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no ha presentado formalmente su candidatura, pero nadie lo duda.
Eliot Spitzer, el fiscal general más famoso que ha tenido
jamás el Estado de Nueva York, aspira a convertirse en gobernador.
Este podría ser el siguiente peldaño que puede conducirle
a su verdadero objetivo: llegar un día a la Casa Blanca.
De momento, Spitzer ha tenido posibilidad
de estrenarse en los mítines y los actos para recaudar fondos
que se han organizado en honor del candidato a alcalde de la ciudad
de los Rascacielos por el Partido Demócrata, el muy honrado
Fernando Ferrer a quien recientemente ha derrotado el republicano,
y poco amigo de George Bush, Michael Bloomberg.
En estas apariciones públicas, los
asistentes le han recibido siempre con el grito unánime de
"Hola, gobernador". Saludo al que un visiblemente complacido
Spitzer, según ha podido vérsele en algún que
otro canal televisivo, contestaba con un atisbo de falsa modestia:
"Todavía no lo soy".
Ni tampoco presidente de EEUU. Pero quizá
el camino político de este relevante demócrata se
dirija irremisiblemente hacia la lucha por la Casa Blanca. Al menos
sus discursos, según los analistas, suelen esquivar la habitual
retórica del clásico político local para profundizar
en temas de mayor calado y arremeter directamente contra George
Bush.
Ese texano a quién casi todos los neoyorquinos,
incluidos los votantes más habituales del Partido Republicano,
parecen considerar el principal enemigo a batir.
Y ¿quién mejor que Eliot para
conseguirlo? ¿Quizá Hillary? Spitzer sabe que la señora
Clinton le antecede en la lista de los presidenciables. Por eso
se concentra en conseguir la victoria como gobernador. Pero quizá
sea una simple cuestión de jerarquías o del cariño
que las bases del partido conservan por el marido de la senadora.
El histórico ganador Bill Clinton.
Si no fuera así, pocos dudarían
ahora de que el fiscal de Nueva York es uno de los demócratas
con más posibilidades inmediatas de triunfar en Washington.
Las tiene porque ha creado un estilo en poco
tiempo. Han bastado cuatro años para que, tras el estallido
de la burbuja tecnológica en 2000 sus fórmulas implacables
de perseguir a los ejecutivos corruptos o de cercar a la industria
financiera hayan calado en la población y provocado un verdadero
terremoto en las fiscalías del resto de los estados de la
Unión.
Todos los responsables de los ministerios
públicos del país, ya sean republicanos o demócratas,
quieren ser como Spitzer. Y si no quieren serlo da lo mismo. Sólo
siguiendo el modelo de este jurista implacable se puede mantener
el cargo o aspirar a conseguirlo en unas elecciones.
No es raro. Ha conseguido atemorizar a Wall
Street, el lugar donde para muchos ciudadanos reside el poder real
que dirige EEUU. Cierto que nadie se atreve a criticarle en público,
pero todos le machacan en privado.
Claro que ni con el apoyo del muy prestigioso
Wall Street Journal, que ha dedicado al fiscal un buen número
de editoriales en los que le acusa de intentar destrozar el sistema
de mercado libre sólo para defender su futuro político,
han podido emborronar, ni siquiera un poco, la imagen pública
del “mejor fiscal americano de todos los tiempos”. Una
especie de Alan Greenspan de la judicatura.
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