Viernes 9 de diciembre de 2005
 
La desigualdad, columna vertebral de su posible programa de gobierno
 
Bachelet, una candidata diferente
Juan Carlos Galindo*
 

“Soy mujer, socialista, víctima de la dictadura, separada y agnóstica; junto cinco pecados capitales, pero vamos a trabajar bien”. Con estas palabras se presentó Michelle Bachelet ante los militares chilenos en enero de 2002, poco después de convertirse en la primera ministra de Defensa de América Latina.

Su historia, sin embargo, no acaba ahí. Su padre, prestigioso militar, fiel a Salvador Allende, murió a causa de las torturas que le inflingieron sus compañeros poco después del golpe de Estado del general Augusto Pinochet en 1973. La propia Bachelet y su madre fueron torturadas por la siniestra Dirección de Inteligencia Nacional (DINA). Después vino el exilio y el regreso a Chile para terminar como ministra de Sanidad (2000-2002) y de Defensa (2002-2004), siempre bajo el gobierno del socialista Ricardo Lagos.

Ahora, Bachelet, candidata por la Concertación (coalición de socialdemócratas y democristianos) a las elecciones del próximo 11 de diciembre, está cerca de la presidencia de Chile, el país más próspero de América Latina, un ejemplo de estabilidad y gobernabilidad, una nación, sin embargo, con importantes retos pendientes.

El desafío de la desigualdad. El desarrollo de su democracia, a pesar de la pervivencia de ciertos factores autoritarios es, según todos los institutos internacionales, el mejor de la región. La ONG Transparency International le sitúa entre los países menos corruptos del mundo. En el aspecto económico, Chile es un país con una fuerte presencia en los mercados internacionales, el primero de América Latina en firmar un tratado de libre comercio con China, que amplía los que ya tiene con EEUU, Corea del Sur o la Unión Europea. Un país, en definitiva, con serias aspiraciones a formar parte, en pocos años, del club de los países más desarrollados.

Sin embargo, en todo momento, aparece una mancha en este expediente: la desigualdad. En cada intervención pública, entrevista o debate, Bachelet sitúa este problema al frente de su programa de gobierno. En palabras de la propia candidata “sin desprenderse del lastre de la inequidad social, una nación no despega, por mucho que los indicadores macroeconómicos sean favorables”. No es para menos: Chile es el país, junto con Brasil, con la peor distribución de renta de la región. Los salarios más altos son 100 veces superiores a los más bajos y, a pesar del desarrollo económico, el 20 % de la población del país vive por debajo del umbral de la pobreza.

Para luchar contra esta lacra, Bachelet descarta una reducción de los impuestos. Es más, asegura que pueda ser necesaria una subida siempre que “no afecte al crecimiento económico y que no sea una carga para los más pobres ni las clases medias”. La apuesta de Bachelet se centra en la optimización de los recursos del Estado, lucha contra la evasión fiscal, la promoción de la investigación y, sobre todo, la inversión en educación. Realismo y pragmatismo, propuestas alejadas de cualquier promesa imposible, una forma distinta de hacer política. Ella misma asegura que es incapaz de ser una política que “recorre el país prometiendo”. Queda por ver si esa forma de hacer política, ese empeño por no dejar de ser “una chilena normal” y su condición de mujer no hacen imposible su elección.

Mujer, candidata y ¿presidenta?. Enfrente de Bachelet, dos políticos tradicionales. Uno, Joaquín Lavín, ex alcalde de Santiago, ex candidato presidencial, hombre conservador y miembro del Opus Dei. El otro Sebastián Piñera, empresario y activo miembro de la derecha democrática. Los dos son miembros de la Alianza por Chile, partido que presenta por primera vez una candidatura plenamente postpinochetista. Y es que muchas cosas han cambiado en Chile desde 1990.

La propia Alianza por Chile intentó utilizar la baza femenina para contrarrestar el poder de lo que la prensa local llama el fenómeno Bachelet. Para ello, Lavín ha utilizado una doble estrategia. Por un lado, ha recurrido a la política más popular de su partido, Jacqueline van Ryssekberghe, alcaldesa de la Concepción. Primer tiro errado, antes incluso de iniciar la carrera presidencial. En efecto, durante la celebración de las primarias en la Concertación, que enfrentaron a Bachelet con la democristiana Soledad Alvear, Ryssekberghe afirmó, respecto a las candidatas que “ser inteligente no necesita ser necesariamente gordita y fea (…) es cuestión de vernos para darse cuenta de que ni las dos juntas (se refiere a ella con Lily Pérez, compañera de partido) hacemos el peso de una sola de ellas”. Comentario rancio, políticamente torpe, intelectualmente desagradable, propio de una señorona conservadora, machista y más acorde con otros tiempos, no tan lejanos en Chile.

La segunda bala de la recámara femenina no le ha salido mucho más rentable a la Alianza por Chile. Ante la fuerza de la candidatura femenina de Banchelet, Lavín y Piñera han dado mayor protagonismo a sus mujeres. Así, el diario chileno El Mercurio publicó el pasado domingo 4 de diciembre una entrevista con ambas señoras. La comparecencia ante el medio resulta patética. En esta larga entrevista, Cecilia Morel y Estela León de Lavín, que así se llaman las aspirantes a Primera Dama, despliegan su catálogo de encantos. En un tono superficial y distendido hablan de los programas de televisión a los que no acudirían, de lo perjudicadas que salen en las fotos, de lo mal que lo pasaron cuando bebieron, para quedar bien, un fuerte licor tradicional y otras lindezas. ¿La peor obligación? “Comer todo lo que me pasan”, asegura Cecilia. ¿Qué aportan ellas a la campaña de su marido? Estabilidad, estar ahí cuando llega a casa “reventado” y “un matrimonio que ha durado mucho tiempo y que habla mucho de un candidato: estabilidad, compromiso”. Después, a la hora de abordar las capacidades de la rival de sus maridos no dudan en elogiar a una mujer que encuentran “capaz, simpática y con empatía” pero a la que no ven una “dimensión estadista”.

No es una visión exclusiva de estas señoras de clase alta. Bachelet tiene su propia imagen y su condición de mujer en contra. Se le acusa de no dar la talla para la presidencia y de carecer de liderazgo. A pesar de su formación y su trayectoria, a pesar de que no forma parte de la tradicional clase política de su país y que si es la candidata de la Concertación lo es por su popularidad entre el pueblo chileno. Si nos atenemos a los hechos, la validez de esta “superviviente”, licenciada con brillantez en la carrera universitaria más difícil de Chile, Medicina, que habla con fluidez alemán, inglés, francés y portugués, queda fuera de toda duda. Su desempeño en la política, con dos brillantes carreras en dos complejos ministerios también es impecable. ¿Dónde están entonces las dudas? ¿Puras artimañas políticas? ¿O restos de un ancestral machismo? Bachelet resuelve estas dudas con otra pregunta: “¿Es que acaso me van a pagar menos que al presidente Lagos?”. Más claro, imposible. Veremos si al final tiene la oportunidad de cumplir su máxima: “Gobernar para un Chile donde nadie se sienta excluido”.

* Periodista de la Agencia de Información Solidaria

Edita Asesores de Publicaciones S.L.