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La muerte de Galbraith, acaecida
hace tan sólo unos días en un hospital de Cambridge
(EEUU), cuando contaba la bonita edad de 97 años, ha dado
ocasión para discutir sobre su personalidad. Indudablemente,
fue uno de los economistas o, mejor dicho, de los pensadores económicos
más importantes y más controvertidos del siglo XX.
Había nacido en Canadá, pero en la década
de los treinta, adquirió la nacionalidad norteamericana.
Profesor en las Universidades de
Princeton, Cambridge, Bristol y California, embajador en India,
asesor de varios presidentes norteamericanos, desde Roosevelt
hasta Clinton, autor de numerosos libros, entre los que podríamos
citar "El Capitalismo americano. Teoría del Control
de Precios", donde denuncia la concentración de poder
de las grandes empresas, "La sociedad opulenta", tal
vez su libro más importante, donde critica la producción
de bienes de consumo, porque crea nuevas necesidades, "El
Nuevo Estado Industrial", "El crack del 29", "La
era de la incertidumbre" o "La economía del fraude
inocente", su última obra, publicada hace tan sólo
dos años, son algunas de sus obras.
En política, fue un decidido
pacifista, que criticó la guerra de Vietnam, elaboró
un informe sobre los bombardeos de EEUU y sus aliados en la Segunda
Guerra Mundial, sosteniendo la tesis de que no sirvieron para
acortar la contienda, enemigo acérrimo de la extinguida
Unión Soviética, puede ser considerado, desde una
perspectiva europea, como un socialdemócrata, mucho más
que como un liberal. No en vano se consideró discípulo
de Keynes. Podríamos decir que fue un teórico del
estado de bienestar, ese estado que hoy sufre los embates de la
globalización y la deslocalización.
Si bien, en líneas generales,
su figura es acreedora de elogios, por su labor intelectual y
por su comportamiento ético y pacifista, no conviene olvidar
tampoco su libro "Pasajero en China", publicado en la
década de los setenta, donde canta las delicias de la tiranía
china, donde se entusiasma ante el "sistema económico
sumamente eficiente" de Mao, ocultando las muertes y privaciones
de aquellos años en el poderoso país asiático.
Fue un intervencionista en economía, formado en aquellos
turbulentos años treinta, en los que el sistema democrático
fallaba en casi toda Europa, en unos sitios acosado por la derecha
y en otros por la izquierda.
El sistema democrático se
salva después de la guerra, donde sólo sufre el
acoso del totalitarismo soviético. Hundido éste,
sólo queda el sistema liberal capitalista, en el que hoy
nos movemos con sus éxitos y sus contradicciones. Hoy son
otros, y de otro tipo, los peligros que acechan al mundo occidental,
entre ellos, tal vez el más importante, es el panarabismo
o panislamismo y el populismo, cada vez más presente en
los países de América Latina. Fue un expositor claro
de teorías no siempre fáciles, inclusive, en ocasiones,
brillante. No se olvide que tuvo una pequeña faceta de
novelista, pues publicó, al menos, dos títulos.
Desde un punto de vista técnico,
como economista, el profesor Rodríguez Braun ha escrito
que "su crítica a la ciencia económica puramente
asignativa y matemática, bien planteada, es provocadora
y en gran medida correcta, pero casi arremete contra cadáveres.
Si algo probó el siglo XX es la diversificación
de dicha ciencia y su gradual alejamiento de las rigideces neoclásicas".
Esta es la figura de Galbraith,
con sus luces y sus sombras, con su aspecto positivo y su lado
negativo, como sucede en todos los seres humanos. Con Galbraith
se cierra una etapa de la historia en su país, en la que
EEUU se configuró como la gran potencia mundial pero que,
tal vez, ha iniciado su decadencia.
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