadero terremoto en las fiscalías del resto de los estados de la Unión.

Todos los responsables de los ministerios públicos del país, ya sean republicanos o demócratas, quieren ser como Spitzer. Y si no quieren serlo da lo mismo. Sólo siguiendo el modelo de este jurista implacable se puede mantener el cargo o aspirar a conseguirlo en unas elecciones.

No es raro. Ha conseguido atemorizar a Wall Street, el lugar donde para muchos ciudadanos reside el poder real que dirige EEUU. Cierto que nadie se atreve a criticarle en público, pero todos le machacan en privado.

Claro que ni con el apoyo del muy prestigioso Wall Street Journal, que ha dedicado al fiscal un buen número de editoriales en los que le acusa de intentar destrozar el sistema de mercado libre sólo para defender su futuro político, han podido emborronar, ni siquiera un poco, la imagen pública del “mejor fiscal americano de todos los tiempos”. Una especie de Alan Greenspan de la judicatura.

Edita Asesores de Publicaciones S.L.