Alguna vez lo encuentro
al pasar, y me esquiva.
Un tiempo fuímos íntimos.
Nos separó la vida.
Nuca pudo aceptar
aquella despedida.
Fue pura lucidez;
lo llamó cobardía.
Yo luché, como supe,
por un puesto en la fila.
Tuve que equivocarme.
Él no lo entendería.
Aferrado a sus sueños,
sé que no se resigna.
También, que me desprecia.
Es una vieja herida.
Me mira y calla, pero
ni perdona ni olvida.
Y allí, frente al espejo,
¿de qué me serviría
razonar, o fingir?
No se engaña la vida. |
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