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Llevaba ya mucho tiempo que no escribía, ni daba conferencias,
ni salía apenas de su casa. Por eso, la noticia de su muerte
no sorprendió a nadie. Lo que no fue obstáculo para
que todos la sintieran. Tuvo muchos amigos y casi ningún
enemigo. Representó el pensamiento español, desde
el final de la Guerra Civil hasta casi nuestros días. Se
le reprochó que no era un filósofo en el sentido técnico
de la palabra. Pero si entendemos, con una mayor amplitud el término
filosófico, como aquél que analiza el tiempo que le
ha tocado vivir, lo explica, en su sentido profundo, dejando a un
lado las apariencias, se preocupa por la realidad y diagnóstica,
dentro de lo posible, el futuro, era un filósofo auténtico.
Muchos de sus libros han servido a generaciones
de españoles de guía y de consulta. Por ejemplo, su
“Historia de la Filosofía”, que apareció
en 1941, “Ortega y la idea de la razón vital”,
“La escolástica en su mundo y el nuestro”, “El
existencialismo en España”, “Biografía
de la Filosofía”, “Ortega, circunstancia y vocación”,
“La España real”, “Justicia social y otras
injusticias”, “La mujer en el siglo XX” o “Problemas
del Cristianismo”, son ejemplos de los temas que abordó.
Profundizó en el concepto de razón vital, que había
tratado ya Ortega entendiendo por tal la superación de la
razón, en cuanto lógica, en cuanto vida, entendiendo
este término, no en un sentido puramente biológico,
sino, en su sentido de proyecto, concibiendo el ser de la existencia
humana, hablando en términos de Heidegger, como temporalidad.
Aceptando que la estructura ontológica de la vida es el tiempo.
Su ideología estuvo marcada por dos puntos de vista: el
Cristianismo y el Liberalismo. Con la muerte de su esposa, Dolores
Franco, en 1977, desapareció, como él mismo dijo,
su proyecto vital de tantos años, lo que le había
dado su sentido”. Sólo le consolaba su ausencia, el
convencimiento de que la vida no termina con la muerte, de lo contrario,
la felicidad sería un engaño”. Fue el primer
intelectual, en lengua castellana, nombrado miembro del Consejo
Internacional Pontificio para la Cultura, creador por el Papa Juan
Pablo II.
Su liberalismo le llevó a considerar la libertad, en todos
sus sentidos, en todas sus concepciones, como el supremo valor.
Jamás se dejó atrapar por ningún partido político,
por ningún grupo de presión, lo que le hizo, en muchos
períodos de su vida, pasar por distintas dificultades. Por
ejemplo, la Universidad jamás contó con él,
lo que no dice nada positivo de la Universidad. Entendió
el liberalismo no sólo como respeto a las mayorías,
sino también como respeto a las minorías.
En muchos aspectos de su pensamiento, recuerda a Alexis de Tocqueville,
cuyo bicentenario se cumple este año. Comprendió,
como pocos intelectuales de su tiempo, que la libertad, en nuestra
época, estaba amenazada. Primero, fue el marxismo, quien
intentó acabar con ella. Hoy es el terrorismo que, ante su
brutalidad, obliga a adoptar una serie de medidas, que van en contra
de la libertad, en su sentido más profundo, que no es solamente
la libertad política, sino de libertad humana, que comprende
a aquélla como un caso particular.
Defendió siempre la sociedad civil, pensando que lo que
ésta puede hacer, no debe dejarse en manos del Estado. Cuando
menos Estado, mejor es una sociedad. Así pensaba Marías,
frente a los intervensionistas de izquierdas y de derechas.
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