| Las elecciones
legislativas celebradas hace dos semanas en Venezuela confirmaron
lo que todos sabían, que las fuerzas políticas que
apoyan al presidente Hugo Chávez han obtenido una nueva victoria
en las urnas. Convencidos de su derrota, los principales partidos
opositores decidieron a última hora retirarse del proceso
electoral, como único medio de disimular su impotencia y
de restar legitimidad al triunfo de Chávez.
El pretexto argüido fue la falta de fiabilidad del sistema de voto electrónico, que facilitaría, según los abstencionistas, un fraude electoral. Se trata del mismo pretexto esgrimido tras la contundente victoria de Chávez en el referéndum revocatorio de 2004, exigido por esa misma oposición. Las denuncias de fraude fueron desmentidas por las organizaciones internacionales y los centenares de observadores que habían cubierto el referéndum. La confirmación de los resultados por la OEA y el Centro Carter propinó una segunda y definitiva derrota a la intransigente derecha venezolana, que había depositado sus últimas esperanzas en que los observadores invalidaran el referéndum.
Escasa vocación democrática ha venido demostrando la derecha antichavista. Siguiendo el modelo chileno, promovió la intentona golpista de 2002, convencida de que no lograría vencer por medio de las urnas. Derrotada en el referéndum revocatorio, intentó que fuera declarado fraudulento. Ahora pretende, con su precipitada huida, descalificar las elecciones parlamentarias. Esta actitud, más que debilitar al presidente Chávez, confirma la extrema debilidad política de la derecha y su falta de voluntad de aceptar las reglas del juego democrático.
No hay novedad ninguna en tal estratagema. Desde los orígenes
de los Estados latinoamericanos, las elecciones habían sido
constreñidas a juegos rituales, donde lo único en
disputa era el sillón presidencial. Cuando los movimientos
progresistas y de izquierda recurrían a ellas para acceder
al Gobierno, el fraude se hacía norma y, si no era posible,
quedaban el golpe de Estado, la desestabilización o el boicot
electoral.
En 1984, el Gobierno sandinista organizó elecciones generales,
esperando detener la guerra impuesta por EEUU. Como las encuestas
anunciaban una victoria rotunda del sandinismo, el Ejecutivo estadounidense
ordenó a la oposición derechista retirarse de las
elecciones. Hacerlo hubiera obligado a reconocer la legitimidad
del Gobierno sandinista y detener la agresión. Pero, desde
hace más de una década, mucho ha cambiado Latinoamérica,
donde las fuerzas de izquierda no cesan de avanzar. La derecha venezolana,
anclada en posiciones ultramontanas, rehúsa aceptar las nuevas
reglas y actúa según los moldes obsoletos dictados
por Washington.
La abstención dejará el poder legislativo bajo control indiscutible del chavismo y a la derecha más débil que nunca, pues quedará fuera de la actividad parlamentaria. Mostrando su vocación por el esperpento, una dirigente antichavista ha pedido, como forma de protesta, encerrarse en las iglesias, lo que ha sido criticado por el arzobispo de Caracas. Resulta evidente que el mejor aliado que tiene Hugo Chávez es la derecha.
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Profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales de la UAM
Agencia de Información Solidaria
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