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Año VII - Madrid, miércoles 12 de abril de 2006
 
El Cultural
 
El creador de 'el teatro de lo absurdo' cumple 100 años
 
El centenario de Becket

Alberto Miguel Arruti

 

Se cumplen ahora cien años del nacimiento de Samuel Beckett en Dublín. Provenía de la clase media protestante irlandesa y fue educado “como un cuáquero”, como él dijo en cierta ocasión. Junto con Adamov, Ionesco y Genet, forman los escritores autores de lo que se llamó teatro del absurdo o anti-teatro. Rompieron con una forma de escribir teatro, que había durado siglos. Y en aquel momento, los años 50 y 60, ya concluida la Segunda Guerra Mundial, tuvieron gran éxito. La obra más conocida de nuestro autor es aquel “Esperando a Godot", que provocó un auténtico escándalo y multitud de comentarios.

Después vendría “Final de Partida” y “La última cinta”. En las tres obras citadas, el auténtico protagonista es la angustia de la condición humana. Estas obras no cuentan, en realidad, ninguna historia, exploran determinadas situaciones, siempre extremas, de la existencia humana. Otro protagonista es el tiempo, mejor dicho, la temporalidad. No el tiempo de los físicos y de los astrónomos, sino el tiempo como integrante de la vida humana, entendida ésta no como un “bios”, sino como un proyecto, en la mayor parte de los casos fracasado. Porque la vida en su raíz contiene el tiempo. La existencia, el ser de la existencia humana, hablando en términos de Heidegger, o lo que es lo mismo, la estructura ontológica de la vida, es el tiempo.

En la primera de las tres obras citadas, escrita originalmente en francés, unos individuos esperan a Godot, que no llega nunca. Es una reflexión, no sólo sobre el tiempo, sino sobre la espera y la esperanza humana. No en vano, Beckett estuvo muy interesado por Proust y su obra, especialmente por “La búsqueda del tiempo perdido”. Referente a Proust, escribe Beckett: “No hay escape posible a las horas y los días. Tampoco al mañana o al ayer, ya que el ayer nos ha deformado, o ha sido deformado por nosotros...No estamos más cansados a causa del ayer, sino que somos otros, y no ya los que éramos antes de la calamidad del ayer”.

“La última cinta” es una pieza en un acto, en la que Beckett hace uso de una cinta magnetofónica para demostrarnos la fugacidad de la condición humana. Krapp, el protagonista, es un hombre viejo, que a lo largo de su vida ha grabado anualmente en cinta magnetofónica los hechos del año anterior. Aparece decrépito y fracasado. Escucha su voz grabada hace treinta años. Y en una ocasión, tiene que consultar el diccionario, pues no entiende la palabra que grabó hace ya tanto tiempo. El Krapp de ahora, es discutible que sea el de antes. Es el tiempo el que ha motivad el campo. La identidad del yo es otra de las obsesiones de Beckett.

Un estudioso del teatro del absurdo, Martín Esslin, ha escrito que la explicación sobre la condición humana del autor de “Esperando a Godot” le conduce a la búsqueda de respuesta a cuestiones tan básicas como “¿Quién soy yo”, “¿Qué quiero decir cuando digo yo?”. Los personajes de Beckett se desesperan, porque no son capaces de encontrar significado, sentido, a su existencia. Y es aquí donde se encuentra comprometida nuestra vida.

En algún sentido, Beckett nos recuerda a Sartre, aunque sin llegar a lo viscoso de la condición humana. Pero su preocupación, tal vez mejor, su obsesión por lo más profundo de la existencia es común en los dos autores. Enfrentarse con la angustia de la libertad solitaria es común a ambos. Pero mientras que Sartre tiene una predilección por los anarquista y los no-conformistas, Beckett nos presenta tipos fracasados, que no tienen el menor interés en hacer ninguna revolución, ni en cambiar el mundo. Más que vivir, subsisten, se arrastran por la vida, sin ninguna idea, sin ningún proyecto, sin ninguna esperanza.

 
 

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