| Patrick Welsh,
nacido en 1960 en Irlanda del Norte, tiene experiencia de Cooperación
Internacional en Nigeria y en América Central, y una larga
trayectoria en la educación popular. Patrick es vicepresidente
de la Asociación de Hombres contra la Violencia en Nicaragua.
A lo largo de diez años, un millar de hombres han pasado
por los talleres que él dirige.
- Si hablamos de machismo, ¿es distinta la situación
en Centroamérica que en Europa?
- El modelo de ser hombre es muy similar. A los hombres desde la
familia, la escuela o la religión tradicionales y desde los
medios de comunicación se nos han asignado unas actitudes,
valores y conductas que no varían mucho de país a
país. Nos han indicado y enseñado que debemos ser
fuertes, tener poder y mandar. Ha habido y sigue habiendo, sistemas
distintos de educación y socialización para los niños
y para las niñas, traducidos en símbolos, colores,
valores, expectativas y atribución de derechos distintos.
Los hombres no nacemos con el machismo en la sangre, es algo que
aprendemos, y que, desde luego, podemos desaprender.
- ¿El machismo tiene diferentes manifestaciones según
culturas o geografías?
- Impresiona que el machismo sea algo tan universal y generalizado.
Hay matices culturales, obviamente. Incluso en algunas culturas
los hombres asumen tareas domésticas que en otras no son
propias de los varones. Todo depende de cómo se construyen
sobre el sexo biológico las diferentes identidades masculina
y femenina, y de las creencias que se van inculcando.
- ¿Se puede pensar que algunas mujeres son machistas?
- No es correcto plantear las cosas así. Lo que sucede es
que las mujeres actúan dentro de los valores de un sistema
machista. Hombres y mujeres tenemos roles asignados. Hasta que empecemos
a reflexionar, analizar y hacer propuestas nuevas vamos a seguir
en la misma situación.
- En Nicaragua, ¿la revolución sandinista
contribuyó a cambiar algo las cosas?
- Las mujeres sandinistas lograron en la Revolución muchos
cambios y avances legales, pero la agenda feminista de género
no fue incorporada. Al terminar la revolución, en el año
90, muchas mujeres se organizaron en diversos colectivos. Desde
entonces, el movimiento de mujeres ha sido el movimiento social
más fuerte y organizado en Nicaragua.
- Y los hombres ¿cómo reaccionan cuando se
les invita a abandonar el machismo?
- Nosotros les explicamos que eso del machismo es un asunto social,
que no tiene nada que ver con la genética. Hay gente que
cree que la valentía viene en la sangre. Algunos hombres
nos han dicho: “yo soy agresivo, porque nací agresivo”. Nosotros
les enseñamos a diferenciar lo que es agresividad de lo que
es violencia. Sentimientos o emociones humanas que tenemos, como
la ira por ejemplo, no deben orientarse hacia el uso de la violencia.
Pero la reacción violenta es común en hombres que
se sienten frustrados o que no tienen control de las situaciones.
La violencia es la herramienta aprendida para manejar determinadas
situaciones y conflictos entre personas o entre grupos.
- ¿La violencia es la más extrema manifestación
del machismo?
- Sin duda. La violencia de los hombres hacia las mujeres es, a
menudo una violencia grave. Más de cien mujeres fueron asesinadas
por sus compañeros sentimentales el año 2004 en España.
Pero hay violencia también entre los hombres. Un estudio
que se hizo en México, hace ya unos años, identificó
que las tres causas de muerte más frecuentes entre hombres
en el Estado de Veracruz eran accidentes de tráfico y laborales,
homicidios causados por otros hombres, y cirrosis hepática;
y esas tres causas estaban relacionadas con hábitos típicos
masculinos. Al conducir hay que ser el más veloz, no hay
que ceder ni un centímetro a nadie. Al consumir alcohol se
llega al límite para la salud, y aparece a menudo la bronca,
no existe capacidad de escuchar o negociar. Hay un modo de ser hombre
que no sólo es fuertemente negativo para las mujeres, sino
que perjudica también a los propios hombres.
- ¿Crees posible la reeducación, la reinserción
social de hombres maltratadores y de violadores?
- Ese es un asunto polémico ahora en bastantes países.
En los países del Norte los intentos de rehabilitación
no han tenido los resultados esperados. Creo que eso ha tenido que
ver con la doble opción que se ha ofrecido a los maltratadores:
ir a la cárcel o pasar por un proceso de conciliación.
Es claro que todos eligen el camino más fácil, nadie
quiere acabar en la cárcel. Habría que buscar una
manera de que esos hombres, voluntariamente, entren en un proceso
de reflexión y cambio, analizando su forma de ser. Y no basta
con contemplar cada caso individualmente, porque este es un asunto
social y cultural que afecta a muchísimos hombres.
- ¿Qué métodos usáis para desaprender
el machismo?
- Trabajamos con una metodología de educación popular.
Facilitamos espacios y procesos continuados en el tiempo, para que
los hombres reflexionen sobre sus vivencias, sus valores y comportamientos.
No les damos clases sobre género o masculinidad, nada de
eso. Pondré un ejemplo: cuando trabajamos con los jóvenes
sobre el tema de la violencia, hacen un listado de los juegos infantiles
que practicaron y de sus formas de diversión actuales y analizan
los elementos de agresividad, competitividad e incluso de violencia
que hay en esos juegos. Luego, por grupos en la sala de capacitación,
algunos juegan y los demás observan el juego. Sigue un análisis
de lo que sucede y se toma conciencia de cómo lo juegos son
un factor socializador de los valores pretendidamente masculinos.
Es un aprendizaje vivencial. Se descubre la raíz social de
muchos sentimientos y comportamientos. Cada grupo hace, al final,
propuestas que suelen ser distintas.
- ¿Qué papel pueden jugar las mujeres para
que los hombres desaprendan su machismo?
- En Nicaragua comenzamos algunos grupos de hombres que deseábamos
cambiar nuestras ideas y comportamiento. Pero hemos tenido una relación
muy cercana con la Red de Mujeres contra la Violencia, que aglutina
a más de 350 grupos de mujeres. Algunas participan en nuestro
consejo asesor, nos dan apoyo y nos acompañan. Eso nos parece
muy importante, porque nosotros queremos que lo que hacemos contribuya
al bienestar de las mujeres.
- ¿Y qué ayudas y métodos aporta esa
Red de Mujeres?
- Hay Asociaciones de Mujeres en Nicaragua que ya tienen una experiencia
de muchos años. Ellas nos facilitan la convocatoria, igual
en la ciudad de Managua que en comunidades campesinas, para aglutinar
a grupos de hombres y facilitan también después espacios
mixtos de mujeres y hombres para que puedan compartir un trabajo
conjunto. El trabajo de educación popular que habían
iniciado en los años ochenta algunas mujeres los sistematizaron
y nos ayuda mucho ahora al proponer adaptaciones para los hombres.
- ¿Cuesta mucho cambiar?
- Cuesta descubrir en uno mismo actitudes, valores y conductas que
anteriormente no tenía identificadas como machistas. Por
ejemplo, muchos hombres nicaragüenses piensan que es la cosa
más natural que sus mujeres les tengan que pedir permiso
para salir de casa. Otros no entregan todo su salario en casa, se
reservan una parte que gastan en beber y beber. Cuesta cambiar.
Hay mucha resistencia interna y mucha presión externa para
llegarlo a hacer.
- ¿Qué cambios trae este esfuerzo?
- Unas relaciones más humanas y gratificantes, que no se
basan en el dominio de los hombres y la subordinación de
las mujeres, sino en la armonía y equidad. Buscamos juntos,
hombres y mujeres, otro modo de ejercer el poder en la vida privada
y en los espacios públicos, unas relaciones verdaderamente
democráticas, donde exista capacidad de escuchar, de aportar,
de construir colectivamente en libertad y sin miedo. Las mujeres
ganan, sus derechos humanos son respetados. Pero, al abandonar el
machismo, los hombres salimos ganando también: nos damos
cuenta de que no tenemos siempre la razón ni la verdad, nos
hacemos más sensibles, expresamos mejor nuestros sentimientos
y emociones no sólo con nuestras mujeres, sino también
con nuestras hijas e hijos.
- ¿Podemos entendernos, hombres y mujeres?
- Los hombres, en primer lugar, tenemos que aprender a escuchar.
La comunicación interpersonal es uno de los temas que más
trabajamos. Equipamos a los hombres con herramientas prácticas,
para que, cuando aparezca un conflicto en la pareja, puedan tener
una conversación entre dos personas iguales y no acudan a
la violencia, a los gritos y los golpes para resolverlo.
- ¿Hay algún termómetro para medir
el cambio?
- El compromiso con la justicia y la equidad de género es
también un compromiso con la democracia. Ese compromiso no
puede considerarse verdadero si no tiene su expresión práctica
en el reparto equitativo del trabajo dentro de los espacios privados
y públicos
*Director de la revista "El Sur" de la ONG Médicus Mundi
y periodista de la Agencia de Información Solidaria
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