Sin apresurarse, el viento, la lluvia, la nieve y el hielo prosiguen con su antigua labor de desgastar, de forma nueva a las cosas; también en las paredes de este viejo edificio. Es infinitamente admirable la paciencia, la delicadeza, la sabiduría con la que trabajan. Dentro de seis años, dos meses y catorce días, a las seis y veintitrés (y doce segundos, y algunas décimas) de la tarde, esa tarea estará terminada; ni un instante antes, ni un instante después. En ese momento, una persona -una persona joven, que ni siquiera vive aún en esta ciudad-, pasará por la acera. Concluida, con incomparable exactitud, la paciente labor de tantos años, un fragmento desprendido de la cornisa caerá entonces sobre ella, matándola. Será posible, es ya posible, admirar la milagrosa precisión de ese trabajo.
|
|