Cuando, acabada la tormenta, descubrieron otra vez la nave varada en las arenas de la playa, decidieron que era cosa del destino y que debían acoger de nuevo entre los suyos a aquellos a quienes ellos mismos habían abandonado al mar.
Pero al subir a cubierta no hallaron un solo hombre vivo o muerto a bordo, sino un árbol inmenso cuyas hojas, absolutamente idénticas, brillaban como espejos.
TEMPRANA SOLEDAD EN EL ESCANDALO
-Venid y desnudémonos en esta playa insólita- les dije, queriendo hacer real lo imaginario.
Y, aunque no desnudos, dos me acompañaron, al límite del sueño.
Alguien nos delató, se impuso la realidad, el poder del número y el aborrecimiento de lo otro y lo distinto.
Cómplices en la burla, arrojaron la ira de la ley y el peso del ridículo contra el perfil marcado del rebelde. |