Viernes 30 de diciembre de 2005
 
España es el séptimo país de la UE que ha puesto en marcha un registro nacional de derechos de emisión
 
Un año de la Bolsa de Kioto
Alberto Miguel Arruti
 

Sobre el Protocolo de Kioto se ha escrito mucho se seguirá escribiendo más. Como es sabido, su finalidad consiste en reducir las emisiones de dióxido de carbono, con el fin de controlar, dentro de lo posible, el efecto invernadero. Pero este Protocolo afecta a muchas industrias, tales como la siderúrgica, la fabricación de azulejos, las cementeras, el papel y el cartón y, de manera especial, las eléctricas, que son de las que más se ha hablado.

La Unión Europea (UE) obliga a que cada Estado miembro cree un registro en el que las industrias con derechos de emisión anoten las compraventas, que lleven a cabo con ellos. Este registro, en España, se llama Renade: Registro Nacional de Derechos de Emisión, y se encuentra ubicado en Madrid. De este modo, nuestro país se ha convertido en el séptimo de la UE, que puso en funcionamiento su registro de Kioto. Fue el pasado junio, cuando Renade empezó a estar operativo, aunque la Bolsa de Kioto cumple un año por estas fechas.

Renade es una base de datos, en la que las empresas abren una cuenta, donde anotan los derechos de emisión concedidos por el plan español de Kioto, así como las operaciones que se realicen con ellos. Funciona a través de Internet. En este momento, son más de novecientas las plantas industriales, que participan en la Bolsa de Kioto.

Cada empresa debe suscribir un contrato y hasta el pasado noviembre en el registro español se habían dado de alta más del 50% de los derechos de emisión, otorgados a través del Protocolo de Kioto. Además, hay una decena de cuentas de personas físicas, brokers y consultoras con interés en operar en la Bolsa de contaminación.

La vida en la Tierra depende de la energía, que recibimos del sol. Un tercio de esta estrategia es reflejada al espacio. El resto es absorbida por la atmósfera, la hidrofesra, la criosfera, la litosfera y la biosfera. También esta energía debe acabar por abandonar la Tierra y volver al espacio. Si no fuese así, la Tierra estaría condenada a aumentar permanentemente su temperatura.

Pero el calor que se devuelve al espacio debe, lógicamente, atravesar otra vez la atmósfera. Entonces, algunas moléculas cogen esa energía calorífica y la devuelven a la superficie. En definitiva, si bien los rayos solares pueden entrar, no es tan fácil la salida del calor transportado por el aire.

Este fenómeno es lo que se conoce como efecto invernadero. Se llaman gases de efecto inverandero a aquéllos, que estando presente en la atmósfera, absorben parte de la radiación solar con lo que dan lugar a un calentamiento de la atmósfera. Estos son, entre otros, el vapor de agua, el dióxido de carbono y el metano. Es el dióxido de carbono, después del vapor de agua, es el que más contribuye al efecto invernadero.

Existen entre dos y tres billones de toneladas de dióxido de carbono en la atmósfera, lo que corresponde a una concentración en el aire de 0,035%, o expresado de otra forma, 350 partes por millón (ppm). Al comienzo de la revolución industrial, la concentración de este gas era, probablemente, de 280 ppm. La proliferación de automóviles y el aumento de la industrialización ha dado lugar a esta situación y la concentración de dióxido de carbono sigue aumentando al ritmo de un ppm anual.

Es muy complicado afirmar que el dióxido de carbono en la atmósfera es malo. Hay opiniones para todos los gustos. Lo cierto es que este gas aumenta, de año en año, y que contribuye, de forma poderosa, al efecto invernadero.

Edita Asesores de Publicaciones S.L.