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Año VII - Madrid, viernes 21 de julio de 2006
 
El Cultural
 
Aniversario de la trágica guerra civil española
Setenta años después

Alberto Miguel Arruti

 

Han transcurrido 70 años de aquel 18 de julio, en que se inició la tragedia. En cierto sentido, comenzó dos años antes con la revolución de Asturias. Probablemente, y a la altura de los tiempos, nuestra guerra civil fue un preludio, un capítulo de lo que iba a venir: la Segunda Guerra Mundial. La nuestra terminaba un 1 de abril y la otra empezaba un 1 de septiembre. Sólo cinco meses de diferencia. Sobre ambas guerras se han escrtito centenares de libros. Y se siguen escribiendo.

La transición, elogiada por todos, que transformó un régimen autoritario en una democracia de corte occidental, se basó en la idea, mejor dicho, en el sentimiento, de que no había vencedores ni vencidos. De que había que empezar una nueva etapa en la Historia, haciéndonos lo más próximos posible a sitemas de países de nuestro entrono. Así la Constitución de 1978 fue un pacto entre diversas fuerzas políticas, incluidas las nacionalistas. La mayor parte de la población española no había vivido la guerra civil. Y a los que la habían vivido, de un bando o del otro, se les marginó, con la disculpa de la edad. Había que dar paso a los jóvenes, lo que significaba dar paso a los que no habían visto, ni conocido, la guerra. Y ahora se habla de una posible segunda transición. Lo que no parece claro. Porque transición significa paso de un lugar a otro. En realidad, no debe hablarse de primera transición, sino de transición a secas.

Toda esta literatura que se está haciendo sobre la guerra civil, en muchos casos con un signo partidista, me parece sencillamente, un error. Una cosa es la investigación histórica. Las cosas, como escribía Ortega, con el tiempo ha perdido virulencia. Se han convertido en Ciencia. Y con la frialdad del científico son examinadas, analizadas y comentadas. Pero llevar estas cuestiones a la calle es despertar pasiones que, afortunadamente, estaban más o menos dormidas.

Paul Johnson ha escrito que esta guerra ha sido uno de los sucesos sobre los que más se ha mentido. Depurar estas mentiras es labor de la ciencia, de esa ciencia que llamamos Historia, tan discutida por unos y vilipendiada por otros. Me viene a la memoria la frase de Drieu la Rochelle: "Los nazis son los cínicos, porque admiten claramente su violencia, su tiranía, y los comunistas los hipócritas, porque niegan descaradamente las suyas".

Recuerdo la película de Ettore Scola, "Una jornada particular". Es el día de la marcha sobre Roma. Pero el director de la película se fija, sobre todo, en los pequeños detalles: la pareja de enamorados, los que van y vuelven del trabajo. En otro lado quedan los gritos, los himnos, las camisas negras. Ahora, un historiador, Pedro Corral, ha escritio un libro con un título muy sugerente, "La guerra civil que nadie quiere contar". Se hace historia de los desertores. Y el autor describe cómo el número de desertores, automutilados o, simplemente, de reclutas que no comparecieron a los llamamientos, fue muy alto. Y en ambos mandos se tuvo que recurrir a la movilización forzosa en numerosas ocasiones. Y una vez en filas, los que cambiaban de bando eran muy numerosos. Y rara vez era por motivaciones políticas. No fue una guerra comprometida con dos ideologías diferentes. Fue una calamidad que cayó sobre los españoles, sin que la mayoría de éstos entendiera por qué.

La vida como principal protagonista de la Historia. Al margen de ideologías, patriotismos e intereses.

 
 

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