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Año IX - Madrid, viernes 30 de noviembre de 2007
 
 
 
Entrevista con José A.Lago
Por el café de las Artes

En pleno fragor de la Ley de la Memoria Histórica, la reapertura de fosas de la Guerra Civil, la guerra de esquelas en la prensa, la retirada de estatuas ecuestres, los cambios de nombre de algunas calles y las reivindicaciones populares para la “recuperación” del Pazo de Meirás, y apenas unos días antes del enésimo 20-N, José Antonio Lago, arropado por el historiador Juan Pablo Fusi y el cineasta Luis Revenga, ha presentado en la SGAE su tercer libro “oficial”, Las lágrimas de Franco , una novela que narra la “improbable” amistad del caudillo con un viejo combatiente republicano.


- ¿Por qué una novela precisamente sobre Franco?

¡Y por qué no! Uno no siempre elige a sus personajes de ficción, a veces son éstos los que le eligen a uno, como ha sucedido en este caso. Además, ya iba siendo hora de convertir a Franco también en un personaje de ficción. Ya tenemos muchos estudios y biografías sobre el dictador y su época, pero son contados los libros de ficción.

- ¿Cree que éste es el mejor momento para su novela?

Ningún momento parece ser el bueno. El proceso desde la gestación de una novela hasta que ésta llega a manos de los lectores puede llegar a ser muy largo, y en este caso ha durado unos 12 años. Y ya ve cómo están las cosas ahora con la ley de la memoria, la apertura de fosas de la Guerra civil y todo lo demás. Parece que las posturas no se han movido un solo milímetro en todo este tiempo, y eso que han pasado 70 años desde la guerra y más de 30 desde la muerte del dictador. Mucho me temo que si hubiera seguido esperando, Las lágrimas de Franco hubiera sido una novela póstuma.


- ¿No es un poco inverosímil la amistad que se narra en su libro entre Franco y un viejo combatiente republicano?

¡Claro! Yo he tenido que prescindir del “principio de verosimilitud”, como tantos otros antes que yo, incluido Cervantes. ¿O eran muy verosímiles aquel par de locos que recorrían La Mancha disfrazados de caballeros andantes embistiendo a los molinos de viento lanza en ristre? Estamos hablando de un enfoque literario perfectamente legítimo y bastante usual, sin el cual nos quedaríamos sin más de la mitad de la literatura universal. Por otra parte, Juan Pablo Fusi, que es un historiador serio y riguroso, por el que siento una gran admiración, y que tuvo la deferencia de presentar la novela, opina que todo lo que se cuenta en Las lágrimas de Franco es perfectamente verosímil.


- ¿Era Franco capaz de llorar?

Como todo el mundo. Yo he visto fotos de Franco, bastante anciano, es cierto, llorando, por ejemplo, en el funeral de Carrero Blanco. El origen de mi novela está, precisamente, en una de esas fotos. Así que mi Franco llora, y creo que incluso sonríe alguna vez. Mire usted, yo no quería escribir Tirano Banderas, El señor Presidente ni La fiesta del chivo, entre otras cosas porque ya los habían escrito otros. Pero esto no exonera al dictador de ninguna de sus culpas. Por otra parte, sería bastante absurdo además de estúpido, tratar de responsabilizar de una dictadura a una sola persona. Mi Franco, el Franco de mi novela, es un viejo caduco y vulnerable que, aunque pueda parecer paradójico, se ha convertido también en víctima de su propia dictadura y es un rehén de su entorno más cercano. Sirva como ejemplo su muerte, que fue espeluznante, sometido a una auténtica carnicería porque ciertos personajes ávidos de poder querían prolongar su vida artificialmente todo lo posible para acomodar la sucesión a sus intereses.


- Uno de los rasgos más llamativos de Las lágrimas de Franco son las notas a pie de página “ficcionales”, como usted las llama, ¿qué función cumplen en su novela?

Cumplen más de una. En primer lugar, son mi modo peculiar de digresión. Algunos lectores me han comentado que les fastidian porque les rompen el ritmo, aunque por otra parte, según me dicen, les interesa también el discurso de las notas, como un complemento de la historia o incluso como una historia paralela. Pero la lectura es, casi siempre, un acto discontinuo. Nadie puede sentarse a leer Las mil y una noches de un tirón. Además, como es sabido, si alguien lo hace, muere en el acto y sin remedio. Durante la lectura de un libro pasan muchas cosas, la gente come, bebe, duerme, se droga, va al trabajo, hace el amor, se pelea..., algunos se mueren, incluso, aunque no hayan leído Las mil y una noches. Además, somos muchos los que leemos varios libros a la vez, aunque los libros que yo prefiero son los que eres incapaz de soltar de las manos hasta terminarlos. Así que las notas no hacen más que regular esa discontinuidad también desde la voluntad del autor, no sólo desde la de los lectores, que éstos administran como les parece oportuno. Pero no es ésa la única función de las notas, también cumplen otras de intertextualidad, subrayado y otras que tal vez sería algo prolijo detallar ahora...


- Dígame una buena razón para comprar su novela.

Se me ocurren unas cuantas, no sé si para comprarla, sacarla de una biblioteca, pedirla prestada o robarla, en todo caso para leerla; pero me limitaré a decir una sola, que ojalá sea verdad: ¡porque es una buena novela! La mayoría de los lectores me han dicho que se lee de un tirón y, como decía antes de ciertos libros, es difícil dejarla a un lado. Por decirlo en términos no muy literarios, creo que Las lágrimas de Franco tiene un “índice de legibilidad” bastante alto y un “coeficiente de rozamiento” muy bajo.

  

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