En
fecha reciente, ha aparecido un documentado libro, con el título
“Sin Ciencia no hay Cultura”, que recoge entrevistas,
ponencias y comunicaciones, que se defendieron en el III Congreso
sobre Comunicación Social de la Ciencia, celebrado en La
Coruña.
Aunque las opiniones son muchas
y muy distintas, hay una que prevalece sobre las demás
y que podemos considerar como la tesis general del mencionado
Congreso. Y esta idea fundamental se puede expresar con muy escasas
palabras: la ciencia es una parte integrante de la cultura. Y
esta idea tan sencilla no es aceptada por muchos, por lo menos,
en la práctica. Se sigue educando en la dualidad que, en
el fondo, es oposición, de ciencias y letras. Las últimas
son, según esta visión del mundo, las depositarias
únicas de la cultura. Siguiendo esta forma de pensar, llama
la atención, que se considere inculto a quien no conoce
a un escritor, pintor o músico de cierto renombre. En cambio,
esos mismos hombres de letras (vamos a llamarlos así) desconocen,
por ejemplo, quién fue Maxwell o el sentido, el significado
profundo de lo que es la teoría de la relatividad. No me
refiero, como es lógico, a su desarrollo, ni a su formulación
matemática.
La ciencia busca explicar el mundo.
Si puede, y cuando puede, matematiza esa explicación. La
técnica es otra cosa. Más que comprender el mundo,
busca transformarlo o dominarlo. Ambas, ciencia y técnica,
van en muchos casos unidas. Y, en esos casos, la técnica
depende de la ciencia. Pero existen otros muchos casos, que no
sucede así. Y el técnico actúa por tradición,
por conservación de un saber que ha venido heredándose
de padres a hijos desde tiempo inmemorial, o por un conocimiento
práctico, que se ha alcanzado, y se desconoce su último
fundamento científico.
La ciencia elabora teorías
o modelos, según se quiera ver, que pretenden explicar
los hechos conocidos hasta el momento en el que se elabora esa
teoría. Pero, vendrán nuevos hechos, que exigirán
nuevas teorías. Y así la ciencia se convierte en
un tejer y destejar permanente. No hay ninguna teoría definitiva,
ni última. Luego, en el fondo, toda teoría es histórica,
pues está vinculada a una fecha determinada.
La técnica, en unión
de la ciencia, transforman el mundo. Esa transformación
ha adquirido caracteres de vértigo en los últimos
decenios. Es una obviedad reconocer que el mundo tiene muchos
problemas, de características muy diferenciadas. Pero podemos
asegurar que ninguno de estos problemas los puede resolver exclusivamente
la ciencia, pero también podemos afirmar que sin la ciencia
no se resolverá ninguno de ellos. Es, posiblemente la ciencia
el factor más importante de la transformación del
mundo.
De todas las ciencias, hay una
que sobresale, y es la física. Este hecho es debido a que
la Física s la ciencia más matematizable. Lord Kelvin
afirmaba que un conocimiento para ser calificado como científico,
tenía que poder ser matematizado. Esta opinión parece
exagerada. Pero, a la vista de la matematización posible,
Rutherford decía que la ciencia es Física o es coleccionar
sellos. Se trata, en efecto, de un desprecio hacia otras formas
de conocimiento. Pero, en el fondo, no está exento de realidad.
Otra cuestión es la importancia
de la ciencia. Desde el siglo XVII hasta el XX la ciencia madre
ha sido la Física. Hoy, probablemente, no lo es. Y hoy
la Biología ha destronado a la Física. Se ha convertido
en la ciencia capital. Y el debate ético, jurídico
e, incluso, político, tendrá, en muchas ocasiones,
como trasfondo la Biología.
Estas cuestiones y otras muchas
más han servido de armazón en este III Congreso,
al que nos hemos referido.
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