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Año IX - Madrid, viernes 23 de marzo de 2007
 
 
 

Cereijo según Cereijo

Dicen que el que firma estas líneas, es decir, José Cereijo, y el autor de los poemas que aquí pueden leerse, es la misma persona -o sea, yo. Tengo, sin embargo, mis dudas; y no es casual que en algunos poemas míos se hable de otro, de un tercero, que finalmente acaba revelándose que sólo es otra forma, o una proyección, del mismo que lo cuenta. Car je est un autre , porque yo es otro, como escribió Rimbaud. Y es que la persona que escribe y el titular del DNI no me parece a mí que coincidan: es más, creo que raramente lo hacen, y sólo por casualidad. Menos aún, desde luego, el “yo” de los poemas. Resulta un poco como si alguien, al ver una película, se interesase por el (o por la) protagonista y se encontrase, al querer conocerlo, con el calvo, barrigón y gafotas que la dirige, o que la escribe. Yo (puede verse, o suponerse, por la fotografía adjunta) no soy ni calvo, ni barrigón, ni gafotas (aunque llevo lentillas); pero soy ése, el que la escribe, el que está en la sombra -y así debe seguir. Alguna vez he dicho que un poema logrado, en mi opinión, debería poder ser anónimo: es la emoción allí expresada lo que importa, y no el sujeto civil que le dio forma en palabras. Y debe estar en la sombra porque lo que ocurre al leer un poema, si funciona, es un diálogo entre esa emoción conformada en palabras, y el lector, cada lector, que le da vida.

 

Estos poemas, pues, lector, son tuyos, o no son nada: unas pocas palabras vacías. Es tu vida la que cuentan, o aspiran a contar, no la mía ni la de ningún otro. El calvo, barrigón y gafotas que las ha escrito es el que menos pinta en esta historia. Lee, pues, si gustas, los poemas que van a continuación, y haz de ellos lo que te parezca: son cosa tuya. Tú los has escrito; o, mejor, los escribirás de nuevo cada vez que los leas. Yo sólo soy la ausencia, el hueco, el aire que esa voz necesita para ser oída. Como dijera Borges: si las páginas que siguen consienten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo, previamente. Nuestras nadas poco difieren: es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tú el lector de estos ejercicios, y yo su redactor. Hablar, bien o mal, de ellos, me parecería invadir una intimidad ajena. Ojalá no sean del todo indignos de tu lectura creadora; ojalá puedas, de algún modo, reconocerte en ellos. No podrían aspirar a nada mejor.

José Cereijo
 

 

 
  

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