“Soy
mujer, socialista, víctima de la dictadura, separada y agnóstica;
junto cinco pecados capitales, pero vamos a trabajar bien”. Con estas palabras
se presentó Michelle Bachelet ante los militares chilenos en enero de 2002,
poco después de convertirse en la primera ministra de Defensa de América
Latina. Su historia, sin embargo, no acaba ahí.
Su padre, prestigioso militar, fiel a Salvador Allende, murió a causa de
las torturas que le inflingieron sus compañeros poco después del
golpe de Estado del general Augusto Pinochet en 1973. La propia Bachelet y su
madre fueron torturadas por la siniestra Dirección de Inteligencia Nacional
(DINA). Después vino el exilio y el regreso a Chile para terminar como
ministra de Sanidad (2000-2002) y de Defensa (2002-2004), siempre bajo el gobierno
del socialista Ricardo Lagos. Ahora, Bachelet, candidata
por la Concertación (coalición de socialdemócratas y democristianos)
a las elecciones del próximo 11 de diciembre, está cerca de la presidencia
de Chile, el país más próspero de América Latina,
un ejemplo de estabilidad y gobernabilidad, una nación, sin embargo, con
importantes retos pendientes. El desafío
de la desigualdad. El desarrollo de su democracia, a pesar de la pervivencia
de ciertos factores autoritarios es, según todos los institutos internacionales,
el mejor de la región. La ONG Transparency International le sitúa
entre los países menos corruptos del mundo. En el aspecto económico,
Chile es un país con una fuerte presencia en los mercados internacionales,
el primero de América Latina en firmar un tratado de libre comercio con
China, que amplía los que ya tiene con EEUU, Corea del Sur o la Unión
Europea. Un país, en definitiva, con serias aspiraciones a formar parte,
en pocos años, del club de los países más desarrollados.
Sin embargo, en todo momento, aparece una mancha en
este expediente: la desigualdad. En cada intervención pública, entrevista
o debate, Bachelet sitúa este problema al frente de su programa de gobierno.
En palabras de la propia candidata “sin desprenderse del lastre de la inequidad
social, una nación no despega, por mucho que los indicadores macroeconómicos
sean favorables”. No es para menos: Chile es el país, junto con Brasil,
con la peor distribución de renta de la región. Los salarios más
altos son 100 veces superiores a los más bajos y, a pesar del desarrollo
económico, el 20 % de la población del país vive por debajo
del umbral de la pobreza. Para luchar contra esta lacra,
Bachelet descarta una reducción de los impuestos. Es más, asegura
que pueda ser necesaria una subida siempre que “no afecte al crecimiento
económico y que no sea una carga para los más pobres ni las clases
medias”. La apuesta de Bachelet se centra en la optimización de los
recursos del Estado, lucha contra la evasión fiscal, la promoción
de la investigación y, sobre todo, la inversión en educación.
Realismo y pragmatismo, propuestas alejadas de cualquier promesa imposible, una
forma distinta de hacer política. Ella misma asegura que es incapaz de
ser una política que “recorre el país prometiendo”.
Queda por ver si esa forma de hacer política, ese empeño por no
dejar de ser “una chilena normal” y su condición de mujer no
hacen imposible su elección. Mujer,
candidata y ¿presidenta?. Enfrente de Bachelet, dos políticos
tradicionales. Uno, Joaquín Lavín, ex alcalde de Santiago, ex candidato
presidencial, hombre conservador y miembro del Opus Dei. El otro Sebastián
Piñera, empresario y activo miembro de la derecha democrática. Los
dos son miembros de la Alianza por Chile, partido que presenta por primera vez
una candidatura plenamente postpinochetista. Y es que muchas cosas han cambiado
en Chile desde 1990. La propia Alianza por Chile intentó
utilizar la baza femenina para contrarrestar el poder de lo que la prensa local
llama el fenómeno Bachelet. Para ello, Lavín ha utilizado una doble
estrategia. Por un lado, ha recurrido a la política más popular
de su partido, Jacqueline van Ryssekberghe, alcaldesa de la Concepción.
Primer tiro errado, antes incluso de iniciar la carrera presidencial. En efecto,
durante la celebración de las primarias en la Concertación, que
enfrentaron a Bachelet con la democristiana Soledad Alvear, Ryssekberghe afirmó,
respecto a las candidatas que “ser inteligente no necesita ser necesariamente
gordita y fea (…) es cuestión de vernos para darse cuenta de que
ni las dos juntas (se refiere a ella con Lily Pérez, compañera de
partido) hacemos el peso de una sola de ellas”. Comentario rancio, políticamente
torpe, intelectualmente desagradable, propio de una señorona conservadora,
machista y más acorde con otros tiempos, no tan lejanos en Chile. La
segunda bala de la recámara femenina no le ha salido mucho más rentable
a la Alianza por Chile. Ante la fuerza de la candidatura femenina de Banchelet,
Lavín y Piñera han dado mayor protagonismo a sus mujeres. Así,
el diario chileno El Mercurio publicó el pasado domingo 4 de diciembre
una entrevista con ambas señoras. La comparecencia ante el medio resulta
patética. En esta larga entrevista, Cecilia Morel y Estela León
de Lavín, que así se llaman las aspirantes a Primera Dama, despliegan
su catálogo de encantos. En un tono superficial y distendido hablan de
los programas de televisión a los que no acudirían, de lo perjudicadas
que salen en las fotos, de lo mal que lo pasaron cuando bebieron, para quedar
bien, un fuerte licor tradicional y otras lindezas. ¿La peor obligación?
“Comer todo lo que me pasan”, asegura Cecilia. ¿Qué
aportan ellas a la campaña de su marido? Estabilidad, estar ahí
cuando llega a casa “reventado” y “un matrimonio que ha durado
mucho tiempo y que habla mucho de un candidato: estabilidad, compromiso”.
Después, a la hora de abordar las capacidades de la rival de sus maridos
no dudan en elogiar a una mujer que encuentran “capaz, simpática
y con empatía” pero a la que no ven una “dimensión estadista”.
No es una visión exclusiva de estas señoras
de clase alta. Bachelet tiene su propia imagen y su condición de mujer
en contra. Se le acusa de no dar la talla para la presidencia y de carecer de
liderazgo. A pesar de su formación y su trayectoria, a pesar de que no
forma parte de la tradicional clase política de su país y que si
es la candidata de la Concertación lo es por su popularidad entre el pueblo
chileno. Si nos atenemos a los hechos, la validez de esta “superviviente”,
licenciada con brillantez en la carrera universitaria más difícil
de Chile, Medicina, que habla con fluidez alemán, inglés, francés
y portugués, queda fuera de toda duda. Su desempeño en la política,
con dos brillantes carreras en dos complejos ministerios también es impecable.
¿Dónde están entonces las dudas? ¿Puras artimañas
políticas? ¿O restos de un ancestral machismo? Bachelet resuelve
estas dudas con otra pregunta: “¿Es que acaso me van a pagar menos
que al presidente Lagos?”. Más claro, imposible. Veremos si al final
tiene la oportunidad de cumplir su máxima: “Gobernar para un Chile
donde nadie se sienta excluido”. *
Periodista de la Agencia de Información Solidaria |