La aparición de El libro quemado (Sial, 2000) supuso la tardía pero contundente salida a la luz pública de nuestro autor. Recibido con fervor por poetas tan dispares como Jesús Ferrero, Miguel Casado o Juan Carlos Mestre. Sus obsesiones creadoras (la infancia, el sexo, la risa, la mística, el amor o el terror) adoptaron el atuendo del poema en prosa para turbar, ofender, seducir o cautivar a un lector libérrimo que gustase de zozobrar en una nave de la imaginación donde se ofreciese un cóctel con las pesadillas de Poe, el jardín de las delicias, la mansión de Redrum, los sueños kafkianos y el gatito de Alien . Secciones como “La espada en el ágata” o “Little killer” están entre lo mejor de la última poesía en castellano; el autor, desnudo en un jardín traza signos en la arena, simbólica efigie del remoto orate clarividente en la metrópoli desahuciada moderna. El mencionado Rafael Pérez Estrada supo advertir la luminosidad de esta devota lámpara maravillosa: “Como Cirlot (el primero en envasar sueños), Serra sabe que la única manera virginal de entenderse con lo onírico no está en soñar sueños, sino en crearlos en el plano urgente de lo que racionalmente el artista no llega a entender del todo”. Y es que el artista apura agazapado en su reino las horas oscuras del verdugo que allí habita pero anhela iluminarse e iluminarnos a través del ideal sin límites ni fronteras del ensueño. Su enseña puede ser un poema de significativo título: “Más palabras para Peter Pan”. Allí donde el niño es dios deseado y deseante. El resplandor rebelde del deseo (“Nada poseas, a nadie pertenezcas”) se hermana con el aforismo sobrecogedor, digno del funámbulo de Genet: “El niño escapa en la noche para dar y recibir el último beso de los condenados”.
Así pues, los crímenes – actos poéticos – de este lyrical killer son una alegoría, una declaración de intenciones, una teofanía que reivindica lo sagrado y que procura esparcir la semilla del espíritu, palabra borrada del diccionario por la economía de la prisa y del éxito, por los asnos ciegos frente al televisor y por la prosa de las multitudes y de los ruidos. La senda de Serra – y de sus espíritus afines – es otra. Las bellas estampas de su novela, insensatas coreografías esteticistas que siguen el orden de los arcanos mayores del Tarot, establecen diálogos cómplices con libros mayores de los poetas de ahora; valgan como ejemplo La rosa inclinada de Javier Lostalé, Las trincheras de Julio Martínez Mesanza, Esquirla de José Méndez, La poesía ha caído en desgracia de Juan Carlos Mestre o La condición y el tiempo de Leopoldo Alas. Precisamente por y para eso, para que la poesía sea un don vivificador, y se nos ofrezca y podamos ofrecerla en comunión extática y salvífica, y para que, en fin, “la música inmisericorde y sin embargo dichosa de lo vivo” nos unja y nos dignifique y nos eleve en ebriedad es para lo que se ha escrito este libro. Así como en la tradición romántica el asombrado caminante bajo la luna redonda alcanzaba su transfiguración en medio de una naturaleza divinizada y en correspondencia con el corazón íntimo del vidente, así, antes del apocalipsis en un planeta que deriva hacia la autoaniquilación, el Poeta en este libro, intoxicado de vida, nos entrega el don y la gracia, la disponibilidad oferente del poema frente al escaparate de la tontuna voraz y el insulso aborregamiento. El llamado a despertar a los durmientes evoca el arte poética borgiana: “el arte debe ser como ese espejo / que nos revela nuestra propia cara”. Por el río interminable de Heráclito navega esta necesaria embarcación, este libro que es rosa de carne, de ensueño, de poesía y de misterio en su exigencia y en su armonía. |