El próximo mes de agosto, la música en castellano cumplirá un largo año de orfandad. Justo el tiempo que habrá pasado desde el fallecimiento del compositor, guitarrista y cantante madrileño, Hilario Camacho, una de las voces más decisivas de su generación a quién el éxito masivo esquivó demasiadas veces, pero sin cuyo trabajo hubiera sido imposible la aparición de estrellas reconocidas en toda la extensión de los territorios de habla hispana, como los célebres Joaquín Sabina, Luis Eduardo Aute, Maná o Fito Cabrales.
Andaba Hilario poco antes de morir enfrascado en las mezclas de su enésimo relanzamiento, en compañía de Alain Milhaud, el productor de su primer disco. Otro artista enorme, con el que había vuelto a reencontrarse después de muchos años. La joya que perpetraron juntos -lástima que la portada no esté a la altura del contenido- se editó después de la muerte del compositor con el título de “Una mirada diferente”.
Y es, como el resto de su discografía altamente recomendable. Más aún para quien no haya tenido la fortuna de conocer aún la obra de este autor, porque se trata de una selección de sus mejores temas de toda la vida, con nuevos arreglos y nuevos bríos.
Una vez más, el público masivo se ha mantenido ajeno a este lanzamiento póstumo, lo que quizá no sea del todo lamentable, al menos para sus seguidores de toda la vida, porque permite que estas joyas, perfectamente preparadas para soportar el paso del tiempo no se vean expuestas a la trivialización de los años que corren, donde la cantidad de música gratuita disponible en Internet supera con mucho los límites el tiempo que el consumidor tendría para oírla cuidadosamente si empleara en ello toda la vida.
La profesión, sin embargo, le despidió con pena, y algo de amargura, al menos entre quienes sabían perfectamente que no hicieron jamás ni lo posible, ni lo necesario para que Hilario recibiera el reconocimiento y la compensación económica que su trabajo merecía.
Una obra sutil, elegante e intensa que se extendió a lo largo de 17 discos, cada uno de los cuáles puede considerarse el origen de algún movimiento que, más tarde encontraría el éxito en versiones mucho más prescindibles y rebajadas de encanto, pero más fáciles de vender en los colmados culturales.
Finalmente, el 23 de octubre del pasado año, algunos de los compañeros y alumnos de este entrañable músico madrileño se reunieron en el teatro Lope de Vega de la capital de España, para entonar las canciones de Hilario en un sentido homenaje que quizá se quedó corto como único acto de reivindicación para la memoria musical de este maestro. |
Escribir ahora los nombres de los participantes en el evento sería restar protagonismo, una vez más, al enorme músico que hoy “El Café de las Artes” se honra en presentarles, como mínima contribución -cada uno hace lo que puede- a la difusión de una obra cuyo olvido sería un acto imperdonable. Baste decir que hubo representantes de tres generaciones de artistas, algunos de culto, otros acostumbrados a las ventas millonarias, y un cierto número de reseñas en la prensa diaria, más centradas en los homenajeadores que en el homenajeado.
Aun así, la potencia melódica de Hilario ha convertido sus canciones en registros que perduran en el cerebro colectivo, aunque muchas veces quienes recuerdan el soniquete desconozcan completamente el nombre del responsable de la creación de las músicas que han silbado o han oído silbar tantas veces. Obras como “Los cuatro luceros”, “Dolores” o “Final de viaje”, entre otras, pertenecen a esa categoría de clásicos sin nombre que difícilmente desaparecerán por completo, aunque ni siquiera las radiofórmulas dedicadas a explotar el fondo de catálogo de las discográficas tengan a bien programarlas en estos tiempos.
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Y tal vez, ese destino no le disgustaría a Hilario. Un tipo que siempre se las apañó, a veces en contra de sus propios intereses comerciales, para situarse fuera de la ola dominante. Así, nunca fue un cantante político, por ejemplo, aunque su despegue se relaciona con los años de la transición. Tampoco admitió que se le vendiera como artista melódico en los tiempos en que el bello Camilo Sesto o el menos bello Dyango conseguían enormes éxitos de venta con sus baladas blandegues, o eludió la reivindicación de la “nueva ola”, ese movimiento madrileño que más tarde se convertiría en movida, en el inicio de los famosos ochenta e, incluso, se situó fuera de los escenarios en un momento clave. Justo cuando su canción “Tristeza de amor”, sintonía de una serie de televisión de éxito, le hubiera permitido convertirse en un ídolo de masas.
Y lo hizo, porque el era a la vez todas esas cosas y ninguna de ellas. Porque no quería que un error le encasillara de por vida, ni verse obligado a arrastrar una triste leyenda de artista de una sola canción de éxito por los escenarios de España.
Y, sin más, desde aquí, les invitó a reconciliarse consigo mismo y ponerle nombre y cara a Hilario Camacho, el autor de muchas de las canciones que han tarareado durante años y cuyo título nunca han llegado a conocer.... |