Han
transcurrido 70 años de aquel 18 de julio, en que se inició
la tragedia. En cierto sentido, comenzó dos años
antes con la revolución de Asturias. Probablemente, y
a la altura de los tiempos, nuestra guerra civil fue un preludio,
un capítulo de lo que iba a venir: la Segunda Guerra Mundial.
La nuestra terminaba un 1 de abril y la otra empezaba un 1 de
septiembre. Sólo cinco meses de diferencia. Sobre ambas
guerras se han escrtito centenares de libros. Y se siguen escribiendo.
La transición, elogiada
por todos, que transformó un régimen autoritario
en una democracia de corte occidental, se basó en la idea,
mejor dicho, en el sentimiento, de que no había vencedores
ni vencidos. De que había que empezar una nueva etapa en
la Historia, haciéndonos lo más próximos
posible a sitemas de países de nuestro entrono. Así
la Constitución de 1978 fue un pacto entre diversas fuerzas
políticas, incluidas las nacionalistas. La mayor parte
de la población española no había vivido la
guerra civil. Y a los que la habían vivido, de un bando
o del otro, se les marginó, con la disculpa de la edad.
Había que dar paso a los jóvenes, lo que significaba
dar paso a los que no habían visto, ni conocido, la guerra. Y ahora
se habla de una posible segunda transición. Lo que no parece
claro. Porque transición significa paso de un lugar a otro.
En realidad, no debe hablarse de primera transición, sino
de transición a secas.
Toda esta literatura que se está
haciendo sobre la guerra civil, en muchos casos con un signo
partidista, me parece sencillamente, un error. Una cosa es la
investigación histórica. Las cosas, como escribía
Ortega, con el tiempo ha perdido virulencia. Se han convertido
en Ciencia. Y con la frialdad del científico son examinadas,
analizadas y comentadas. Pero llevar estas cuestiones a la calle
es despertar pasiones que, afortunadamente, estaban más
o menos dormidas.
Paul Johnson ha escrito que esta guerra ha
sido uno de los sucesos sobre los que más se ha mentido.
Depurar estas mentiras es labor de la ciencia, de esa ciencia
que llamamos Historia, tan discutida por unos y vilipendiada por
otros. Me viene a la memoria la frase de Drieu la Rochelle: "Los
nazis son los cínicos, porque admiten claramente su violencia,
su tiranía, y los comunistas los hipócritas, porque
niegan descaradamente las suyas".
Recuerdo la película de
Ettore Scola, "Una jornada particular". Es el día
de la marcha sobre Roma. Pero el director de la película
se fija, sobre todo, en los pequeños detalles: la pareja
de enamorados, los que van y vuelven del trabajo. En otro lado
quedan los gritos, los himnos, las camisas negras. Ahora, un historiador,
Pedro Corral, ha escritio un libro con un título muy sugerente,
"La guerra civil que nadie quiere contar". Se hace historia
de los desertores. Y el autor describe cómo el número
de desertores, automutilados o, simplemente, de reclutas que no
comparecieron a los llamamientos, fue muy alto. Y en ambos mandos
se tuvo que recurrir a la movilización forzosa en numerosas
ocasiones. Y una vez en filas, los que cambiaban de bando eran
muy numerosos. Y rara vez era por motivaciones políticas. No
fue una guerra comprometida con dos ideologías diferentes.
Fue una calamidad que cayó sobre los españoles,
sin que la mayoría de éstos entendiera por qué.
La vida como principal protagonista
de la Historia. Al margen de ideologías, patriotismos e
intereses.
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