Era aquel año de 1956. Moría en la madrileña calle de Ruiz de Alarcón, Pío Baroja. En Hungría, estallaba una revolución popular en contra del dominio soviético. El presidente Imre Nagy moriría ahorcado. España estrenaba televisión. El mundo aparecía dividido en dos bloques: el occidental y el comunista.
En este contexto moría Bertolt Brecht. Huyendo del nazismo, había recorrido Suiza, Francia, Dinamarca, Suecia, Finlandia, la Unión Soviética y EEUU. Llama la atención que un comunista militante, como él, no se quedase en Moscú y fuese a parar al país capitalista por excelencia, EEUU. Parafraseando al poeta, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, se puede decir que aquel mundo ha muerto definitivamente. Le podríamos poner como título, “el mundo de ayer”, con el que Stefan Zweig calificó el fin de la primera guerra mundial y del imperio austrohúngaro.
Brecht fue, esencialmente, un hombre de teatro. Escritor y director, a la vez que un poeta lírico. Comprometido, “engagé”, diría Sartre, con las teorías marxistas. Es de notar que, después de la segunda guerra mundial, un gran número de intelectuales mirase, como una solución de la humanidad, a Rusia. Un escritor francés, La Rochelle, acusado de nazismo, que se suicidó cuando los aliados ganaron la guerra, había escrito que los nazis no ocultaban sus crímenes y barbaridades, sino que se jactaban de las mismas y, en cambio, los comunistas las ocultaban. La propaganda, sin el menor respecto a los hechos, invadió tanto el pensamiento nazi como el comunista.
Hoy todavía hay quien destaca las barbaridades del holocausto, lo que parece razonable y ético, pero disculpa, de alguna manera, los crímenes de la Rusia soviética, de la China comunista o de Camboya.
Brecht fue catapultado a la fama con su “Dreicroschenoper” u Opera de tres peniques, de la que el disidente checo Václav Havel hizo una célebre revisión más humana que socialista. En España, llamó la atención su “Madre coraje y sus hijos” y “Horacios y Curiaceos”. Como técnica teatral, creó la teoría del “distanciamiento”. El autor debía exponer, mejor presentar, el argumento para que el espectador lo asimilase de una forma primero racional y después estética.
En aquellos años, podríamos decir en aquellos tiempos, se vivía con un permanente miedo a una posible tercera guerra mundial. Los profetas de la catástrofe aseguraban que en una primera etapa, la Unión Soviética podría invadir, con tal éxito, lo que quedaba de Europa, que no era mucho, y luego vendría, si es que venía, una posible conquista por parte de EEUU. Algo así, como lo que sucedió en la segunda guerra mundial.
Pero los hechos son imprevistos en la historia, como en la vida propia. Y no sucedió nada de lo que tanto se imaginó y pensó. Caído el muro de Berlín, otros intelectuales pronosticaron una “paz americana”, un mundo gobernado por sistemas democráticos, similares al de EEUU. Y siempre bajo la atenta mirada del coloso del norte. Pero la realidad, la tozuda realidad, ha desmentido también esta visión.
No es fácil colocar un sistema democrático, más o menos parecido al norteamericano, en muchos países con culturas diametralmente distintas a las que dieron lugar a la nación americana. Además, en los países árabes se está creando un sentimiento de añoranza de aquel pasado, en que los árabes crearon un imperio, con base en la religión islámica.
Ahora, más que una guerra, ha surgido la lacra del terrorismo, que se perfila como la gran amenaza de estos tiempos.
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