| De bromas está inundada la historia de esta isla. Y es que el cubano la lleva tanto en sangre que no hay acontecimiento por muy serio que parezca en que no brote ese chispazo de risa para aplacar tensiones y hasta para ahuyentar la propia muerte.
No piense el lector que me voy a acercar en apretada síntesis al largo historial humorístico de más de una generación, desde aquella en que se comenzó a formar la nacionalidad hasta la más actual.
Me referiré sólo a la última y antes es menester aclarar que en ese amplio abanico hay bromas que llevan a la risa y otras al descontento. Son los chistes fuera de momento, de mal gusto y, fundamentalmente, aquellos destinados a molestar a los demás, a sembrar descontento entre las multitudes, que es lo peor.
Como para echar más leña al fuego de las vicisitudes diarias, en La Habana se ha echado a correr, junto a la voz, el papel impreso de una gran canasta de navidad que las autoridades entregarían a la población para los debidos festejos.
Se trata de un largo listado de productos encabezado nada más ni nada menos que por dos kilos de carne uruguaya, con el triste resultado de que muchos se lo han creído. Le siguen, indistintamente, una lata de chorizos españoles y hasta un pomo (bote) del necesario condimento que la cartilla de racionamiento no garantiza. Todo, a un precio muy asequible.
Unos días después de que media Habana saboreaba virtualmente el amplio contenido de la cesta, apareció el desmentido de las autoridades correspondientes a esa rama de la economía encargada de alimentar a la gente.
La nota era fuerte, bien aclaratoria y justificaba que la nación no estaba en condiciones de emprender tal propósito colectivo. Pero además advertía que tal “chistecito” sería respondido con energía por los agentes del orden que escuchasen o presenciaran cualquier malsana tertulia en torno al incidente.
No tardaron mucho algunos avispados administradores de estos establecimientos llamados popularmente como “bodegas” en colocar el folio de ‘contrarrespuesta' y así quitarse de una vez y por todas la persistente pregunta de cuándo venía el suculento envío.
Pero el cartel duró puesto lo que el merengue en la puerta del colegio. En menos de 48 horas los administradores debieron retirarlo. También era falso.
Hasta ahora no se ha dicho ni media palabra oficial en torno al acontecimiento quizás porque se haya pensado que nada mejor que el tiempo para borrar la pesada broma y emplearlo en cosas más útiles y urgentes.
Al fin y al cabo el bromista o los bromistas pusieron su granito de arena en ese afán de aprovechar el fin de año para crear descontentos y malos ratos porque, nuevamente, la ingenuidad confirma su condición pecadora.
Que no es oro todo lo que brilla, señores. |