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sólo ha pasado poco más de una semana desde su comienzo,
el juicio sobre los delitos cometidos en Enron -quizá el
mayor fraude corporativo de la historia de EEUU- se ha convertido
en un espectacular despertador de la conciencias corporativas estadounidenses
que, sólo cinco años después de los desastres,
ya estaban dormidas.
Las llamadas de atención llegan desde
todos los ámbitos: en forma de películas cómicas
de mucho éxito y dudosa calidad, como ´Dick y Jane´
(la última película de Jim Carrey que se estrena hoy
en España), de sesudos informes de fundaciones que abogan
por la ética y la transparencia, o de artículos del
New York Times que demuestran como las petroleras no dudan
en ahorrarse todo los impuestos que pueden, a pesar de sus ganancias
récords. Un ambiente que ha servido para poner al descubierto
que los lobos de la América corporativa están a punto
de volver a hacer saltar la banca y que empieza a generar malestar
entre la población, mucho más revuelta ahora que en
el dorado tramo final de la década de los noventa.
Los motivos, según apuntan algunos de
los artículos de opinión que tratan el tema estos
días son variados, pero ante todo lógicos. Por ejemplo,
está el hecho de que ahora el ciudadano medio no disfruta
de las espectaculares ganancias bursátiles de los años
de la burbuja. Ni tampoco de la financiación barata que vino
luego, cuando la FED intentó remendar el vestido. Más
aún, sus coberturas sanitarias y de pensiones están
en peligro.
Estudios. Entre los estudios
más comentados en estos días se encuentra el que ha
lanzado el Instituto de Economía Política (EPI; por
sus siglas en inglés), un prestigioso “think thank”
con sede en Washington que pone en duda algunos de los axiomas más
extendidos últimamente en los discursos de los responsables
de las grandes empresas estadounidenses para justificar los discretos
resultados empresariales o las reestructuraciones de plantilla.
Por ejemplo, aquel que dice que el incremento de los costes de las
coberturas sanitarias está amenazando la salud financiera
de las compañías y limitando su capacidad de generar
beneficios.
Según los datos del EPI la incidencia del aumento de lo
precios de los seguros de salud es mucho menor de lo que se intenta
hacer creer al público porque el 47% de la fuerza laboral
de EEUU no dispone de esas coberturas simplemente porque las empresas
dejaron de proporcionalas hace tiempo. Además, los aumentos
de los costes laborales, verdaderamente moderados en el último
lustro, contrastan con la cantidad de dinero empleado en engrosar
las partidas de beneficios.
Siempre, según EPI, si las cifras oficiales son ciertas
y EEUU vive ahora un periodo de recuperación económica
que dura 47 meses, las compañías actúan de
menos socialmente responsable. En estas fases boyantes de la economía,
la media de las series históricas demuestra que las empresas
usaban el 75% de sus ingresos para retribuir a sus empleados y el
25% para aumentar los beneficios. Ahora las cifras están
en un letal 41% a 59%.
Una práctica frecuente. El juicio de Enron
llega en un momento en el que las sopechas de irregularidades en
las cuentas empresariales vuelven a sobrevolar Wall Street. Un reciente
estudio del National Tax Journal pone de manifiesto que los beneficios
empresariales publicados en la SEC doblan a los reconocidos ante
Hacienda. Lo cierto es, como explican los autores, que este fenómeno
se ha producido antes, hace ahora justamente cinco años,
en 2000. La fatídica fecha final de la burbuja tecnológica.
Y, entonces, como ha resultado evidente, las empresas utilizaron
todo tipo de prácticas delictivas para inflar sus resultados
y provocar aumentos de su capitalización bursátil.
Las divergencias entre los números trimestrales y anuales
que se publican para conocimiento de los accionistas y las cuentas
que se presentan ante el IRS (la Agencia Triburaria estadounidense)
se han producido siempre. No hay ilegalidad alguna, por mucho que
algunos activistas duden de la ética que sustenta el principio
fundamental de esta práctica de doble contabilidad: “ganar
mucho ante los ojos de los accionistas y muy poco ante los del fisco”.
Los estándares de contabilidad que rigen la elaboración
de las cuentas que se inscriben en la SEC, conocidos como GAPP,
incluyen la valoración de algunos activos según la
propia consideración del contable, lo mismo que otras posibilidades
subjetivas que no se dan en los números que se constituyen
en la base imponible del impuesto de sociedades. Pero eso no justifica
unas disparidades como las actuales. De hecho, en el periodo de
2001 a 2003 pasó justamente lo contrario. Las cuentas presentadas
ante la SEC eran peores que las que se ponían en conocimiento
del IRS. Algunos observadores, sin embargo, creen que el fenómeno
actual es distinto al que provocó la oleada de fraudes empresariales
de finales del siglo XX. Ahora se trata sólo de pagar menos
impuestos.
Impuestos. En el mismo estudio se asegura que en 1990 la cantidad
ingresada por impuesto de sociedades fue un 66,6% superior a la
recaudada el pasado año. En sólo tres lustros, la
suma ha pasado a suponer un 1,2% del PIB desde el 2% de la media
histórica.
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