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Año IX - Madrid, viernes 27 de abril de 2007
 
 
 

EL NIÑO DEMONIO

De puntillas sobre el lecho conyugal, descolgó el crucifijo de sus padres. Con delicadeza desclavó el cuerpo de bronce. Besó el rostro ennegrecido por los años. Ungió el cuerpo con aceite. Desnudo ya, untó después el suyo. Separando bien las nalgas con los dedos, empujó dentro de sí la efigie turbadora.

Al filo del éxtasis, se entregó al sueño del fuego. Miraba desde dentro y desde fuera un edificio que, sin serlo, era su hogar. Ardía enteramente.

Al despertar, lo deslumbró un solemne resplandor amarillo. Era el sol. Tornó a cerrar los ojos y pensaba : sucede que en otro tiempo me llamaban el niño demonio y a lo mejor he muerto en esa casa en llamas.

REDRUM

Conoces las señales. Es tuya mi sombra y en el espejo has visto un rostro diferente. Corre en tus venas mi sangre y habla en tu voz la mía cual conjuro o plegaria.

Tu voluntad no importa. Habitarás conmigo en esta casa sin muros ni ventanas de la que nadie huye. Yo te condeno a la vida perdurable. Errarás en lo eterno hasta que otros ganen para ti tu derecho al olvido.

Caerá tu sombra sobre los ojos del inocente como amenaza o destino, sobre la límpida conciencia del muchacho, y tu nombre agitará sus labios como lujuria o terror.

Morarás con nosotros en la mansión del miedo.

LA HABITACIÓN DE PIEL CALIENTE

Donde jugar a las escondidas era la sola razón para el secreto, sin ver más que la piel, la piel sobre los ojos, en un paisaje de plumas abrasadas, la habitación se hizo de carne entre nosotros, pues, ciegos de caricias, nos absorbió el fulgor de lo caliente y en el fuego nos halló la eternidad.
 
  

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