| El Gobierno argentino despidió a Roberto Lavagna, ministro de Economía exitoso, el que sobrellevó de la mejor manera los difíciles momentos que vivió la economía argentina. La medida sugiere un cierto alejamiento del FMI y un acercamiento a las políticas que muestra el presidente Hugo Chávez.
La relación de Lavagna con el Gabinete argentino ha sido difícil desde hace meses. Nombrado por Eduardo Duhalde, el predecesor de Kichner, también peronista, el gran perdedor de las últimas elecciones legislativas, que le brindaron al actual mandatario argentino un respaldo suficiente como para que, por ejemplo, haya producido cambios en ministerios importantes tales como Relaciones Exteriores, Defensa y Economía, a los que han accedido funcionarios de su máxima confianza, exponentes de la izquierda peronista de la década del 70.
La partida de Lavagna puede marcar un viraje profundo. La disyuntiva es pasar de una economía de mercado hacia el populismo, ‘distribucionistas' versus inversionistas, por un lado aquellos que priorizan la equidad, es decir, acrecentar los ingresos para estimular la producción por la ampliación del mercado interno, y los que defienden la inversión y por su efecto el crecimiento de la oferta de empleo y salarios, por supuesto con matices profundos, cruzándose acusaciones bajo el estereotipo de populistas o liberales.
La nueva ministra Felisa Miceli, que fue presidenta del Banco Nación, es discípula de Lavagna, pero ni tiene su peso político ni su experiencia internacional. Algunos la encasillan diciendo que será un portavoz del rumbo económico que el presidente Kirchner marque para el futuro.
Diríamos que se abre un periodo económico cuyo principal actor será la puja distributiva. Gracias a los resultados electorales obtenidos, Néstor Kirchner está mostrando gestos fuertes, señales muy claras dirigidas directamente a los principales actores de la vida argentina, tanto económicos y políticos, como sociales. Redobla su apuesta y enfrenta desafíos: la demanda social, el control sobre la inflación, la renegociación con el FMI, su relación y posición definida con los países de la región, etc.
La gobernabilidad se asemeja a la conducción de un barco, a veces en un mar calmo, a veces en la tempestad. Y es aquí donde se ve fehacientemente si el timonel lo llevará a buen puerto. Sólo resta esperar; la travesía ha comenzado. |