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Año X - Madrid, viernes 23 de mayo de 2008
 
 

Lostalé según José Cerijo

 

La poesía de Javier Lostalé se ha mantenido desde el comienzo, a mi parecer, íntimamente fiel a sí misma. No significa esto que no haya cambiado para crecer, para ahondarse, tanto en el decir como en lo que dice, sino que ese desarrollo no nos da nunca la impresión de cosa forza-da o inconsecuente. A mí, al menos, me recuerda al crecimiento natural de un ser vivo, que se produce sin que deje nunca de ser quien es.

En 1971 escribía Javier una nota para acompañar, a modo de presentación, los poemas con los que contribuyó a la antología Espejo del amor y de la muerte, publicada en aquel año, y que es el origen del poema que abre la sección V de su primer libro. En ese poema se dice, entre otras cosas, que No siempre la luz nos acerca a la verdad de un rostro... No siempre el abandono nos trae una respuesta... Por eso todavía nos engañamos. Y cogemos una cuartilla. Y vamos unien-do palabras. Aunque sabemos que la verdad tampoco es ésta. Fuera o dentro: soledad siempre. He aquí el poema. Tenemos ahí -es lo más visible- una constatación de la insuficiencia de la vi-da (una constatación, pienso, no una denuncia), y la conciencia lúcida de que lo que el poema pueda añadir o rectificar en ella no deja de ser un modo de autoengaño, al que sin embargo uno se entrega consciente de que lo es. Veinticuatro años después, en la "Confesión" en prosa que abre La rosa inclinada, nos dirá que Escribo para ser joven y alimentar una esperanza radical, para tener lo que no tengo y escuchar lo que nunca me dijeron. Escribo porque nunca fue más bello el engaño. Son dos textos, se diría, que pudieran figurar en el mismo libro, uno a continua- ción del otro. El contenido parece semejante; el tono -meditativo, mesurado, sutil- no ha cambia-do. Pero, en este segundo texto, leemos también que Escribo... porque pronuncio a solas mi ú-nica verdad: ésa que después desmiento con mi vida. Escribo porque hay un llanto íntimo que me purifica desde que comienzo a hacer signos en el papel. Podemos entonces ver que, siendo la misma la actitud de partida, hay, en el poema más reciente, una ganancia en sabiduría y en aceptación. Lo que antes era sólo un modo de corregir o completar la vida, es ahora además al-go que tiene valor por sí mismo: nos pone en contacto con lo que más hondamente somos, nos sirve para reconocernos en lo mejor de nosotros mismos. Y comprendemos que esa belleza alu-dida en la última frase del poema no es sólo una actitud estética, sino también una opción mo-ral. Cabe recordar aquí las palabras de Cernuda, en su ensayo de 1941 sobre San Juan de la Cruz, que me perdonaréis que cite con alguna extensión. Dice Cernuda:

Porque en San Juan de la Cruz la belleza y pureza literaria son resultado de la belleza y pureza de su espíritu; es decir, resultado de una actitud ética y de una disciplina moral. No es quizá fácil apreciar esto hoy, cuando todavía circula por ahí como cosa válida ese mezquino argumento fa-voreciendo la pureza en los elementos retóricos del poema, como si la obra poética no fuera re-sultado de una experiencia espiritual, externamente estética, pero internamente ética.

Lo que el poema puede proporcionarnos es, entonces, algo más -mucho más- que un sustituto, un ersatz de la vida no vivida; puede encerrar también una verdad, y una emoción, con los que la vida tiene constantemente que contrastarse, porque en ello se juega su verdadero sentido. Es decir: si, como sintió Rimbaud, la verdadera vida está ausente, también puede ser cierto que, a través del compromiso radical (y subrayo este adjetivo del segundo texto de Javier) con lo que el poema nos exige, podemos reconocernos en esa distancia que nos separa de ella, en la aspira-ción perpetua a salvar esa distancia. Hay algo más alto, o más hondo, que esa vida que conti-nuamente lo desmiente, y misión del poema es acceder a ese algo, hacerlo presente, revelarlo, para que esa presencia suya nos sirva para vivir desde la hondura.

Con esta perspectiva, puede quizá entenderse que Roberto Loya, en el texto que sirve de pórti-co al libro de Javier titulado Hondo es el resplandor hable, entre otras cosas, de "mística". Aun-que no cabe pensar aquí en ninguna forma de divinidad al modo tradicional, sí es clara la pre-sencia de esta otra manera de lo trascendente -una trascendencia interior- a la que en último término se refiere el poema. Es a su luz, según pienso, a la que son contempladas las personas y las cosas que forman el universo poético del autor; y es ella la que, además de la posibilidad de sustituir lo que el mundo no es y no nos da, como dijera Cirlot, puede proporcionarnos la a-claración última; decirnos, en esa comprensión que nos trasciende, no sólo lo que efectivamente fueron o están siendo, sino las posibilidades que su existencia precaria despierta y lleva consi-go, como un rastro de luz, revelando así la otra cara -exacto reverso de su existencia frágil- de la precariedad y de la pérdida. De aquí que, así iluminado, lo real resulte susceptible de una contemplación envuelta en delicada sensualidad y, como también lo observa Roberto Loya, a-travesada enteramente por el amor (todo lo cual puede recordarnos, de nuevo, a San Juan de la Cruz). Una contemplación que no intentaría redimir o justificar al mundo o al ser amado (preten-siones que, según pienso, habrían de parecerle a Javier desorbitadas y vanidosas), sino, como decía, revelarlos en su verdadera entidad, comprenderlos en lo que realmente son y, a través de esa comprensión, comprendernos y aceptarnos también a nosotros mismos. Es así, al menos, como yo leo su poesía: como una tentativa de decirnos (y decirse, ante todo, a sí mismo) que cuanto lo real tiene de frágil y pasajero, lo que nuestra misma vida encierra de pérdida -sin ocultarlo ni disminuirlo- no son más que su lado de sombra; pero que existe otro, un lado de luz, tan cierto como éste para quien sepa verlo, en el que todo puede alcanzar su cum-plimiento y su sentido. Una luminosidad oculta, ciertamente, pero accesible a quien, como él lo hace, sepa enfrentarse a la vida sin brutalidad ni impaciencia, dejarle espacio para ser en pleni-tud; para quien, al ponerla por encima de sí mismo, la escucha y la respeta.

 
 

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