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una reciente reunión de físicos, celebrada en Madrid,
se comentó con no disimulada preocupación, el escaso
número de estudiantes de las licenciaturas en Física
y Matemáticas, que tienen algunas universidades españolas.
Parece ser que la ciencia, en su sentido más amplio, no es
capaz de atraer a gran parte de la juventud. Las causas que se exponen
son diversas y complejas. Entre ellas, aparece como la más
comentada, la debilidad de la enseñanza media.
Los jóvenes salen del bachillerato, con muy escasos conocimientos
científicos y les cuesta comenzar unos estudios evidentemente
duros. Esta realidad se contrapone con la creciente necesidad de
ciencia, que tiene hoy la Humanidad. Como se ha dicho en repetidas
ocasiones, el mundo de hoy tiene muchos y graves problemas. Ninguno
de ellos puede ser resuelto solamente por la ciencia. Pero sin la
ciencia ninguno de ellos tiene solución.
Por otro lado, la fe en la ciencia ha perdido puntos. Aquel Siglo
XIX, en el que parecía que la ciencia podía resolverlo
todo. Aquel Siglo XIX, en el que las teorías científicas
parecían gozar de un grado de verdad incuestionable. Aquella
mecánica de Newton, perfectamente construida, y que nadie
se atrevía a dudar.
Hoy todo este panorama ha cambiado. Sabemos, con Popper, que toda
teoría científica es histórica, es decir, que
sirve para explicar una serie de hechos, conocidos hasta aquel momento,
pero que vendrán nuevos hechos y serán necesarias
nuevas teorías, que sustituirán a las ya consagradas,
y así hasta el infinito.
La ciencia se aproxima, cada vez más, a la relatividad,
pero ésta aparece siempre como algo que no se puede conquistar
en su totalidad. Algo que se nos escapa y se nos escapará
siempre. Quizás esta nueva actitud ante la ciencia, tan característica
de los tiempos que nos ha tocado vivir, explique, de alguna manera
y en algún sentido, el moderado, por no decir escaso interés
de la juventud por el conocimiento científico.
Ante esta realidad, la información científica y la
divulgación de la ciencia adquieren de día en día,
más importancia. Y aquí reside una de las grandes
tareas de los medios de comunicación. Claro que éstos
pueden argumentar que la ciencia no da lectores, ni espectadores,
ni oyentes.
En este sentido, Mario Bunge ha escrito que "la ciencia y
la técnica no son populares, a pesar de que se afirma que
vivimos en la edad de la ciencia y de la técnica, y ni siquiera
son impopulares, como los impuestos y los equipos de fútbol
perdedores. Nuestra actitud ante la ciencia y la técnica
es incoherente, por no decir hipócrita".
Una cuestión a considerar es la relación entre la
ciencia y la cultura. Que la ciencia es una parte, un trozo de la
cultura, es algo que nos parece a muchos una obviedad. Pero, en
realidad, no se acepta este hecho. Es inculto el que no sabe quién
es Cervantes. No es inculto, o no se considera inculto, al que no
sabe quién es Newton.
Es evidente que la ciencia aparece en unos países determinados
y no se muestra en otros. Ortega y Gasset afirmaba que la ciencia
era una flor que solo podía desarrollarse en determinadas
condiciones y que esas condiciones se daban en muy pocos países.
Es cierto que la ciencia necesita apoyo económico e, incluso,
político. Pero es también cierto que la ciencia surge
de un ambiente cultural determinado.
La ciencia es parte de la cultura y necesita, a su vez, a la cultura
para poder fructiferar. De ahí que la sociología de
la ciencia tenga, cada vez, más importancia, porque nos ayuda
a desentrañar las relaciones entre la ciencia y la sociedad,
en la que aquélla se desarrolla.
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