Pájaro de mal agüero. Los nietos psicodélicos de Violeta Parra
por Rafael Alba
Aunque la escena musical de Chile no es ajena a las tendencias que dominan en los últimos años en toda Latinoamérica, donde el rap y el trash metal, dos géneros fuertemente enraizados en estéticas anglosajonas, captan el interés en el país gobernado por Michele Bachelet hay también sitio para otras muchas cosas. Es, por ejemplo, la última reserva espiritual que le queda en casi todo el mundo al rock progresivo. Y también, afortunadamente, el lugar en el que han nacido y se han desarrollado propuestas tan originales como Pájaro de mal agüero (PMDA). Un dúo que proyecta las raíces de la música chilena hacía otros territorios en los que la psicodelia y la música electrónica también forman parte del paisaje.
Por suerte para nosotros, y para desgracia de Kike Santander y la industria latina de Miami, la música mestiza de la Latinoamérica de hoy va bastante más lejos que los estereotipados duetos superventas de Shakira y Alejandro Sanz o los cánticos melodiosos de los mexicanos Maná.
PMDA son buena prueba de ello. Con doce años de historia, el grupo, cuya formación actual está compuesta por Claudio Parra y Ruth Barrientos (r.), ha conseguido editar diez discos en su propia productora independiente y convertirse en una banda de culto, con un buen número de seguidores, a pesar de no haberse prodigado demasiado por los escenarios.
Por suerte para nosotros, y para desgracia de Kike Santander y la industria latina de Miami, la música mestiza de la Latinoamérica de hoy va bastante más lejos que los estereotipados duetos superventas de Shakira y Alejandro Sanz o los cánticos melodiosos de los mexicanos Maná.
PMDA son buena prueba de ello. Con doce años de historia, el grupo, cuya formación actual está compuesta por Claudio Parra y Ruth Barrientos (r.), ha conseguido editar diez discos en su propia productora independiente y convertirse en una banda de culto, con un buen número de seguidores, a pesar de no haberse prodigado demasiado por los escenarios.
Peros sus actuaciones esporádicas han bastado para obrar el milagro.
Tal vez por la simpleza y la efectividad de sus arreglos de guitarra que tejen una perfecta red de salvamento para que las voces de Claudio y (r.) puedan levitar sobre las potentes bases rítmicas preprogramadas. O, simplemente por el valor de una propuesta valiente y sincera de las que no abundan en este aburrido comienzo de siglo.
Además en PDMA, junto a sus influencias reconocidas conviven otras no desveladas, como la de los grupos españoles más oscuros de la década de los ochenta como Décima Víctima o La Dama se Esconde, o continuadores de esta tendencia como el mismísimo Corcobado.
Pero la música en castellano viaja mal, incluso entre países que comparten la misma lengua, cuando las tendencias estéticas superan la categoría de simples productos de consumo. Quizá por eso PDMA reivindica en el amplío pasado influencias como la del oscuro bardo australiano Nick Cave o la del David Bowie de “Scary Monsters”.
Según una declaración de urgencia realizada para el “El Café de las Artes”, PDMA reivindica como influencias básicas un buen puñado de estilos y artistas que comprende desde el folklore tradicional Chileno, a Violeta Parra el Neo Folk europeo, Sol Invictus, Death In June y la música experimental, esencialmente electrónica, en la que trabajan bandas como Coil.
Sobre sí mismos y su música los dos componentes de PDMA aseguran también que el hilo conductor temático sería, en esencia, la vida moderna dentro de esta era apocalíptica,y sus paisajes, como el ocaso, o el Untergehen de Nietzsche como fondo estético de nuestra música, sin desconocer un evidente carácter romántico – latino, el cual nos acerca mucho mas a la estética del pop tradicional. Poco queda por añadir a esta declaración de principios. Quizá recomendar al lector que se acerque a los ejemplos con los que se acompaña esta hoja de ruta sobre el muy particular mundo de uno de los grupos latinoamericanos más brillantes de los últimos años.