Viernes 13 de enero de 2006
 
Crecen los recelos en EEUU a la inmigración mexicana femenina a la vez que la economía sumergida de los Estados fronterizos se beneficia de ella
 
Mujeres con coraje
Peter Kent
 

No es un número oficial, pero sí una estimación casi unánimente aceptada: En EEUU viven y trabajan cerca de 11 millones de inmigrantes ilegales. Y muchos de ellos son mexicanos. Por culpa de una tendencia establecida desde hace muchos años, en la que ahora algunos expertos han detectado un giro inquietante: cada vez hay más mujeres que se atreven a correr el riesgo de atravesar la frontera, dejando atrás a sus maridos y sus hijo. Según un reciente informe de la Universidad de Huston, la cantidad supera ya el 45% del total, lo que dobla los números de hace una década, cuando las mujeres suponían algo menos del 20% de este flujo migratorio. Y en opinión de algunos observadores, este elemento ha añadido mucha tensión a un problema que ya era complicado.

Muchas de las mujeres que cruzan ilegalmente la frontera lo hacen para unirse a sus maridos y llevan a sus hijos consigo. Otra buena porción de ellas acaba por conseguir reunir a todos sus allegados en el gran país norteamericano. Algo es seguro, a diferencia de los hombres, ellas, una vez dado el paso, son mucho más reacias a volver a su país de origen. Y se las apañan para conseguir asistencia sanitaria y plazas en los colegios públicos para su prole. Lo consiguen gracias al asesoramiento de auténticas redes de pioneras que ya pasaron por ello. Una circunstancia que no gusta demasiado en EEUU, donde el racismo y el rechazo a los inmigrantes ha alcanzado últimamente uno de sus máximos grados históricos.

Sin embargo, una vez que ellas han traspasado la frontera, consiguen con relativa facilidad un puesto de trabajo. La cada vez más voluminosa economía sumergida de California, Texas y Arizona, los principales estados fronterizos, absorbe sin problemas el aumento de este flujo migratorio e, incluso, lo propicia. Las mexicanas ocupan plaza como criadas, cocineras o niñeras, o trabajan en fábricas, grandes almacenes y cafeterías, con sueldos muy bajos, pero que triplican por término medio los que conseguían en su país. Y, al menos para sus empleadores, el rebrote de racismo no tiene mucho sentido. Según el informe de la Universidad de Huston al que hacíamos referencia al principio, el volumen de recursos públicos empleados en suministrar servicios a este grupo de inmigrantes es inferior a la contribución que realiza a las arcas de los estados en los que residen. Tanto por su contribución al Producto Interior Bruto de esos territorios, como por las contribuciones que realizan a la Seguridad Social sus empleadores que no revierten luego en beneficios acumulables o que puedan reclamar puesto que residen en el país norteamericano de manera ilegal. Lo que no sucede con sus hijos, siempre que hayan nacido en EEUU. Algo relativamente sencillo de lograr si se pasa la frontera embarazada o el embarazo tiene lugar en este territorio. Las urgencias de los hospitales atienden estos casos con independencia de que se trate de inmigrantes legales o ilegales.

Edita Asesores de Publicaciones S.L.