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Año X - Madrid, viernes 4 de abril de 2008
 
 
Esther Muntañola: “Un mundo de palabras ”
Por Rafael Alba
 
 

El bardo apareció una tarde cubierto de oro.
parecía venir de una batalla,
era un guerrero tardío, un animal de monte,
tigre y pájaro cumplido en la nieve.

El bardo me mira en azul desde el deseo,
de lejos me toma, a veces triste,
y abre mi carne con su mirada.

Conozco sus manos sin que toque mi cuerpo
su calor exacto, arreciando tormenta,
su multitud de amor, su temple oscuro,
la verticalidad de su alma, la verticalidad de su cuerpo.

Imagino su afán de torpe minotauro,
su detenerse en el asombro, su incompostura;
la desdicha ante la tarde más triste de sus ojos,
la edad desangelada que ocupan sus manos.

Quise una vez su cuerpo, allí, sobre la mesa
con el cúmulo de pérdidas que de siempre amontona;
amor entre palabras y el sexo más impuro
que otorgar pudiera un dios a dos mortales.

Pero sus ojos son tristes;
azul cobalto se suicidan algunas tardes

de sombra encendida.

Camino de tren. El campo, amarillo desolado,
se ennegrece cerca de las vías.
Y vuelvo a la imagen del último sueño;
atrapado como Merlín
en el tronco del árbol
querías tocarme
pero eras humo.

La ciudad aparece más cercana ahora
y los muros son propuestas de grafiteros novatos.
Hay un punto de tangencia entre tu piel y la mía,

abandonado y nocturno, pero tú lo ignoras.
Es de noche.
Están regando las calles;
huele a mar, (como hace años
por las mañanas)
y está la tierra húmeda.
Los pájaros duermen
dentro del gris, sobre el gris.
Pasa un perro, paso yo,
-qué más da - 
algo se mueve
y se prolonga una sombra.
   

Querrías sándalo y flores,
el vino manchando las sábanas blancas
y tú danzando sobre ellas
todas las noches;
empieza a ser tarde,
y te duele la vida como una daga de ámbar
o un beso de antes,
- esos besos tuyos de cereza y kirsch -.
Hubieran bastado tus manos;
habrían sido por ti ángeles o demonios,
tú, la luz caída, eras hermosa.
Todos hubieran sido tuyos,
todos, maldita princesa.

Tuve la vista ácima hasta que conocí tu nombre.
Extendías, acotada, la infancia;
el aire deshecho.

No sé qué no habrán roto tus manos
qué no habrán muerto,
qué no habrán amado, ácidas hasta la derrota.

Y ahora,

consigamos un recambio para el alma

 

Santa Sofía entre andamios. El Bósforo centelleante, las luces de la noche, olores a frutas. Hombres que miran devorando, danza, almíbar, el sonido de la luz. Otro pan, manchas de petróleo, medusas cerca de las islas, lejos de la ley gaviotas gigantes, calles sucias, empeñadas hacia la espalda del horizonte, manos que tocan, prostíbulos nocturnos. Y el agua no es la misma para hombres y mujeres. Sábanas manta donde todo esta cubierto y nada se cubre. La Colina de los Enamorados ..., a lo lejos minaretes recortándose y es la noche; a las cinco, sonido de voces onduladas como serpientes, sueños densos. Aquí Byzas fundó frente al país de los ciegos y Constantino más tarde soñaría su gloria. Pero yo sólo quise rescatar tu nombre.

El frío va más allá de nuestra mirada.

No habla de sí. Llega. Delimita la tierra.
El frío es un cuadro de Goya
en el que nunca habrá refugio,
sobre el que siempre soplará el viento
y ni siquiera las piedras podrán cobijarse.
Es una mirada cerca de la muerte.
Es como no tener tu cuerpo,
es hacerse pedazos.
Es este abandono en el corazón,
que cae la tarde sola, sin resquicios,
y no hay palabras, ni ingenio, ni siquiera tormenta.
El frío es no amar. Acudir a tus ojos y no hallarlos.
Apenas tiene color. No sabe a nada.
Se pega a los miembros, al alma, a la corteza de Dios.
El hombre que sabe del frío intenta quitarse sus cristales.
La mujer, descalza, desnuda sobre el suelo húmedo
cuando el frío está ya dentro. No se ven.

Y cerca de la muerte, el frío es su mirada.
 

Qué química extraña es ésta,
que devora el alma y la vacía.

 
Hablamos la misma distancia. Tu corazón busca un espacio mínimo de dos metros de separación del mío. Eso me agrada. Duele ahora tener tan cerca un cuerpo.

Una puerta refregada del metro,
intento inútil de acabar
con una mancha de pintura adolescente
deja
–combinación extraña-
un recuerdo de Rothko
en naranjas, rojos y blanco cálido,
fundiéndose.
A veces la vida ofrece
extrañas apariciones de belleza,
intensas, no buscadas,

que se ignoran.

La luz serpentea y vibra sobre el lago Ontario
y las gaviotas, sin prisa,
miran el agua,
como si fueran
piedras blancas
inmóviles;
luego
echan a volar,

parece que hubieran olvidado todo.
   

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