
ANGEL GUINDA
según Agustín Porras
Ángel Guinda (Zaragoza, 1948) es un hombre extraordinario. El sólo hecho de nombrarle levanta entre quienes le conocen una cálida corriente de simpatía. Enormemente afectuoso, no sé de ningún otro tertuliano siempre tan dispuesto a contagiar su buen humor a cuantos le acompañan (¡la de veces que me ha hecho llorar, literalmente, de risa!) Pero, ¡qué lejos de sus poemas ese público festejo!
Muy pocos son hoy en día los fabricantes de versos capaces, como él, de analizar a fondo y sin miedo nuestra compleja naturaleza, las dolorosas paradojas de este mundo al que ama y detesta con la misma intensidad (basta, como ejemplo, el magnífico final de “El enigma”: Sólo por la experiencia de morir / merece ya la pena haber vivido.). Y es que, como los personajes de las tragedias griegas, Ángel pronto estuvo marcado por una especialmente dolorosa: su madre murió al traerle al mundo. Con ella nacieron los principales argumentos de su sólida obra literaria: el retrato de la vida como eterna despedida, la desesperante inconstancia de la esperanza, la urgente necesidad de una pasión (siempre insuficiente) con la que algún día quizá podría justificar tanto aparente sinsentido… Ángel fieramente humano (le copio la ocurrencia a Manuel Forega, pero es que no hay mejor definición para él que este título de su admirado Blas de Otero), viento del pueblo (atentos también al de Orihuela, quienes pretendan seguirle la pista), maestro del arte del saludo, sus poemas cuidan, por eso y sin embargo, la siempre acechante ceremonia del adiós: que si saber morir cuesta una vida, también para morir, toda la vida es poca. Casado cuatro veces (apasionado adolescente, ya pronto sesentón), tampoco quiso la caprichosa naturaleza permitirle otros herederos que los numerosísimos lectores que, sin duda, sabránrecoger el fruto de su generosa sensibilidad. Dedicado a la enseñanza, consigue con envidiable facilidad despertar entre los jóvenes un sano entusiasmo hacia el mundo del arte, entendido éste como servicio público de primerísima necesidad. No creo que exista en Madrid un sólo escritor de su veteranía tan solidario como él con cuantas iniciativas creadoras, poéticas o no, le salen al paso (Poesía útil es el título, sabiamente ingenuo, de uno de los manifiestos a los que es tan aficionado). Eterno rebelde con causa (algunas curiosas anécdotas al respecto nos deja el ya citado Forega en su presentación), hoy sus antiguos y viscerales reproches hacia el mundo han derivado en la antigua, lúcida y activa quietud de quienes cierran los ojos para mejor ver. Dejo aquí un breve poema, “Aniquilaciones”, que define con bastante claridad ese profundo cambio ante las cosas: Cuando era muy joven y mi vida tan ávida, quería destruir el orden establecido: la familia, el Estado, la religión, el mundo. Ahora quiero que no me destruyan. Por lo que a mí respecta, estoy feliz de poder ofreceros una pequeña antología de este gran poeta y mejor amigo que justifica sin lamento: Me he fumado la vida, / como el tiempo se me ha fumado a mí. Poética valiosa y valiente; en mi opinión, una de las más atractivas de nuestro recién estrenado siglo. ¡Salud, compañeros! Que os aproveche.
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Primero, quiero ser,
antes de dejar de ser.
Ser el azul, el verde, el amarillo,
el rojo de la llama: ser el fuego.
No quiero ser la guerra a borbotones,
sí el estallido en paz del corazón.
No quiero ser la piel de tu interior,
quiero ser el temblor que lo atraviesa.
No quiero ser el aire,
pero sí la visible transparencia.
No quiero ser el trance del que emigra
sino el primer abrazo que le arropa.
No quiero ser la ruina ni el andamio,
quiero ser el que habita la casa.
No quiero ser la nube ni el océano,
quiero ser la tormenta.
EL POEMA ÚTIL
Para escribir un poema útil
considera
si lo que vas a decir
tiene interés para ti sólo
o también para los demás.
Si habrá editor que arriesgue su dinero
a cambio de ese mundo de palabras
al que el mundo podría dar la espalda.
Para escribir un poema útil
no existe otra fórmula:
la fuerza de su necesidad,
de su eficacia,
te moverá a escribirlo.
Escribe tu poema.
YO ME ACUSO
Atravesado por un rayo de sombra,
como todos los jóvenes, yo vine
a que se me llevara la vida por delante.
He pasado de largo, callé, cerré los ojos:
¡en nombre de vuestra generación yo me acuso!
Si escribo para nada, para nadie,
me sobra la palabra.
Si padecer no es vivir,
el mundo está mal hecho,
cualquier tiempo pasado fue peor,
y me conformo;
si no echo abajo el cielo a puñetazos,
si no rompo la luz ni rasgo el aire,
si hiedo y trago tanta podredumbre,
estoy muerto: matadme una vez más.
TOMA DE CONCIENCIA
¿Esto es la vida o es la muerte? Dudo.
Si voy a disparar me vuelvo manco.
Arranco a destruir pero me atranco.
Me acuso de pasar por el embudo.
Respiro realidad: me ahogo, estornudo.
Se despeña mi fe por un barranco.
Si voy a condenar me quedo en blanco.
Me hacen tragar indiferencia en crudo.
Si permanezco así, de mí perezco.
Que mi conciencia no sea otro establo.
Blasfemo sangre cuando escribo y hablo
contra los mandamases que remiendan
la mierda que mastico. Ya, comprendan:
crezco más cuanto menos obedezco.
BOLSAS
La vida irrumpe desde una bolsa de aguas.
La bolsa o la vida.
Bolsa de empleo, bolsa de desempleo.
Enfundarse en la cabeza una bolsa de plástico
es un procedimiento de suicidio.
Unos se embolsan -y nunca reembolsan-
mucho de lo que muchos desembolsan.
Otros invierten en Bolsa.
Todos se sienten sucios sin su bolsa de aseo.
Para el que nada tiene,
dar un tirón de bolso es un día de vida.
Una bolsa de estudios abre un mundo,
una bolsa de viaje atrapa un sueño.
El viento hace rodar las bolsas por el suelo,
las cuelga de los árboles, las dispara a las nubes.
Bolsa del pan, bolsa de petróleo.
Estallan de tristeza los bolsillos vacíos.
Cuánto cuesta ajustar la bolsa de la compra.
Qué bien ajusta la bolsa del placer.
Ocultamos los cadáveres en bolsas
para que no nos molesten.
La bolsa de basura es nuestra biografía.
ZOZOBRA
Tengo miedo de mi voz.
Xavier Villaurrutia
Los trazos de la vida me dan miedo.
Me da miedo la sombra de la sangre,
la cruz de los destrozos, mi cerebro,
el cielo, el mar, la estrella, el infinito.
Me dan miedo las dosis de alquitrán
que estrangulan el aire que respiro;
las voces que oigo al fondo de mis ojos.
Me da miedo el tremendo sobresalto
que me despierta cada madrugada.
Me da miedo la altura, el precipicio,
la atrocidad del grito y del silencio.
Me da miedo el temblor de mi memoria,
lo que me atrae, lo que me repele,
el dolor, la alegría. Me da miedo
estar acompañado y estar solo.
Me da miedo que el tiempo se me trague.
El miedo tiene miedo de mi miedo,
porque yo soy el miedo y me hago miedo.
Me doy miedo de verme tan afuera
sin saber bien qué llevo yo aquí dentro.
EL PLACER
Cuando la noche enciende
las estrellas de cera de nuestra habitación,
impaciente, desnudo, recostado, te espero,
abandonado al rito del placer.
Y apareces triunfal como el deseo,
con chaqueta, con guantes,
falda y suéter ceñidos a tu respiración;
con tacones de aguja,
medias negras de malla,
un pañuelo de seda que rodea tu cuello,
un sombrero de sombras que ilumina tu pelo.
Embriagada de música bailas ante el espejo.
Giras, muy suavemente, gustándote, gustándome.
Miras cómo te miro tu cuerpo de guitarra:
los ojos como un agua violenta pero frágil,
la boca fuego húmedo, los brazos casi alas,
la cintura, el peligro frutal de las caderas,
los incesantes pies.
Sin dejar de moverte,
muy lentamente vas quitándote la ropa
hasta mostrar las dunas de los hombros, del vientre,
las rodillas, los pechos pequeños y turgentes,
las nalgas y los muslos, el pubis y la espalda,
hasta quedar vestida toda con tu belleza.
Y todo
-las palabras obscenas,
los espasmos en cruz de la lujuria,
los flujos y jadeos, el éxtasis carnal-
nos transparenta el alma feliz como un milagro:
la muerte de la muerte. |