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Año IX - Madrid, viernes 23 de marzo de 2007
 
 
 

Él

Alguna vez lo encuentro

al pasar, y me esquiva.

Un tiempo fuímos íntimos.

Nos separó la vida.

Nuca pudo aceptar

aquella despedida.

Fue pura lucidez;

lo llamó cobardía.

Yo luché, como supe,

por un puesto en la fila.

Tuve que equivocarme.

Él no lo entendería.

Aferrado a sus sueños,

sé que no se resigna.

También, que me desprecia.

Es una vieja herida.

Me mira y calla, pero

ni perdona ni olvida.

Y allí, frente al espejo,

¿de qué me serviría

razonar, o fingir?

No se engaña la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
  

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