| El año 2005 nos ha dejado como característica profunda del panorama regional, una proyección geométrica de escenarios políticos, sociales y ambientales de suma inestabilidad y marcada zozobra, además de la predominante carencia de liderazgos e instituciones globales en condiciones de gestionar de una manera eficaz las distintas crisis que se han planteado.
Esta proliferación cierta de situaciones de inseguridad y vulnerabilidad colectiva se ha dado tanto por la determinante presencia de catástrofes naturales, como por los violentos conflictos, y cabe señalar enfáticamente por la extrema desigualdad y disparidad en la distribución de capacidades y recursos para el desarrollo y la preservación efectiva de la vida.
Las primeras situaciones tienen causas que escapan a nuestro dominio, otras son el resultado del camino tomado por la civilización en aspectos como la contaminación, la explotación al límite de recursos y energías no renovables o el total descontrol en el desarrollo de tecnologías de posible uso bélico. De este modo, los más afectados por terremotos, huracanes, sequías o inundaciones han sido los más castigadas por guerras civiles, matanzas y enfermedades.
Este es el lamentable panorama que se vive en varias naciones de América Latina, en situaciones extremas, como las que sufre la cada vez más castigada Haití, las que obligaron a intervenciones de organismos gubernamentales (ayuda humanitaria), que han resultado, tal como hemos comentado en opiniones anteriores, totalmente insuficientes.
Una perspectiva de grandes desafíos que requerirá liderazgos y esfuerzos multinacionales creativos y consistentes, tanto de los gobiernos como de las sociedades civiles y los actores económicos y sociales con un ascendente protagonismo.
Se trata de acercar posiciones antagónicas, revertir escenarios de confrontación y preservar el sistema internacional, el medio ambiente y los derechos de los pueblos. Tan sólo esto. |