| Eran
los últimos días del mes de octubre de 1956 cuando moría
en la calle Ruiz de Alarcón de Madrid, Pío Baroja.
En las mismas fechas se inauguraba Televisión Española.
Según cuentan, a Baroja le habían explicado lo que
era y lo que representaba la televisión, le habían
contado que, con posterioridad, vendría la televisión
en color, más tarde, en relieve, y Baroja había respondido:
“Estos ingenieros van a acabar inventando el teatro”.
En aquellas fechas, se producía la revolución
de Hungría, contra el poder comunista. Y todos los periódicos
publicaban la fotografía del general Pal Maleter. Y Sartre
rompía el carné del Partido Comunista. En la Gran
Vía, entonces avenida de José Antonio, dos películas,
que se hicieron famosas “Picnic” y “Más
dura será la caída” con un Humphrey Bogart en
franca decadencia. Y en el entierro de Baroja, Ruiz Jiménez,
que había dejado de ser ministro el 9 de febrero anterior,
con ocasión de la primera revuelta estudiantil, en la que
resultó, gravemente herido un joven falangista que, gracias
a la pericia del doctor Obrador, salvó la vida. Aquella fecha
era el aniversario del asesinato de Matías Montero y los
falangistas colocaban en la calle en qué murió, las
cinco rosas simbólicas: individuo, familia, municipio, patria
y Dios.
En este contexto muere Baroja, uno de los más grandes novelistas
de la literatura española. Sólo comparable con Galdós.
Se distinguen dos clases de novelas en la producción de Baroja.
Las que tienen como fondo el País Vaso y las que se desarrollan
fuera de la tierra vasca, normalmente en Madrid. Son las más
duras, acres y pesimistas. Sus héroes son más bien
anti-héroes. Y la “acción” cobra un auténtico
protagonismo en estas vidas, en la mayor parte de los casos, miserables.
En algún sentido, Baroja se aproxima a Stendhal.
La búsqueda de la felicidad, de la felicidad personal, al
margen de las grandes ideas políticas o morales del momento
caracteriza a ambos novelistas. Ni la Democracia, ni la Ciencia,
ni la Libertad, ideas-fuerza o, tal vez, mitos de la progresía
de los siglos XIX y, en algún sentido, del XX interesan a
estos personajes. Piensan como Malraux, “de los hombres sólo
me interesa lo que han hecho”. La “acción”,
por encima de cualquier otro sentimiento, de cualquier otra realidad
humana, mueve a estos personajes. Podríamos decir que la
“acción” es el auténtico protagonista
de estas novelas. Una de ellas lleva un título, que es todo
un programa, “Memorias de un hombre de acción”,
en las que Baroja nos relata las andanzas de su tío, Eugenio
Aviraneta.
Este hombre fue masón, carbonario, peleó a las órdenes
del cura Merino, contra los franceses en 1809 y en 1821 luchó
contra el mismo cura desde el bando liberal. Es compañero
del Empecinado en los movimientos de 1823. En Grecia aparece con
lord Byron y en México con el general Barradas. En 1830 se
encuentra en París con la Revolución. Luego en la
guerra carlista. La acción, materializada en la aventura,
es el eje de su vida.
Baroja ha escrito en 'El tablado de Arlequín': “No
creo que haya nada tan hermosamente expresado como esta teoría
de Darwin a la que denominó él, con una brutalidad
shakesperiana, “striggle for life”, lucha por la vida”.
Pero todo esto es literatura. Y ya es bastante. En la vida personal,
Baroja era, según los que le trataron, un señor apacible
y bondadoso, que paseaba por el Retiro, la calle de Alcalá
y la Carrera de San Jerónimo. Que frecuentaba el Ateneo,
se pagaba sus cafés y hasta invitaba a algún escritor,
que venía de provincias a conquistar Madrid.
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