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Sobre el Protocolo de Kioto se ha escrito mucho se seguirá
escribiendo más. Como es sabido, su finalidad consiste en
reducir las emisiones de dióxido de carbono, con el fin de
controlar, dentro de lo posible, el efecto invernadero. Pero este
Protocolo afecta a muchas industrias, tales como la siderúrgica,
la fabricación de azulejos, las cementeras, el papel y el
cartón y, de manera especial, las eléctricas, que
son de las que más se ha hablado.
La Unión Europea (UE) obliga a que cada
Estado miembro cree un registro en el que las industrias con derechos
de emisión anoten las compraventas, que lleven a cabo con
ellos. Este registro, en España, se llama Renade: Registro
Nacional de Derechos de Emisión, y se encuentra ubicado en
Madrid. De este modo, nuestro país se ha convertido en el
séptimo de la UE, que puso en funcionamiento su registro
de Kioto. Fue el pasado junio, cuando Renade empezó a estar
operativo, aunque la Bolsa de Kioto cumple un año por estas
fechas.
Renade es una base de datos, en la que las
empresas abren una cuenta, donde anotan los derechos de emisión
concedidos por el plan español de Kioto, así como
las operaciones que se realicen con ellos. Funciona a través
de Internet. En este momento, son más de novecientas las
plantas industriales, que participan en la Bolsa de Kioto.
Cada empresa debe suscribir un contrato y hasta
el pasado noviembre en el registro español se habían
dado de alta más del 50% de los derechos de emisión,
otorgados a través del Protocolo de Kioto. Además,
hay una decena de cuentas de personas físicas, brokers
y consultoras con interés en operar en la Bolsa de contaminación.
La vida en la Tierra depende de la energía,
que recibimos del sol. Un tercio de esta estrategia es reflejada
al espacio. El resto es absorbida por la atmósfera, la hidrofesra,
la criosfera, la litosfera y la biosfera. También esta energía
debe acabar por abandonar la Tierra y volver al espacio. Si no fuese
así, la Tierra estaría condenada a aumentar permanentemente
su temperatura.
Pero el calor que se devuelve al espacio debe,
lógicamente, atravesar otra vez la atmósfera. Entonces,
algunas moléculas cogen esa energía calorífica
y la devuelven a la superficie. En definitiva, si bien los rayos
solares pueden entrar, no es tan fácil la salida del calor
transportado por el aire.
Este fenómeno es lo que se conoce como
efecto invernadero. Se llaman gases de efecto inverandero a aquéllos,
que estando presente en la atmósfera, absorben parte de la
radiación solar con lo que dan lugar a un calentamiento de
la atmósfera. Estos son, entre otros, el vapor de agua, el
dióxido de carbono y el metano. Es el dióxido de carbono,
después del vapor de agua, es el que más contribuye
al efecto invernadero.
Existen entre dos y tres billones de toneladas
de dióxido de carbono en la atmósfera, lo que corresponde
a una concentración en el aire de 0,035%, o expresado de
otra forma, 350 partes por millón (ppm). Al comienzo de la
revolución industrial, la concentración de este gas
era, probablemente, de 280 ppm. La proliferación de automóviles
y el aumento de la industrialización ha dado lugar a esta
situación y la concentración de dióxido de
carbono sigue aumentando al ritmo de un ppm anual.
Es muy complicado afirmar que el dióxido
de carbono en la atmósfera es malo. Hay opiniones para todos
los gustos. Lo cierto es que este gas aumenta, de año en
año, y que contribuye, de forma poderosa, al efecto invernadero.
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