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En septiembre se iniciará en los tribunales estadounidenses
un proceso que ha sido descrito por la Fiscalía Federal de
EEUU como el mayor caso criminal de la historia de la evasión
fiscal. Y el Deustche Bank y el HVB estarán entre los principales
protagonistas.
Los hombres de Alvin Hellerstein y Michael García, responsables
neoyorquinos de la Fiscalía Federal, están a punto
de tener sobre la mesa todas las pruebas para demostrar que durante
un periodo de siete años, una trama urdida por la auditora
KPMG, en connivencia con varios despachos de abogados de prestigio
y un grupo de grandes bancos consiguió escamotearle a la
Agencia Tributaria estadounidense entre 11.000 y 22.000 millones
de dólares gracias a un esquema de venta de “refugios
fiscales” que servía también como eficaz mecanismo
de lavado de todo tipo de fondos.
En agosto del año pasado, la auditora
aceptó pagar 456 millones de dólares para evitar sentarse
en el banquillo como corporación y colaborar en el procesamiento
de once de sus empleados de elite. Tipos sin escrúpulos que
proporcionaron a la empresa 115 millones de dólares de beneficio
con la venta de este peculiar producto.
Ayer, el banco germano HVB, llegó a
un trato similar, aunque considerablemente más barato. Sólo
30 millones de dólares. Al parecer, esta entidad sólo
realizó una pequeña parte de las operaciones, justo
aquellas de las que no quiso encargarse el Deustche Bank que, según
la prensa estadounidense, fue el principal actor bancario de la
trama. Y mientras los fiscales atacan, la entidad se enfrenta ya
a más de 350 querella civiles de clientes que se consideran
engañados.
Contactos y dinero. Los “refugios
fiscales” sólo proporcionaron a Deustche Bank unos
beneficios de 44 millones de dólares, un 6,75% de los beneficios
de su filial de gestión de activos en el último trimestre.
¿Poco? Para los expertos, la entidad no buscaba beneficio
directo. Sólo contactos en el competitivo mundo de los millonarios
de EEUU.
Los esquemas de ahorro fiscal diseñados
por KPMG ofrecían una doble utilidad, funcionaban como “lavadoras
de dinero” y generaban las pérdidas falsas que permitían
a sus clientes rebajar la factura fiscal correspondiente a sus ganancias.
El papel de los bancos era clave. Las entidades financieras convertían
en préstamos un dinero de procedencia desconocida ingresado
por el cliente, en la parte del esquema pensada para que aflorase
el dinero negro. Luego facilitaban documentos que demostraban supuestas
transacciones realizadas gracias al falso crédito en las
que tenían lugar las pérdidas que actuaban como base
de las rebajas fiscales aplicadas. Casi todas las supuestas inversiones
se realizaban fuera del territorio estadounidense. Sobre todo en
la UE. Y ahí encajaban los bancos alemanes.
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