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Año IX - Madrid, viernes 28 de septiembre de 2007
 
 

Los asesinos

Ernest Hemingway

La burda1 del bareto de Henry se abrió y entraron dos jambos2 que se sentaron frente al mostrador.

—¿Qué van a tomar? —les preguntó George.

—No sé —dijo uno de ellos—. ¿Tú qué quieres papear, Al?

—Yo qué sé —respondió Al—, ni idea.

Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la perlacha.3 Los dos jambos consultaban el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, que estaba conversando con George cuando ellos entraron, les observaba.

—Yo voy a pedir costillas de cerdo y puré de patatas —dijo el primero.

—Todavía no está listo.

—¿Entonces, por qué carajo lo pones en la carta?

—Esa es la cena —le explicó George—. Se puede pedir a partir de las seis.

George miró el peluco4 de pared que había detrás del mostrador.

—Son las cinco.

—El peluco marca las cinco y veinte —dijo el segundo jambo.

—Va veinte minutos adelantado.

—Bah, a la mierda con el peluco —exclamó el primero—. ¿Qué tienes de papear?

—Puedo ofrecerles toda clase de sándwiches —dijo George—, de jamón y queso, huevo, bacon..., o un bistec.

—A mí dame pollo en salsa y puré de patatas.

—Esa es la cena.

—¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena?

—Puedo ofrecerles huevos con jamón, tocino, hígado...

—Huevos con jamón —dijo el que se llamaba Al. Vestía sombrero y una chupa negra abotonada. Su gepeto5 era pequeño y blanco, y sus muis6 finos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.

—Dame huevos con bacon —dijo el otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque no se parecían en nada, vestían como si fueran gemelos.

Ambos llevaban chupas demasiado ajustadas para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.

—¿Hay algo de privar? —preguntó Al.

—Gaseosa, cerveza sin alcohol y otros refrescos —enumeró George.

—¿Galimba7 sin alcohol? He preguntado si tienes algo de privar.

—Sólo lo que he dicho.

—Éste es un pueblo muy caluroso, ¿no? —dijo el otro—¿Cómo es su peta?8

—Summit.

—¿Lo has oído nombrar alguna vez? —le preguntó Al a su colega.

—No —contestó éste.

—¿Qué hacen aquí por las noches? —preguntó Al.

—Cenar —dijo su colega—. Vienen aquí y cenan de lo lindo.

—Así es —dijo George.

—¿Así que crees que es así? —le preguntó Al a George.

—Sí.

—Te crees muy listo, ¿no?

—Sí —respondió George.

—Pues no lo eres —dijo el otro jambo—. ¿No es cierto, Al?

—Se ha quedado mudo —dijo Al. Se volvió hacia Nick y le preguntó:

—¿Cómo es tu peta?

—Adams.

—Otro tío listo —dijo Al—. ¿No es listo, Max?

—Este pueblo está lleno de tíos listos —respondió Max.

George puso dos bandejas sobre el mostrador, una de huevos con jamón y la otra de huevos con bacon. También trajo dos platos de patatas fritas y cerró la burda de la cocina.

—¿Qué pidió usted? —le preguntó a Al.

—¿No te acuerdas?

—Huevos con jamón.

—Chico listo —dijo Max. Se le acercó y cogió los huevos con jamón.

Ambos papeaban con los guantes puestos. George los observaba.

—¿Qué pipeas?9 —dijo Max mirando a George.

—Nada.

—¡Cómo que nada! Me estabas mirando a mí.

—Lo hacía en broma, Max —intervino Al.

George se rió.

—Tú no te rías —le cortó Max—. No tiene la menor gracia, ¿entiendes?

—Está bien —dijo George.

—Así que piensas que está bien —Max miró a Al—. ¡Piensa que está dabuten! Esta sí que es buena.

—No, si va a resultar que piensa y todo— dijo Al. Siguieron papeando.

—¿Cómo se llama el tío listo ése que está al final de la barra?— le preguntó Al a Max.

—Eh, tío listo —llamó Max a Nick—, vete con tu colega al otro lado de la baretora.10

—¿Por? —preguntó Nick.

—Porque te lo digo yo.

—Mejor vete al otro lado, tío listo —dijo Al. Nick pasó al otro lado del mostrador.

—¿Qué pretenden? —preguntó George.

—A ti qué te importa —respondió Al—. ¿Quién está en la cocina?

—El negro.

—¿El negro? ¿Quién es el negro?

—El cocinero.

—Dile que venga.

—¿Qué se proponen?

—Tú, dile que venga.

—¿Dónde se creen que están?

—Sabemos muy bien dónde estamos —dijo el que se llamaba Max—. ¿Parecemos tolays11 acaso?

—Por lo que dices, parecería que sí —le dijo Al—. ¿Qué tienes tú que discutir con ese tipo? —luego se dirigió a George:

—Escucha, dile a ese moreno que venga para acá.

—¿Qué le van a hacer?

—Nada. Discurre un poco, tío listo. ¿Qué le vamos a hacer a un cocinero?

George abrió la burda de la cocina y gritó:

—Sam, ven un momento.

El cocinero salió.

—¿Qué pasa? —preguntó. Los dos jambos lo miraron desde la baretora.

—Muy bien, moreno —dijo Al—. Quédate ahí.

El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los dos jambos que estaban sentados en la barra.

—Sí, señor —dijo. Al bajó de su taburete.

—Voy a la cocina con el moreno y el chico listo —dijo—. Vuelve a la cocina, moreno. Tú también, tío listo.

El jambocito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero.

La burda se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó en el mostrador frente a George. No miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un bareto, el lugar había sido una especie de garito.

—Bueno, tío listo —dijo Max con la vista clavada en el espejo—. ¿Por qué no dices nada?

—¿De qué va todo esto?

—Eh, Al —gritó Max—. Aquí el chico listo quiere saber de qué va esto.

—¿Por qué no se lo cuentas? —se oyó la voz de Al desde la cocina.

—¿De qué crees que va?

—No sé.

—¿Qué piensas?

Mientras rajaba,12 Max miraba todo el tiempo al espejo.

—No lo sé.

—Hey, Al, el chico listo dice que no sabe lo que piensa.

—Está bien, ya te he oído —dijo Al desde la cocina. Con una botella de ketchup mantenía abierta la perlachilla por la que se pasaban los platos.

—Escúchame, tío listo —le dijo a George desde la cocina—, aléjate de la barra. Tú, Max, córrete un poquito a la izquierda —parecía un fotógrafo dando indicaciones para una foto de boda.

—Dime, tío listo —dijo Max—. ¿Qué crees que va a pasar?

George no respondió.

—Yo te lo voy a contar —prosiguió Max—. Vamos a mullar13 a un sueco. ¿Conoces a un sueco muy tocho14 que se llama Ole Andreson?

—Sí.

—Viene a papear aquí todas las noches, ¿no?

—A veces.

—A las seis en punto, ¿no?

—Eso cuando viene.

—Ya lo sabemos, tío listo —dijo Max—. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine alguna vez?

—De vez en cuando.

—Tendrías que ir más. Para alguien tan listo como tú, es bueno ir al cine.

—¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les ha hecho?

—Nunca ha tenido la oportunidad de hacernos nada. Jamás nos ha visto.

—Y nos va a ver una sola vez —dijo Al desde la cocina.

—¿Entonces por qué lo van a matar? —preguntó George.

—Lo hacemos por un colega. Es un favor, tío listo.

—Cállate —dijo Al desde la cocina—. Rajas demasiado.

—Bueno, tengo que entretener al chico listo, ¿no, tío listo?

—Rajas demasiado —dijo Al—. El moreno y mi chico listo se divierten solos. Los tengo atados como a una pareja de monjas en un convento.

—¡No jodas que has estado en un convento!

—Quién sabe.

—En un convento judío es donde tú habrás estado.

George miró el peluco.

—Si viene alguien, dile que el cocinero no está, y si a pesar de todo insiste en quedarse, le dices que cocinas tú. ¿Entiendes, tío listo?

—Sí —dijo George—. ¿Qué nos harán después?

—Depende —respondió Max—. Esas cosas no se saben hasta que llega el momento.

George miró el peluco. Eran las seis y cuarto. La burda de la calle se abrió y entró un conductor de autobús.

—Hola, George —saludó—. ¿Qué hay para cenar?

—Sam salió —dijo George—. Volverá en alrededor de una hora y media.

—Mejor me voy a otra parte —dijo el chofer. George miró el peluco.

Eran las seis y veinte.

—Estuviste bien, tío listo —le dijo Max—. Eres un figura.

—Sabía que si no le volaría la almendra15 —dijo Al desde la cocina.

—No —dijo Max—, no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me cae bien el chico listo.

A las siete menos cinco George dijo:

—Ya no va a venir.

Otras dos personas entraron al bareto. En la primera ocasión, George fue a la cocina y preparó un sándwich de jamón y huevo «para llevar», como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hacia atrás, sentado en un taburete junto a la burda, con el cañón de una escopeta recortada apoyado en un poyete.

Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendos trapos en la mui. George preparó el pedido, lo envolvió en papel de estraza, lo puso en una bolsa y lo entregó. El cliente pagó y salió.

—El chico listo sabe hacer de todo —dijo Max—. Hasta cocina. Harías feliz a una linda chica, tío listo.

—¿Sí? —dijo George— Su colega, Ole Andreson, no va a venir.

—Le vamos a dar otros diez minutos —repuso Max.

Max miró el espejo y el peluco. Las agujas marcaron las siete en punto, y luego las siete y cinco.

—Vamos, Al —dijo Max—, vámonos de aquí. No va a venir.

—Mejor esperamos otros cinco minutos —dijo Al desde la cocina.

En ese lapso entró un jambo, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.

—¿Por qué coño no te buscas otro cocinero? —le increpó el jambo— ¿Acaso esto no es un restaurante? —luego se piró.

—Vamos, Al —insistió Max.

—¿Qué hacemos con los chicos listos y el moreno?

—No va a haber problemas con ellos.

—¿Estás seguro?

—Sí, ya no pintamos nada aquí.

—No me gusta nada la cosa —dijo Al—. Eres un bocas, largas16 demasiado.

—Eh, qué te pasa —replicó Max—. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no?

—De todos modos, rajas demasiado —insistió Al, y salió de la cocina. La recortada le formaba un pequeño bulto en la cintura, debajo de la chupa ajustada, que trató de disimular con las lomas17 enguantadas.

—Adiós, tío listo —le dijo a George—. La verdad es que has tenido suerte.

—Es cierto —agregó Max—, deberías apostar en las carreras, tío listo.

Los dos jambos se retiraron. A través de la perlacha, George los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus chupas ajustadas y sus sombreros parecían dos macarras. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.

—No quiero que esto vuelva a pasarme —dijo Sam—. No quiero que me vuelva a pasar.

Nick se incorporó. Nunca antes había tenido un trapo en la mui.

—¡Qué coño!— dijo, fingiendo estar tranquilo.

—Querían matar a Ole Andreson —les contó George—. Lo iban a matar de un tiro en cuanto entrara a cenar.

—¿A Ole Andreson?

—Sí, a él.

El cocinero se palpó las comisuras de los muis con los dátiles.18

—¿Ya se fueron? —preguntó.

—Sí —respondió George—, ya se fueron.

—No me gusta esto —dijo el cocinero—. No me gusta nada.

—Escucha —George se dirigió a Nick—. Tendrías que ir a avisar a Ole Andreson.

—Está bien.

—Es mejor que no te metas en esto —le sugirió Sam, el cocinero—. No te conviene meterte.

—Si no quieres, no vayas —dijo George.

—No vas a ganar nada pringándote en esto —prosiguió el cocinero—. Mantente al margen.

—Iré a avisarle —dijo Nick—. ¿Dónde vive?

El cocinero se alejó.

—Los jóvenes nunca hacen caso —dijo.

—Vive en la pensión Hirsch —informó George a Nick.

—Voy para allá.

Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo. Nick caminó por el borde de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres portales. Nick subió las escaleras y tocó el timbre. Una jamba apareció en la entrada.

—¿Está Ole Andreson?

—¿Quiere verlo?

—Sí, si está.

Nick siguió a la jamba hasta un descansillo de la escalera y luego hasta el final del pasillo. Ella llamó a la burda.

—¿Quién es?

—Alguien que viene a verlo, señor Andreson —respondió la jamba.

—Soy Nick Adams.

—Pasa.

Nick abrió la burda y entro en el cuarto. Ole Andreson estaba tumbado en la piltra19 con la ropa puesta. Había sido boxeador de los pesos pesados y la piltra le quedaba pequeña. Estaba acostado con la almendra sobre dos almohadas.

No miró a Nick.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Estaba en el bar de Henry —empezó Nick—, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero y dijeron que iban a matarle.

Sonó tolay al decirlo. Ole Andreson no dijo nada.

—Nos encerraron en la cocina —continuó Nick—. Iban a dispararle en cuanto entrara a cenar.

Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra.

—George pensó que lo mejor era que yo viniera y se lo contase.

—No hay nada que yo pueda hacer para evitarlo —dijo Ole Andreson finalmente.

—Le voy a decir cómo eran.

—No quiero saber cómo eran —dijo Ole Andreson y volvió a mirar a la pared.

—Gracias por venir a avisarme.

—De nada.

Nick miró al grandullón que yacía en el sobre20.

—¿No quiere que vaya a la policía?

—No —dijo Ole Andreson—. No sería buena idea avisar a la madera.

—¿No hay nada que yo pueda hacer?

—No. No hay nada que hacer.

—Tal vez no lo dijeron en serio.

—Lo decían completamente en serio.

Ole Andreson volvió la jeta hacia la pared.

—Lo que pasa —dijo hablándole a la pared— es que no me apetece salir. Llevo aquí todo el día.

—¿No podría irse de la ciudad?

—No —dijo Ole Andreson—. Estoy harto de huir.

Seguía mirando a la pared.

—Ya no hay nada que hacer.

—¿No hay ningún modo de arreglarlo?

—No. Simplemente, me equivoqué —seguía hablando con voz monótona—. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me animaré a salir.

—Mejor me vuelvo a donde George —dijo Nick.

Ciao —dijo Ole Andreson sin mirar a Nick—. Gracias por avisarme.

Nick se dio el piro. Mientras cerraba la burda miró a Ole Andreson, completamente vestido, tirado en el sobre, con la jeta vuelta hacia la pared.

—Lleva todo el día en su cuarto —le dijo la encargada cuando bajó las escaleras—. No debe de encontrarse bien. Yo le dije: «Señor Andreson, debería salir usted a dar un paseo, hace un día de otoño precioso», pero él no tenía ganas.

—No quiere salir.

—Qué pena que se encuentre mal —dijo la jamba—. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabe?

—Sí, ya lo sabía.

—Nadie lo diría si no fuera por su cara —dijo la jamba. Estaban junto a la puerta principal—, es tan amable.

—Bueno, buenas noches, señora Hirsch —se despidió Nick.

—No soy la señora Hirsch —dijo la jamba—. Esa es la dueña. Yo soy la encargada, la señora Bell.

—Buenas noches, señora Bell —dijo Nick.

—Buenas noches —dijo la jamba.

Nick caminó hasta la farola de la esquina y luego hasta el bareto. George estaba detrás del mostrador.

—¿Viste a Ole?

—Sí —respondió Nick—. Está en su cuarto y no va a salir.

Al oír la voz de Nick, el cocinero abrió la puerta de la cocina.

—No quiero escuchar nada más —dijo, y volvió a cerrar la burda.

—¿Le contaste lo que pasó? —preguntó George.

—Sí, se lo conté, pero él ya sabe de qué va esto.

—¿Qué va a hacer?

—Nada.

—Lo van a matar.

—Supongo que sí.

—Debe de haberse metido en algún lío en Chicago.

—Supongo —dijo Nick.

—Es terrible.

—Horrible —dijo Nick.

Se quedaron callados. George se agachó a buscar una bayeta y limpió el mostrador.

—Me pregunto qué habrá hecho —dijo Nick.

—Habrá traicionado a alguien. Por eso le van a matar.

—Me voy a pirar de este pueblo —dijo Nick.

—Sí —dijo George—. Es lo mejor que puedes hacer.

—No soporto pensar que él está esperando en su cuarto y sabe lo que le va a pasar. Es realmente horrible.

—Bueno —dijo George—. Mejor, deja de pensar en eso.

 

Los asesinos, de Ernest Hemingway, ha sido adaptado del original por J. A. Lago y vertido al lenguaje carcelario por C. Rodríguez C.

 

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9 ¿Qué miras?

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13 matar

14 grande

15 cabeza

16 hablas

17 manos

18 dedos

19 cama

20 cama

  

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