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Año X - Madrid, viernes 21 de noviembre de 2008
 
 
Poemas de Alejandro Céspedes
 
 

TRASPASAR la frontera era muy fácil. Quién dice a la caricia cuál es el territorio prohibido. Cómo saber que a partir de una célula inexacta comienza la maraña del deseo a enredarse, a escurrirse, a empantanarse. Qué señales le informan que su imperio termina y que esa nueva tierra donde están cabalgando sus diez dedos todavía no puede ser pisada.

Qué puntos de la piel van indicando dónde están los linderos del camino por el que transitar es aún posible sin tener que esconder las emociones.
Cómo puede saber la blanda esponja, los redondos planetas de la espuma, que en un instante el radio de sus órbitas empieza a gravitar sobre el peligro.

Qué espasmo del cerebro modifica la intención de la esponja, del labio, de los dedos. Qué neurona oscurece y afila la mirada del hombre ante un asombro que unos segundos antes sólo era un trozo de piel sucia entre sus manos.

¿En qué espectro se encarna la ternura?

PERO si no hay frontera? ¿Si yo nunca he tenido territorios vedados ni a los labios ni a las manos? Si desde que fui carne, carne dócil, fui adiestrada al amor y a la caricia, si no hubo noche en la que no viniera a sentarse en la colcha de mi sueño, si no hubo noche que no me hipnotizara con su voz que sembraba en mis oídos historias prodigiosas.

Si no había frontera cómo iba él a traspasar qué límites.

Fui creciendo a la sombra de sus manos, se expandían mis células cuando él las exploraba, mi piel fue como un atlas a sus ojos, un territorio utópico, cercano, conquistable.

Y si no había frontera, cómo reconocer en qué momento esa metamorfosis de sus manos las convertía en ágiles rapaces que aleteaban debajo de mi falda.

Desde qué desquiciada procedencia acudía aquel ímpetu que desoía el sermón de la ternura y que yo nunca supe calmar sin ensuciarme.

YO era su gran amor. Yo era una gacela y me escondía en el bosque de niebla de la casa. Y él me hallaba. Yo era su paisaje y sus dedos las piernas de un explorador que iba buscando un oasis perdido en los sitios más raros de mi cuerpo.

Cuando yo era un pez, él era red. Cuando yo era la nube él era el vendaval que me envolvía y llevaba hasta el nido de su cama. Allí yo era su pájaro. Me daba de comer y yo abría el pico.

A veces yo era miel, y otras era él.
Nos quedaba la lengua enrojecida.

Como yo era una luz tuve por nombre Aurora.
Yo era un ángel, sabía introducirme en la frontera microscópica que hay en los espejos y traspasar cristales sin quebrarlos. Yo era una pomada que extendida sobre las branquias de todos sus problemas los ahogaba.

Somos nuestro secreto, me decía.

SOMOS nuestro secreto —me decía. Y apagaba la luz.
—Los secretos brillan todavía más en la penumbra.
Y yo ni me atrevía a respirar.

Decía —cierra los ojos, los secretos tienen un brillo tan intenso que quema las pupilas de las niñas.
Y él me habría el pijama muy despacio porque el secreto nace justo dentro del alma de las niñas. No se puede hacer ruido, no vaya como un pájaro a espantarse.
Y yo ni me atrevía a respirar.

Y luego me decía que a las almas conviene recordarles que están vivas porque si no se quedan dormidas para siempre, lo mismo que en el cuento.
Y él besaba mi alma, era mi príncipe y yo ni me atrevía a respirar, no fuese como un pájaro a espantarse.

QUIZÁ sea más fácil aceptar el silencio que tener que asumir que la cordura es capaz de habitar en los misterios de ese lóbrego sótano donde forja el deseo sus más locos fantasmas.

Sé quién era ese hombre aunque no sea posible que abandonen mis labios las letras de su nombre.

Qué importa que no afirme ni que niegue y que no me defienda de las acusaciones, si ya visteis mis manos y mis ojos ya vieron sus ojos alejarse.

Preguntadle al asfalto del camino por qué lo llevó allí. Interrogad a aquellas dos esferas de luz que vieron todo, a la piedra y a su exacta parábola, a la otra que esperaba en el suelo para besar por dentro su cabeza.
Preguntadle a sus piernas por qué se doblegaron. A su cráneo, por qué entreabrió sus pétalos en mitad de la noche.

Por mí habla el eructo del silencio porque tragué silencio hasta saciarme.

Soy Creusa y soy Casandra, violada por un dios y no creída. Si eso me hace más sucia es preferible que pongáis más empeño en engendrar silencio en vez de hijas.

 


 
 

IV

Para saber de ti me asomo a un pozo.
Me sujeto al brocal.
Grito mi nombre.
Despiertas, en el fondo,
tus pupilas de agua
flotan entre la umbría del silencio,
se mecen en lo oscuro,
me miran,
ven el cielo.
Para saber de ti grito mi nombre
y es circular, concéntricas
las sílabas resbalan
para llegar a ti,
y al rozar suavemente
tu intáctil superficie
extiendes sobre el agua
las ondas de la huida.

¿Por qué siempre te ocultas
cuando me asomo a ti?

Vuelve mi voz volando junto al eco
y hay en ella un vacío
que aísla cada letra de mi nombre.
Qué insalvable distancia se introduce
entre la vida y yo.

En la hondura del tiempo no hay un cambio.
Observo nuestra vida.
Es este hueco
que media entre los dos
y el tiempo ahonda.

Esto que te preserva
y me separa más
en cada diaria muerte
me obliga a seguir siendo mi otro mismo.

IX

No ser
para volver a ti.

Mirar el balanceo
de la hierba delgada del verano.

La avispa
chupando el corazón
podrido de la fruta
caída.

La casa abandonada.
La humedad que cobijan
los armarios cerrados.
El cauce del jazmín hasta mi olfato.
El perfume del alma
de un árbol que comienza a ser talado.

Hormigas
para volver a ti
me suben por las piernas.

Cerrar los ojos,
con fuerza,
contener el aliento

para saber en dónde.
Correr.
Cruzar el mar,
el maizal
que dobla la altura de un chiquillo,
y rasgarme la cara
con el áspero filo de las hojas.
Irme transfigurando
para volver a ti.

Desgarrar el capullo
que envuelve la crisálida.
Correr.
Rasgar la vida
áspera con las hojas.
Llegar al epicentro
profundo del sembrado.

Saber que estás aquí
porque exhalas el fresco olor del alma
de un árbol que ya cae,
recién talado.

X

El vértigo de verme ante mí mismo,
el escapar de mí,
convierte la existencia en un catálogo
de conductas vacías.
Todo camino desemboca en otro,
toda huella conduce hacia la nada.
La vida es sólo vida.
Siempre vida.
Espacio.

Espacio que me ignora.
El presente es la deuda
que reclama el pasado.

 

 
 

XV

Por eso no fue fácil volver al instituto
cuando tú lo dejaste.
En algún sitio se me enredo tu espada,
se me clavó el acero
de esa droga adictiva
que consumí contigo
y el permanente síndrome
de su oscura abstinencia.
Me equivoqué al pensar
que esta forma de amar nunca cuartea
porque no está en su fin verificarse.

Pero dejaste un topo haciendo túneles
por dentro de mi cuerpo. Vaciándome
en cada montoncito que expulsaba
fuera de mí el sobrante del recuerdo.
Y para no quebrarme en tu carcoma
te busqué en otros cuerpos.
Pero no fue posible desprenderme
de lo que tuve que aprender de ti:
esa forma de amar sin ser amado,
esa sabiduría imperturbable
que da el amor que nunca se constata.
No existe más amor que el imposible.
Y es fácil distinguirlo. No se olvida.

Ya no puedo aceptar el amor dócil.
No soporto su cara de payaso.

Yo tengo que robarlo.
Busco el límite,
cuando no pueden más y necesitan
envolver su conciencia en un narcótico
sin saber que son ellos los que caen en sus trampas,
y en el límite,
se entregan a mi expolio en su derrota
sonámbulos o zombis, como tú,
ofreciéndose en todo con los brazos inertes
para que yo decida la manera de amar.
Por tu culpa, en el límite,
me abrazo a los peligros
que están en la otra orilla del deseo
y me quemo en sus labios con una sed tan agria
y no me importa herirme
con éxtasis con whisky o heroína
o cualquier otro cuerpo que se meta en mis brazos
con tal de que me amen como tú.
Con tal de que se dejen ser amados
aunque finjan después
que nunca sucedió
lo que desde el desprecio de sus ojos
se refleja en el fondo de los míos.

XXVI

Los observo reír.
Se abrazan.
Beben.

Únicamente yo
concedo eternidad
a esas conductas.
Juventud. Para ellos
todo es aún la escoria
de los días.

En realidad no existen. Sólo valen
para hacer más robusta la certeza
de que esta soledad
se ceba en el derroche
de sus días.

La vida es la moneda
que me cubre los ojos
para pagar el tránsito al barquero.

Se me olvidó reír
y ya no abrazo.
Derrocho mis monedas en bebida
porque hoy es la nostalgia
de mis días
la herencia de la envidia y del deseo.

Y CON ESTO TERMINO DE HABLAR SOBRE EL AMOR

Con qué impostado afán de trascendencia
me demuestra que él es fin en sí mismo.
No quiere intermediarios que confinen
la anchura de su ingrávido principio.
Sólo a tiempo parcial.
Así son los contratos con sus distribuidores.
Acepta con desdén manifestarse
ante mis ojos crédulos
como una religión, un dogma, un clavo
al que me agarro con firmeza
para desgarrar, siempre, las manos con sus hierros.
Se muestra en su soberbia
para ignorarme luego o despreciarme.
Prescinde de ridículas plegarias,
no hace caso a promesas, las incumple.
Es mezquino, huidizo, vengativo,
es igual que una puta porque cobra
por los breves placeres que concede.
Y por esos deslices me conoce tan bien.
Emplea en sus bajezas los secretos
que susurré cien veces en su oído
cuando por vez centésima engañado
creía que era mío.
Que esa vez sí era mío.
Me deja poseerlo fugazmente
y me ofrece sus tetas dilatadas
para dar de mamar a un nuevo sueño,
pero sólo lo estrictamente necesario
para engañarme más.
Ni una gota malgasta, ni una sola.
Es avaro, me mantiene famélico
y así en esta impaciente dependencia
yo me vuelvo a postrar,
a suplicar,
a mendigar las gotas que me dejen
extender unas alas gallináceas
que levantan el vuelo unos centímetros
para otra vez caer sobre el estiércol.
Se maquilla, me restriega su brillo,
me deja emparentar con su apariencia,
me deja ver sus formas,
como si un cuerpo fuese
el humilde vehículo
que utiliza para manifestarse.
Me nutro del efímero espejismo
que exhibe alguna vez por sus ranuras.
Brillo en la escasa luz que sé robarle.

No espero nada de él,
sólo me necesita para seguir vendiendo
su oxidada quincalla.
Ya sé que únicamente es purpurina
lo que me vende a precio de aureola.

 
 
 

V

Sufres el espejismo de la noche
que rellena los vasos y te envía
sus sombras alcahuetas.
Pero el día se empeña en recordarnos
que la noche es la niebla que separa
las promesas del miedo.
La escarcha que se asoma detrás de los cristales
se afila en una larga estalactita
que es preciso beber para saber que estamos
juntos, aunque ya existe una frontera
trazada entre los dos como una herida
que no quiere curar, ni emponzoñarse.

En la cima del sueño
el día tensa el arco.

El primer haz de luz que nos alcance
nos dejará desnudos de promesas.
Recoge esas palabras en desuso
antes que la mañana nos dispare.
No me dejes caer en la tentación,
y líbrame del mal,
del bien,
de la esperanza.

VI

Arropemos la boca con ardiente ginebra
para engañar la estéril ancianidad de asirnos.
Nos donará el coraje para incrustar las manos
con el empeño terco de retener la dicha,
nos dejará vestir a otros fantasmas
y habitar el pasado en donde fuimos huéspedes
de un paisaje de gozo
que hoy nos presta el valor para admitirnos.

Qué resplandor, qué argucias
nos injerta el alcohol en los deseos.
Qué ardor nos precipita
a amar en la esteparia meseta de tu cama.
Qué ansiedad nos desnuda
y escala hasta las cimas de los cuerpos,
qué provoca en la piel,
qué extraño río sacia
esta sed que no es hoy, ni ha sido antes,
más que una sinfonía cansada de embaucarnos
cambiándonos las notas según sea
la forma de embestirnos con los vientres,
o de estrellar los dientes contra el beso.

Estamos tan distantes,
perdidos en las sábanas,
borrachos sobre el poso del orgasmo.

El rito del silencio
diseca los minutos
que cuelgan de la lámpara
como ahorcados murciélagos.
El sudor coagula.
Un páramo de hielo
nos traspasa la vista.

Ven.
Arropemos la boca con ardiente ginebra.
Que cada nuevo sorbo ahogue este ladrido
¡aurora del alcohol!
tú que quitas las tinieblas del mundo
ten piedad de nosotros.
Tú que borras los bordes de las horas
ten piedad de nosotros.
Tú que todo lo hostigas
danos la paz.

 

 

III

Recuerdo a James Dean
porque un adolescente en una calle
repetía incansable que era niña,
que era amante, ramera,
y que coleccionaba besos nuevos.

¿Qué sabe, niño mío, tu amor condescendiente
del urgente deseo que en los retretes arde,
del escondido enjambre del insomnio,
de la masturbación de un ansia inaplacable?
Como cisnes sonámbulos del miedo
los versos fantasmales
recitados por James se decapitan
y el niño continúa
haciendo sus apuestas
para acabar perdiendo la cordura.
Enrojece sus labios,
sus mejillas,
acibara las cuencas de sus ojos.
Él mismo es su metáfora,
premonitorio estado
de lo que ha de llegar aunque él lo ignore,
pues niños más hermosos
hace tiempo que juegan con barajas marcadas.
Se aman porque odian
el sepulcro de los desasosiegos
o esperan encontrar a James Dean
ultrajando despojos en un parque cualquiera
o en el reflejo de un escaparate.

El amor te enmohece.
Revientas las miradas de otros adolescentes
y el cristalino limpio de tus ojos
se hace añicos de luz contra la acera.
No sabes que la noche,
alzada en sus tacones
de altísimo travesti,
considera imprudente
violarse en los espejos.

El frío se acurruca
en andenes de metro
donde una niña,
o casi,
se desnuda
para volar su miedo de cometa.

IV

Inmutable y sosegado amor,
quise hacerte corpóreo
y coser cascabeles a tu cuerpo menudo
para que al transitar por mi memoria
nunca pudieses ser imprevisible.

Yo,
que era la trastienda de tus ojos,
repintaba los cielos
del cuadro en que vivías
para hacer menos grises
las sombras de mis párpados.

Amor no traspasado ni en los sueños más sórdidos,
ni entre las vías muertas de los ferrocarriles,
ni en los acres retretes
donde aturde el redoble de las palpitaciones.
Tan virgen, tan estéril,
amor,
después de haber estado
tan al borde del miedo,
de la marea que arrastra
al epicentro mismo de la noche.
Y todo porque quise creerte de otra forma.
Porque conocía sólo aquella quietud tuya
que, frente a la pantalla,
detenía el tic tac de los relojes.

Y tú, yo no sabía,
te entregabas a cuerpos prohibidos
en los parques nocturnos
donde cumplen los sueños su destierro.
Pero si tú pudieras…
tal vez… no sé… en agosto,
adentrarte en el blanco
paisaje de mis lienzos
para que te pintase
al sol,
amor pacífico,
al sol,
inmutable, corpóreo, previsible.

   
   
 
 
 
   

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