Se
cumplen ahora cien años del nacimiento de Samuel Beckett
en Dublín. Provenía de la clase media protestante
irlandesa y fue educado “como un cuáquero”,
como él dijo en cierta ocasión. Junto con Adamov,
Ionesco y Genet, forman los escritores autores de lo que se llamó
teatro del absurdo o anti-teatro. Rompieron con una forma de escribir
teatro, que había durado siglos. Y en aquel momento, los
años 50 y 60, ya concluida la Segunda Guerra Mundial, tuvieron
gran éxito. La obra más conocida de nuestro autor
es aquel “Esperando a Godot", que provocó un
auténtico escándalo y multitud de comentarios.
Después vendría
“Final de Partida” y “La última cinta”.
En las tres obras citadas, el auténtico protagonista es
la angustia de la condición humana. Estas obras no cuentan,
en realidad, ninguna historia, exploran determinadas situaciones,
siempre extremas, de la existencia humana. Otro protagonista es
el tiempo, mejor dicho, la temporalidad. No el tiempo de los físicos
y de los astrónomos, sino el tiempo como integrante de
la vida humana, entendida ésta no como un “bios”,
sino como un proyecto, en la mayor parte de los casos fracasado.
Porque la vida en su raíz contiene el tiempo. La existencia,
el ser de la existencia humana, hablando en términos de
Heidegger, o lo que es lo mismo, la estructura ontológica
de la vida, es el tiempo.
En la primera de las tres obras
citadas, escrita originalmente en francés, unos individuos
esperan a Godot, que no llega nunca. Es una reflexión,
no sólo sobre el tiempo, sino sobre la espera y la esperanza
humana. No en vano, Beckett estuvo muy interesado por Proust y
su obra, especialmente por “La búsqueda del tiempo
perdido”. Referente a Proust, escribe Beckett: “No
hay escape posible a las horas y los días. Tampoco al mañana
o al ayer, ya que el ayer nos ha deformado, o ha sido deformado
por nosotros...No estamos más cansados a causa del ayer,
sino que somos otros, y no ya los que éramos antes de la
calamidad del ayer”.
“La última cinta”
es una pieza en un acto, en la que Beckett hace uso de una cinta
magnetofónica para demostrarnos la fugacidad de la condición
humana. Krapp, el protagonista, es un hombre viejo, que a lo largo
de su vida ha grabado anualmente en cinta magnetofónica
los hechos del año anterior. Aparece decrépito y
fracasado. Escucha su voz grabada hace treinta años. Y
en una ocasión, tiene que consultar el diccionario, pues
no entiende la palabra que grabó hace ya tanto tiempo.
El Krapp de ahora, es discutible que sea el de antes. Es el tiempo
el que ha motivad el campo. La identidad del yo es otra de las
obsesiones de Beckett.
Un estudioso del teatro del
absurdo, Martín Esslin, ha escrito que la explicación
sobre la condición humana del autor de “Esperando
a Godot” le conduce a la búsqueda de respuesta a
cuestiones tan básicas como “¿Quién
soy yo”, “¿Qué quiero decir cuando digo
yo?”. Los personajes de Beckett se desesperan, porque no
son capaces de encontrar significado, sentido, a su existencia.
Y es aquí donde se encuentra comprometida nuestra vida.
En algún sentido,
Beckett nos recuerda a Sartre, aunque sin llegar a lo viscoso
de la condición humana. Pero su preocupación, tal
vez mejor, su obsesión por lo más profundo de la
existencia es común en los dos autores. Enfrentarse con
la angustia de la libertad solitaria es común a ambos.
Pero mientras que Sartre tiene una predilección por los
anarquista y los no-conformistas, Beckett nos presenta tipos fracasados,
que no tienen el menor interés en hacer ninguna revolución,
ni en cambiar el mundo. Más que vivir, subsisten, se arrastran
por la vida, sin ninguna idea, sin ningún proyecto, sin
ninguna esperanza.
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