Nunca supe hablar de mí ni nunca pude (por pudor o incapacidad o porque nunca me gustaron los espejos, quién sabe) teorizar acerca de lo que mi poesía es o fue o será (tampoco teorizo sobre la poesía ajena, quizá porque en algún momento termino haciéndola mía o porque me pierdo en términos que considero alejados de la propia poesía). Puedo decir, eso sí, que la poesía está siempre al otro lado y que soy muy consciente de ello. Yo sólo me encargo del viaje. En eso soy muy cavafiana: creo que aún sigo pidiendo que mi camino hacia el poema perfecto, hacia lo que alguna vez podría llamarse el Poema como algo único, sea largo y que, mientras tanto, aprenda la manera de decir (que no es poco) lo que recuerdo. Y es que la memoria es la estación de andenes recién abandonados de la que parte mi poesía. Concibo la escritura como una manera de reconocerme en mi propio pasado, no por ello renegando del presente: ciudad que edifica lo que soy, lo que fui y lo que seré, aunque eso para mí siempre sea tan incierto y, a veces, poco creíble.
Soy (y por tanto mi poesía también lo es o pretende serlo) lo que he habitado, las ciudades que he visitado o en las que he vivido; y guardo en mí el idioma de las cosas y las personas que amé y amo. Y cuando leo estas palabras (extrañas, ya que nunca acostumbro a hablar de mí porque a veces también estoy en “el lado de allá” de mí misma, y me cuesta) pienso que tal vez lo único que busco es un gesto de compañía poética, ofrecer a quien me lee la tibia compañía en medio de la soledad del papel y de los días. En definitiva, hacer de un poema un lugar habitable en el que poder reconocerse. Eso busco yo para mí cuando siento el desconsuelo de la hoja en blanco, y eso quiero yo para quien abre un libro y me lee. Sé que la poesía no puede curar el mundo, que no es un arma cargada de futuro, pero sí puede curar una vida, la vida de un hombre. Por todo ello, no creo que un poema tenga dueño o autor en el momento en el que alguien se acerca a él y lo lee. Poco queda de mí en la vida del lector cuando él puede reconocerse en esos versos. No soy una intrusa ni nunca quise serlo. Yo, en ese momento, prefiero dejar sólo mis huellas y dejarle el espacio para la intimidad del reconocimiento: que el poema se convierta en una habitación con la luz suficiente para verse a solas, pero acompañado. Por todo ello, mi nombre es prescindible y deseo que así sea. Prefiero el olvido de mi nombre a que alguien se sienta irreconocible y abandonado en una hoja de papel. Escribo para ordenarme y, en definitiva, para crear ciudades que dibujen a quien me lee, como ellas una vez me dibujaron a mí en una estación de tren. |