Viernes 20 de enero de 2006
 
La victoria de Michelle Bachelet y el futuro político chileno *
Carlos Malamud (Investigador Principal para el Área de América Latina, Real Instituto Elcano)
 

Tema: La rotunda victoria de Michelle Bachelet abre las puertas a cuatro años más de gobierno de la Concertación. Esto supone nuevos retos y desafíos para una experiencia singular como la chilena.

Resumen: El triunfo de Michelle Bachelet en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales chilenas abre la puerta para cuatro años más de gobierno de la Concertación, una exitosa alianza de partidos de centro-izquierda, liderada por el Partido Socialista (PS), el Partido por la Democracia (PPD) y la Democracia Cristiana (DC). Tras el “susto” de la primera vuelta, cuando Bachelet no ganó por mayoría absoluta y obtuvo menos votos que los partidos de la Concertación en las elecciones parlamentarias, el camino a La Moneda no fue sencillo. Sin embargo, gracias al esfuerzo de todos los partidos de la Concertación, al decidido apoyo del presidente Lagos y de su gobierno y al propio activo que aportó la presidenta electa, el triunfo fue categórico. Bachelet encontrará el 11 de marzo, cuando asuma la presidencia, un país en una situación económica privilegiada, especialmente si se mira con atención lo que ocurre en el vecindario, aunque con problemas sociales que deben ser atendidos. A ellos deberá atender Bachelet después de configurar, en los próximos días, el equipo de ministros y asesores que la acompañará en la próxima andadura. Pero sus problemas no acaban ahí. La situación de Chile depende también de su inserción regional y por ello el nuevo gobierno se plantea un esfuerzo adicional en esta materia.

Análisis: Como indicaba la lógica, las previsiones se cumplieron y esta vez las encuestas no fallaron. Con rotundidad, con casi siete puntos porcentuales de diferencia, la candidata de la Concertación, la coalición gobernante en Chile desde la caída de Pinochet, se ha convertido en la primera mujer que ocupará la presidencia de su país. El triunfo de la Concertación fue absoluto. Sebastián Piñera, el empresario exitoso convertido en político, sólo vio como sus colores superaban a los de Bachelet en la IX Región (Araucanía) de los trece distritos en que está dividido el país (doce regiones más la metropolitana, que abarca a Santiago y su zona de influencia), pese a que sus expectativas pasaban por ganar en cuatro regiones.

Bachelet obtuvo el 53,49% de los votos frente al 46,5% de Sebastián Piñera. Bachelet obtuvo dos puntos más que Ricardo Lagos en la segunda vuelta con Joaquín Lavín en 2000 y un punto y medio más que la Concertación en las elecciones legislativas de octubre pasado. Esto significa que los votos recibidos se incrementaron en 7,5 puntos respecto a la primera vuelta. Por su parte, Piñera obtuvo 2,2 puntos menos que Joaquín Lavín en 2000 y, lo que es más importante, 1,8 menos que la suma de las candidaturas de la derecha un mes atrás (46,48% frente al 48,26%). Esto último es una prueba evidente de que la teoría esgrimida por Piñera de las bondades de presentar dos candidatos en la primera vuelta no ha funcionado.

A estos datos habría que agregar que el número de votantes prácticamente se ha mantenido entre la primera y la segunda vuelta –sólo votaron 14.500 personas menos– y que el voto blanco y nulo prácticamente se mantuvo constante. Esto permite concluir que junto al apoyo del voto comunista recibido por Bachelet y al fracaso del llamamiento de Tomás Hirsch a la abstención, Bachelet fue capaz de provocar el trasvase de casi un 2% de los votantes de Piñera a su favor. Estos provinieron básicamente de aquellos sectores populares, especialmente entre los más empobrecidos, que habían apoyado a Lavín en la primera vuelta. De este modo, en las comunas más pobres de la Región Metropolitana, Bachelet obtuvo más del 60% de los votos, una diferencia de más de 20 puntos con su rival. El nuevo triunfo de la Concertación se une a la mayoría parlamentaria obtenida en octubre. Por eso, el próximo gobierno tendrá más facilidades que el actual para impulsar sus propuestas legislativas sin tener que ceder demasiado en el Parlamento, aunque para eso habrá de mantener la disciplina interna, dando juego a unos y otros y no cometiendo excesos que luego puedan ser cobrados. Para ello habrá que contar con gestores experimentados, capaces de enviar buenos proyectos al Congreso.

La elección se realizó prácticamente sin incidentes (el más importante fue la agresión sufrida por el senador electo de la UDI Pablo Longueira cuando iba a votar en una comuna popular). De todas maneras, este comicio y otros signos vinculados al mismo son prueba evidente de la madurez alcanzada por la democracia chilena y la solidez de su sistema de partidos. Cuando avanzado el escrutinio los datos confirmaban de forma irreversible el triunfo de la candidata socialista, su rival, Piñera, no sólo reconoció su derrota paladinamente, sino que también fue a felicitar personalmente a Bachelet. La madurez de la que hablo también se plasmó en el discurso de la triunfadora de la noche, un verdadero canto a la concordia y a la unidad, una promesa de ser la presidenta de todos los chilenos (“haré un gobierno de todos”, “el triunfo de todos”, etc.), sin olvidarse del pasado de su país y de su pasado personal, incluido un recuerdo a su padre, muerto por la dictadura.

El discurso de Bachelet tiene también otros elementos importantes en los que vale la pena profundizar, como su compromiso con un nuevo estilo de gobierno, más dialogante y participativo y, sobre todo, más próximo a los ciudadanos. Esto es algo importante si quiere lograr una mayor participación de los jóvenes en la política nacional. Pero si a algo se comprometió la presidenta electa en ese discurso fue a profundizar en la agenda social, lo que parece será el verdadero sesgo de su gestión, y en ese énfasis por lo social incluye la consolidación de un sistema de protección social, que deberá tener como prioridades la educación, la previsión sanitaria y el empleo. Chile tiene un Índice Gini (el que mide la desigualdad) del 57,1, el mismo que Colombia, y sólo superado en América del Sur por Brasil y Paraguay. De este modo, mientras el 20% más rico de la población controla el 62,2% de los ingresos, al 20% más pobre sólo le corresponde el 3,3%.

La consecución de estos objetivos y el mantenimiento de los avances en la lucha contra la pobreza dependerán en buena medida de que se mantenga la política económica y que la economía nacional siga creciendo, sostenida en parte por los altos precios del cobre y de otros productos exportados por Chile. Bachelet se hace cargo de un país económicamente sólido, pero con graves problemas sociales. En 2005 el PIB creció en torno al 6% y se sitúa en los 110.000 millones de dólares y con un PIB per cápita superior a los 7.000 dólares. Esta fue la base de los espectaculares retrocesos de la pobreza y la extrema pobreza en Chile, algo que no tiene parangón en el resto del continente. El paro promedio de 2005 fue del 8,1%, el menor desde 1998, aunque algunas voces de la derecha se quejaron durante la campaña del protagonismo del empleo público con fines clientelísticos.

El desenlace de la elección se basó en un par de cuestiones claves. En primer lugar en la manera en que todos los partidos de la Concertación, comenzando por la Democracia Cristiana, se volcaron en la campaña y en la defensa de su candidata. Este apoyo sin fisuras, al que el presidente Lagos y todo el gobierno se sumaron de un modo contundente, evitó la pérdida de votos por la izquierda y, sobre todo, por la derecha. El apoyo de Lagos no es cosa pequeña, teniendo en cuenta el 75% de aprobación con que el actual presidente cierra su mandato (el apoyo del gobierno es del 60%). La segunda cuestión es el fracaso de Piñera en ganar el centro, especialmente a los votantes demócrata cristianos. Sus intentos de quebrar a la Concertación no tuvieron éxito y finalmente su votación dependió tanto de sus propias fuerzas como de la Unión Demócrata Independiente (UDI). Y si bien en los días previos a la elección Joaquín Lavín, el derrotado candidato de la UDI, se volcó en la campaña de Piñera y salió en cuanta foto hizo falta, las tensiones entre Renovación Nacional (RN) y la UDI no facilitaron las cosas al candidato de centro-derecha. De todas formas, la gran artífice de la victoria fue la propia Bachelet, que supo transmitir a la sociedad chilena su mensaje. La magnitud del triunfo refuerza su autonomía frente a los partidos de la Concertación a la hora de diseñar su gabinete, pero es indudable que el límite del terreno de juego está bastante acotado. La discusión está servida, ¿quién o quiénes son los padres, o las madres, de esta victoria?

Los nombres que integren el gabinete de Bachelet, que debido a la última reforma constitucional sólo gobernará cuatro años, sin posibilidad de reelección inmediata, serán una pista clara de cómo se resolverá esta cuestión y, sobre todo, de cómo piensa encarar su gestión de gobierno. Al respecto mantuvo una de sus dos afirmaciones sobre el tema y modificó leve, pero sustancialmente, otra. Ha mantenido su compromiso de trabajar con un gabinete paritario, que tenga el mismo número de mujeres que de hombres, lo que es todo un desafío en un país tan machista como Chile, como se pudo comprobar en los resultados de la primera vuelta. Lo que sí modificó fue su intento de que “nadie repita plato”, es decir, de provocar una importante renovación en los más altos niveles de la administración. Sin embargo, después del contundente apoyo recibido por los partidos de la Concertación, comenzando por la DC y su líder Adolfo Zaldívar, su compromiso fue más tímido: “nadie repetirá el mismo plato”, nadie ocupará el mismo puesto que en el pasado.

Más allá de lo contundente del triunfo de Bachelet, los desafíos de futuro son importantes y vale la pena tenerlos en cuenta. Algunos se relacionan directamente con las promesas de campaña realizadas por Bachelet, otros con el marco general político de Chile y los últimos con la inserción del país en la región latinoamericana y las relaciones con sus vecinos. En el frente interno habrá que seguir con atención el proceso de formación del gobierno, la relación entre Bachelet y los partidos y entre Bachelet y Lagos. Éste ya ha dicho que tras su triunfo probablemente Bachelet perderá algo de autonomía, algo a lo que la nueva presidenta se resiste. En esta pugna entre partidos y liderazgo presidencial el papel que juegue la DC será crucial. En este sentido, el futuro de la Concertación está en juego, más allá de que se trate de un proyecto consolidado. El día de la elección hubo dos acontecimientos significativos. Por una parte, en el momento en que Lagos fue a votar, muchos simpatizantes mostraron su aspiración de que el actual presidente vuelva a ser candidato en las elecciones de 2009, lo que evidentemente sería el broche de oro de un político como Ricardo Lagos, el único presidente latinoamericano con talla de estadista internacional. Prácticamente al mismo tiempo, el ex presidente Aylwin recalcaba la importancia de la alternancia entre socialistas y demócrata cristianos en las candidaturas presidenciales de la Concertación, tras dos presidencias consecutivas socialistas que siguieron a otras dos demócrata cristianas.

Otro punto importante, aunque no vinculado directamente al gobierno es el futuro de la derecha. ¿Quién tendrá el protagonismo en sus filas, RN o la UDI? En este sentido, la misma noche de la derrota electoral tanto Piñera como Pablo Longueira manifestaban su disponibilidad para ser los candidatos de la derecha en 2009. Lo que pase en las filas de la Alianza también repercutirá en las relaciones entre gobierno y oposición, en las negociaciones en marcha y en las votaciones en el Parlamento.

La agenda interna tiene otros puntos de interés, como la reforma del sistema electoral para elegir parlamentarios. Se hace necesario acabar con el sistema binominal, que falsea la proporcionalidad en el Parlamento y excluye del mismo al Partido Comunista (PC), que representa al 5% de la población chilena. Ésta y otras reformas, especialmente aquellas que más importan a la presidenta, deberán ser negociadas con la derecha, más allá de que la Concertación tenga por primera vez desde la transición la mayoría de ambas Cámaras.

En los últimos años la diplomacia chilena ha estado pendiente de su particular relación con América Latina. Pese a sus éxitos económicos, o precisamente por ellos, Chile es visto con una mezcla de envidia, recelo y temor por buena parte del vecindario. Para muchos Chile es más un aliado de los Estados Unidos que un socio fiable. De ahí la labor de futuro que deberá realizar el próximo gobierno. En este sentido, parece ser que se irá a una política de acercamiento a la región aunque sin comprometer las líneas básicas de lo que ha sido la política tradicional chilena. Si por una parte se dice que se dialogará con todos los presidentes democráticamente elegidos, que no hay que entablar una “guerra fría” con los vecinos, que Argentina es una prioridad estratégica, al mismo tiempo se recuerda que el ingreso en el Mercosur no se hará a costa de volver a cerrar el país. En este sentido hay ciertas líneas rojas que la presidenta electa no parece dispuesta a traspasar.

Perú y Bolivia son dos ejes vitales de esta agenda. El paso dado por el presidente Lagos de asistir en La Paz, acompañado por Michele Bachelet, a la toma de posición de Evo Morales es, pese a los riesgos que supone, un paso importante para distender una situación que llegó a estar muy crispada. Simultáneamente, en Santiago se sigue con atención la evolución de la campaña electoral en Perú y las posibilidades de Ollanta Humala y su virulento discurso nacionalista y antichileno.

Conclusiones: El triunfo rotundo de Michelle Bachelet, con siete puntos de diferencia con su rival, la sitúa en una posición de fuerza frente al futuro. Su legitimidad es elevada pero pese a ello los partidos que integran la Concertación luchan por mantener su in fluencia y sus esferas de poder. De ahí las distintas lecturas e interpretaciones que se hacen de la victoria (¿quién ha sido más decisivo?). De todas formas, las primeras escaramuzas por la selección de los ministros ya se han planteado y diversos actores políticos, económicos y sociales manifiestan sus preferencias al respecto.

El control parlamentario de ambas Cámaras le permitirá al nuevo gobierno impulsar con más facilidad buena parte de sus iniciativas legislativas. En este sentido una parte importante de la labor del futuro gobierno se concentrará en los aspectos sociales, tal como insistió la presidenta en su campaña y como recordó en su discurso del domingo electoral.

Si bien el futuro de la Concertación no está amenazado habrá que seguir atentamente la relación entre los partidos, especialmente lo que ocurra en el seno de la DC. No se deben olvidar los intentos de Sebastián Piñera por ganar a la DC para su causa y su manifestación de la noche electoral señalando que quiere ampliar la Alianza de centro derecha compuesta por RN y UDI.

Por último, las relaciones entre Chile y sus vecinos son un punto importante de la agenda internacional del país. Bolivia, Perú y Argentina son temas claves para la cancillería chilena y tampoco se deben excluir las relaciones con la Venezuela de Hugo Chávez, con quien ya hubo problemas en el pasado. Pese al deseo de Bachelet de tener buenas relaciones con todos no sería improbable que el estilo desbordante de Chávez, intentando comprometer a Chile a su causa, cree nuevos problemas en las relaciones bilaterales.

A la vista de todas estas cuestiones y más allá de los problemas que puedan surgir, nos encontramos ante un país serio y previsible. Tal como ha ocurrido en el pasado Chile es, y debe seguir siendo, un aliado fiable para España. La presencia de España en América Latina debería sostenerse, por tanto, en gobiernos como los chilenos más que en la apuesta delicada por otras situaciones más comprometidas.

* Artículo publicado en el Boletín nº77 del Real Instituto Elcano Su reproducción en Americaeconomica.com cuenta con la autorización del Instituto.

Edita Asesores de Publicaciones S.L.