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Año IX - Madrid, viernes 30 de noviembre de 2007
 
 
 
Mis encuentros privados con Franco
Presentación del Autor

Si hace algún tiempo alguien me hubiera preguntado si pensaba escribir alguna vez una novela sobre, a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, en, entre, hasta, hacia, para, por, según, sin, so o tras Franco, hubiera meneado la cabeza horrorizado. Se me hubieran ocurrido pocos personajes “a priori” menos literarios que el dictador. Sin embargo, todo es ficción o, como dice César Aira, se puede hacer ficción con todo, así que aquí me tienen ahora, tratando de justificar ante ustedes Las lágrimas de Franco, pues me temo que eso es lo que he acabado por hacer, “justificar” la novela, a la vista de la incomodidad que produce en algunos la presencia de su principal protagonista dentro de la misma.

No hay tiempo ahora para tratar de desvelarles las coartadas literarias del libro, pues creo que de otro modo podríamos acabar hablando de la pesca del salmón en el Yemen, los afluentes por la izquierda de los ríos Sebald y Danubio o la vida privada de las partículas elementales. No es momento tampoco para hablar de ficción fraudulenta o fake fiction, metaficción, metaliteratura y otras metas, ni para explicar que el libro transcurre en varios planos temporales y hace uso de distintas voces narrativas, entre otras cosas porque nunca he sabido muy bien qué demonios quiere decir eso, ni mucho menos para explicar que Las lágrimas de Franco es también una indagación formal que trata de ensanchar los límites de la novela por medio de recursos poco usuales como las notas a pie de página "ficcionales", con las que he buscado mi peculiar modo de digresión y de intertextualidad, los post-scríptum y algunas reiteraciones rítmicas del texto. O, tal vez, sí que pueda destinar unos segundos para explicar el porqué de las notas a pie de página: las he puesto para fastidiar a los improbables críticos y eruditos que en el futuro quieran asaetar al libro con más notas: ¡No van a saber dónde ponerlas!
Así que, en lo que se refiere a cuestiones literarias, me limitaré a decir que, al igual que tantos otros antes que yo, empezando por el autor del Quijote, tuve que prescindir del principio de verosimilitud. Las lágrimas de Franco, al igual que dicen que sucede con el próximo libro de Thomas Pynchon, que se anuncia para diciembre, es un libro lleno de “hechos contrarios a los hechos”, pues el mundo de que se habla en él no es el mundo, sino el mundo que habría si se ajustaran un par de cosas. Al igual que a Jean Echenoz en su Ravel, a mí lo que me interesaba era tratar a un personaje real de forma novelesca hasta conformar una suerte de episodio imposible escapado de las Vidas imaginarias de Marcel Schwob.

En todo caso, mi Franco, el Franco de mi novela, es un Franco de ficción, como me va pareciendo que lo son todos, incluso los de los historiadores, tal es el apasionamiento y la desmesura con que aún se sigue escribiendo sobre el personaje. Decía Juan Luis Cebrián, a propósito de su Francomoribundia, que Franco era un hombre “cutre pero astuto” y un “dictador de novela”. Pues bien aquí se lo traigo, envuelto en un libro que tal vez debiera haber titulado La novela de Franco, con lo que de paso me habría ahorrado algunas lágrimas.

Tampoco quiero perder el tiempo tratando de buscar inútiles coartadas políticas o ideológicas. Yo creo que no hace falta, sé que vivimos en tiempos en que se siguen abriendo fosas de la guerra civil y se trata de regular por ley hasta la memoria; sé que hay que andarse con pies de plomo y que cualquier reparación a las víctimas de la guerra y la dictadura es poca pero aún así no he sabido ni querido escribir Tirano Banderas ni La fiesta del chivo , entre otras cosas porque ya lo han hecho otros antes que yo y con mucha más pluma, si me permiten la expresión. Mi apuesta es otra y sólo tiene que ver con la literatura y con la libertad creativa.

Hace unos meses, cuando estaba haciendo las últimas correcciones a la novela, mi hijo, que contaba a la sazón 11 años de edad, se asomó por detrás de mi hombro y tras observar distraídamente las frases que parpadeaban en la pantalla, exclamó: “¡Vas con Franco!”. Entonces yo, algo preocupado, revisé cuidadosamente el texto en busca de alguna evidencia que pudiera justificar afirmación tan gruesa, pero no la hallé. Allí lo único que había era el apellido del dictador repetido unas cuantas veces. Así que dejo a la inteligencia del lector, si lo hubiere, el despejar este tipo de dudas pueriles. Yo sólo diré algo, por lo demás evidente: “Franco nos jodió a todos”. Así que vamos a otra cosa.

Una vez dicho aquello de lo que no me voy a ocupar, tal vez sea el momento de revelar aquello de lo que sí voy a hablar. Y lo que tenía pensado es contarles mis encuentros privados con Franco, enunciado ciertamente engañoso pues esos encuentros se redujeron a sólo uno.

Debió de ser allá por los años 60, época en la que yo aún calzaba pantalones cortos. Entonces vivía en A Coruña, una ciudad que aún conservaba su ele, y pasábamos buena parte del verano en la Hípica, un club deportivo en el que había piscinas y pistas de tenis, y donde se celebraba todos los años un concurso internacional de saltos de caballo, al que acudían un tropel de militares, civiles, curiosos y no pocos niños de todas las edades.

Acompañado de amigos como Quico Vidal, Quin Santiso o un tal Tato, de quien no guardo más datos, nos pasábamos el verano escudriñando cada resquicio de aquel lugar fascinante. No había rincón en el que no lográramos colarnos, trepábamos los muros coronados de cristales de botella rotos, nos metíamos en los vestuarios a pedir autógrafos a tenistas y jinetes, pululábamos por las cuadras como Pedro por su casa..., éramos los dueños y señores de aquel lugar.

Cierta tarde en que el concurso hípico estaba a punto de empezar, allí estaba yo, en compañía de Quin Santiso, husmeando en el interior de la tribuna de autoridades, un lugar al que estaba absolutamente prohibido acceder, al que habíamos subido trepando por los tubos metálicos que componían su armazón. Las demás tribunas estaban ya abarrotadas de público expectante, pero aquella estaba completamente vacía, a la espera de sus ilustres invitados. Tenía la parte delantera tapada por una especie de cortinas o telones, que la ocultaban de la vista de los curiosos, de modo que no podía vernos nadie. No recuerdo qué demonios hacíamos allí, tal vez coger una cocacola o una fanta de las neveras que había en el lugar, que a diferencia de las de las otras tribunas, no estaban cerradas con candado. De repente, la pequeña puerta de entrada de aquella tribuna cubierta se abrió con un chirrido estremecedor y se oyeron las voces enérgicas y autoritarias de varias personas que entraban. Santiso y yo nos tiramos cuerpo a tierra, entre los incómodos asientos de tijera, y nos pusimos a rezar todos las oraciones que sabíamos, que en aquel entonces eran muchas más de las que podría recordar ahora.

Afortunadamente, unos instantes después, las voces se fueron por donde habían venido, y la puerta chirrió de nuevo al cerrarse. Mi amigo y yo, nos pusimos en pie de un salto, conteniendo la respiración, con la torpe intención de huir por aquella misma puerta, que había quedado entreabierta y estaba en el extremo opuesto a donde nosotros nos encontrábamos. Pero, cuando apenas habíamos iniciado la riesgosa escapada en la penumbra del sancta sanctórum que estábamos profanando, me quedé petrificado y casi se me para el corazón: sentado en el centro de la primera fila de la tribuna, en una especie de mullido butacón bastante más confortable que las sillas de madera que lo rodeaban, había alguien. No todos los intrusos se habían marchado. Ya no podía retroceder, porque el hombre estaba justo a mi lado, así que me detuve y le miré tristemente, implorando su piedad y su clemencia. Él hombre no pareció siquiera verme, parecía dormido detrás de sus gafas de sol Ray-ban, de modo que reanudé mi paso vacilante y casi le rocé con el codo al pasar a su lado, y entonces mi sorpresa se convirtió en mayúscula porque... ¡aquel tipo era Franco! Sin ningún género de duda: la misma cara que había visto infinidad de veces en la televisión, el nodo, y casi todos los sellos que había pegado en mi vida a puro lengüetazo.

El resto es confusión y caos, no puedo certificar la veracidad de mis próximas palabras, lo único que es seguro es que Quin Santiso no se dio cuenta de nada, aquel demonio era mucho más espabilado que yo y se había largado por el mismo sitio por el que habíamos entrado, movió la cortina para saltar al césped, y luego se escurrió sin ser visto por entre los tablones y piezas de mecanotubo que soportaban la tribuna. Así que no se molesten en ir a buscarlo para que corrobore la veracidad de mis palabras: yo soy el único testigo de los hechos que estoy refiriendo.

Con un hilillo de voz musité algo parecido a “buenas tardes” y proseguí mi huida, caminando de puntillas y casi de lado en busca de la puerta de salida. Creo que Franco, por toda respuesta, giró ligeramente el cuello y movió los labios pero, en todo caso, yo no oí nada. Lo cierto es que salí de allí a trompicones y me encontré en medio de un montón de tipos vestidos con trajes y uniformes militares y señoras enjoyadas que esperaban impacientes el momento de ocupar su lugar en la tribuna; que unos individuos de bigotito y gafas oscuras me cogieron por el brazo y me zarandearon ligeramente mientras me preguntaban cómo diablos había logrado colarme. Pero enseguida se fueron todos a ocupar sus asientos y me dejaron marchar, con el rabo entre las piernas, si me permiten la expresión, mientras afuera sonaban los primeros compases del himno nacional y unos soldados armados se apostaban en las esquinas de la tribuna y, con las manos enguantadas de blanco, descorrían las cortinas para que el pueblo pudiera aclamar a su tirano.

Y, bueno, ésa fue la única vez en mi vida que vi a Franco en persona.

Sin embargo, si hace algún tiempo alguien me hubiera preguntado si pensaba escribir alguna vez una novela sobre, a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, en, entre, hasta, hacia, para, por, según, sin, so o tras Franco, hubiera meneado la cabeza horrorizado; es ahora, a medida que escribo estas palabras que ya voy concluyendo, cuando me doy cuenta de que este libro era inevitable.

Parte de la culpa de que exista la tiene una directora literaria de cuyo nombre no quiero acordarme, quien a la vez que me sacaba de su despacho una tarde de invierno dándome golpecitos en la espalda y me mandaba con mis manuscritos a otra parte, me insistía en que si quería publicar, escribiera una novela, que con los cuentos que le había llevado no llegaría a ninguna parte. Mientras tanto, abajo en la calle, mi mujer y mis hijos, me esperaban bajo la lluvia, confiados en que por fin lograría colocarle algún libro a alguien... Bueno, tengo que confesar que esto último es algo exagerado: ni era invierno, ni llovía, ni me esperaba nadie en la calle... sólo lo he puesto para darle un toque de dramatismo.

En cualquier caso, allí estaba yo, unos días más tarde, garabateando las primeras páginas de un libro a la vez que me preguntaba cómo se podía escribir una novela cuando todo el mundo decía que la novela estaba muerta. Recuerdo que escribía sobre un anciano que estaba cazando corzos o rebecos; de repente, aquel tipo, que estaba de espaldas, se volvió hacia mí y me miró desde el final de un párrafo. Si, bueno, ya lo saben, aquel tipo era Franco. Pero uno no elige sus ficciones ni sus personajes de ficción, a veces son éstos los que le eligen a uno, como nos enseñó nuestro señor Pirandello. Y les juro que aquel individuo se había colado no sé cómo en mi novela, yo no le había invitado. Pero inmediatamente comprendí que, lo que probablemente quería aquel anciano era devolverme la visita de cortesía que yo le había hecho una vez, muchísimos años antes, cuando aún no había estrenado mis primeros pantalones largos.

En cuanto al resto, bueno, el resto está en el libro, allí podrán encontrar toda la historia, si es que están lo suficientemente ociosos como para malgastar unas horas en aventurarse por sus páginas.

Quisiera concluir mi intervención, dando las gracias a algunas de las personas que me han ayudado en este largo camino que ha durado casi doce años; además de las ya expresadas a mis presentadores, Luis Revenga y Juan Pablo Fusi, Juan Pablo Fusi y Luis Revenga, quiero dar las gracias en primer lugar a la Sociedad General de Autores y a la Fundación Autor, por su hospitalidad renovada, y muy especialmente a Javier Avilés por su cortesía. A Jorge Lago, a quien está dedicado el libro, y que a pesar de haber muerto hace ya casi cuatro años se las ha arreglado, allá donde se encuentre, para echarme una mano con esta presentación; a mi agente literario, Willie Schavelzon, que no necesitó más de cinco minutos para decidir incluir al autor de Las lágrimas de Franco entre los escritores de su agencia; a la gente de Kailas: Ángel, Marta, Marcos e Iñigo, por lo mucho que han luchado por mi novela, con una mención especial a mi “editora” y correctora de estilo, Cora Tiedra, con la que pasé algunos buenos ratos persiguiendo puntos y comas, peros, erratas y élitros. Quiero dar las gracias también a todos y cada uno de los muertos en la sangrienta batalla de Villanueva, algunos de los cuales parecen gozar de buena salud y se encuentran hoy en esta sala, y, por último, a los presos de la prisión de Aranjuez, o al menos a algunos de ellos, con los que he tenido el placer de trabajar en los últimos meses, y que no han podido venir hoy por razones propias de su oficio, aunque sí ha venido alguna de sus profesoras.

Y, naturalmente, a todos ustedes por la infinita paciencia de que han hecho gala a lo largo de todo este acto.

Esto es todo, muchas gracias.
  

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