Viernes 23 de diciembre de 2005
 
El Senado de EEUU dinamita las prioridades políticas de Washington
 
Bush fracasa
J. Jameson
 

El presidente de EEUU, George Bush, protagoniza en estos días un nuevo enfrentamiento con las cámaras que vuelve a demostrar la incapacidad de la Casa Blanca para controlar a la mayoría republicana. Esta vez, el presupuesto de Defensa está en el centro de la pólemica.

En una sesión interminable, que terminó cerca de las seis de la mañana, el Congreso aprobó ayer el nuevo Presupuesto para la Defensa que estará en vigor durante 2006. El ajustadísimo resultado de la votación (212-206) demuestra que, al menos nueve republicanos se opusieron al texto, que incluye una polémica provisión, no cuantificada aún, para financiar las prospecciones petrolíferas en la reserva natural de Alaska. Una intención declarada de Bush desde que llegó a la Casa Blanca que reiteró hace una semana en su último discurso público sobre el estado de la economía. El proyecto de ley aprobado incluye a la vez unos gastos totales para Defensa de 453.000 millones de dólares, cerca del 43% del gasto inicialmente estimado para todas las agencias federales y un recorte en otras partidas de 39.700 millones de dólares que afectará, sobre todo, a los programas sociales, según los demócratas.

Senado. El Senado de EEUU vivió el jueves una tumultuosa sesión en la que todas las prioridades políticas fijadas por la Casa Blanca fueron desatendidas por los parlamentarios. El proceso de deserciones republicanas, tan lento como sostenido, empieza a preocupar en Washington.

Era un rumor pero ya es un hecho, ante la llegada de 2006, un año electoral en el que se renueva por completo el Congreso y un tercio del Senado, muchos parlamentarios republicanos que piensan en la reelección dudan seriamente que presentarse a los próximos comicios como aliados incondicionales de la Casa Blanca les ayude a convencer a los votantes.

Existe una percepción generalizada de que la Casa Blanca está cercada y esa impresión de debilidad política se ha instalado en el partido del presidente que ha dejado de ser una piña. Como consecuencia de este ambiente, ayer Washington sufrió dos derrotas de importancia.

Por un lado, los senadores demócratas y sus seis flamantes aliados republicanos consiguieron por 51 votos contra 49 impedir que en la proposición de ley presupuestaria para Defensa, que prevé gastos por 453.000 millones de dólares, no estuviera incluida la provisión para iniciar las prospecciones en la Reserva Natural de Alaska. La misma alineación bloqueó el intento de Washigton de convertir en permanente la Ley Especial Antiterrorista (“Patriot Act”) cuya periodo concluía el 31 de diciembre de este año.

A Bush le queda un consuelo, tras una intensa negociación, consiguió unanimidad en la Cámara para prorrogar durante seis meses su vigencia. Pero algo quedo claro, la Casa Blanca tendrá que cambiar sustancialmente el texto.

Dick Cheney. El vicepresidente Richard Cheney tuvo que regresar urgentemente desde Pakistán para asistir a la sesión del Senado de ayer. La mayoría republicana preveía la posibilidad de que en algunas votaciones claves el resultado fuese 50-50, con lo que no sólo hacía falta la presencia de todos los parlamentarios del partido de Bush, también que Cheney impusiera su condición de presidente de esta Cámara, posición siempre destinada al vicepresidente, para forzar la aprobación de los textos legislativos por medio de su voto de calidad vigente en caso de empate.

No tuvo opción de hacerlo. No sólo éso, algunos analistas dicen hoy en la prensa que su presencia desencadenó las deserciones. Para muchos republicanos, no sólo los seis disidentes, votar junto a Cheney una proposición de ley que beneficia a la industria petrolera es ahora una opción de riesgo. Lo mismo que convertir en permanente una ley que ha permitido la existencia de escuchas sin cobertura legal.

Bloomberg. Para muchos republicanos, el ejemplo del alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, marca nuevas conductas a seguir. Bloomberg consiguió ser reelegido con comodidad gracias, entre otras cosas, a las distancia que estableció entre su figura y la de Bush. Un ejemplo, en un prodigioso ejercicio de dominio de los resortes espacio-temporales, el político neoyorquino consiguió que nadie pudiera fotografiarle junto a Bush en toda la campaña electoral.

Tenía práctica. En las elecciones presidenciales de 2004 tampoco hubo imágenes conjuntas de ambos. Y desde su entorno no se oculta la distancia que le separa de la actual Administración.

Edita Asesores de Publicaciones S.L.