Viernes 3 de marzo de 2006
 
La información científica no da a los medios de comunicación audiencia
 
La ciencia y nuestro tiempo

Alberto Miguel Arruti

 

En una reciente reunión de físicos, celebrada en Madrid, se comentó con no disimulada preocupación, el escaso número de estudiantes de las licenciaturas en Física y Matemáticas, que tienen algunas universidades españolas. Parece ser que la ciencia, en su sentido más amplio, no es capaz de atraer a gran parte de la juventud. Las causas que se exponen son diversas y complejas. Entre ellas, aparece como la más comentada, la debilidad de la enseñanza media.

Los jóvenes salen del bachillerato, con muy escasos conocimientos científicos y les cuesta comenzar unos estudios evidentemente duros. Esta realidad se contrapone con la creciente necesidad de ciencia, que tiene hoy la Humanidad. Como se ha dicho en repetidas ocasiones, el mundo de hoy tiene muchos y graves problemas. Ninguno de ellos puede ser resuelto solamente por la ciencia. Pero sin la ciencia ninguno de ellos tiene solución.

Por otro lado, la fe en la ciencia ha perdido puntos. Aquel Siglo XIX, en el que parecía que la ciencia podía resolverlo todo. Aquel Siglo XIX, en el que las teorías científicas parecían gozar de un grado de verdad incuestionable. Aquella mecánica de Newton, perfectamente construida, y que nadie se atrevía a dudar.

Hoy todo este panorama ha cambiado. Sabemos, con Popper, que toda teoría científica es histórica, es decir, que sirve para explicar una serie de hechos, conocidos hasta aquel momento, pero que vendrán nuevos hechos y serán necesarias nuevas teorías, que sustituirán a las ya consagradas, y así hasta el infinito.

La ciencia se aproxima, cada vez más, a la relatividad, pero ésta aparece siempre como algo que no se puede conquistar en su totalidad. Algo que se nos escapa y se nos escapará siempre. Quizás esta nueva actitud ante la ciencia, tan característica de los tiempos que nos ha tocado vivir, explique, de alguna manera y en algún sentido, el moderado, por no decir escaso interés de la juventud por el conocimiento científico.

Ante esta realidad, la información científica y la divulgación de la ciencia adquieren de día en día, más importancia. Y aquí reside una de las grandes tareas de los medios de comunicación. Claro que éstos pueden argumentar que la ciencia no da lectores, ni espectadores, ni oyentes.

En este sentido, Mario Bunge ha escrito que "la ciencia y la técnica no son populares, a pesar de que se afirma que vivimos en la edad de la ciencia y de la técnica, y ni siquiera son impopulares, como los impuestos y los equipos de fútbol perdedores. Nuestra actitud ante la ciencia y la técnica es incoherente, por no decir hipócrita".

Una cuestión a considerar es la relación entre la ciencia y la cultura. Que la ciencia es una parte, un trozo de la cultura, es algo que nos parece a muchos una obviedad. Pero, en realidad, no se acepta este hecho. Es inculto el que no sabe quién es Cervantes. No es inculto, o no se considera inculto, al que no sabe quién es Newton.

Es evidente que la ciencia aparece en unos países determinados y no se muestra en otros. Ortega y Gasset afirmaba que la ciencia era una flor que solo podía desarrollarse en determinadas condiciones y que esas condiciones se daban en muy pocos países. Es cierto que la ciencia necesita apoyo económico e, incluso, político. Pero es también cierto que la ciencia surge de un ambiente cultural determinado.

La ciencia es parte de la cultura y necesita, a su vez, a la cultura para poder fructiferar. De ahí que la sociología de la ciencia tenga, cada vez, más importancia, porque nos ayuda a desentrañar las relaciones entre la ciencia y la sociedad, en la que aquélla se desarrolla.

 

 

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