A María
Cuando, a finales de 2006, me destinaron de profesora al C.E.P.A. Dulce Chacón, enseguida me di cuenta de que este centro era muy diferente a todos los que había conocido hasta entonces. Para empezar, es un centro de E.P.A. (Educación para Adultos) que está ubicado en el Centro Penitenciario Madrid VI, de Aranjuez, es decir, en la cárcel. De modo que nuestros «clientes», como les gusta decir últimamente a los expertos en educación, además de alumnos, son también reclusos, internos o presos (elijan la fórmula que menos les disguste), condenados a diversas penas, algunas de hasta veinte años de cárcel, por diversos delitos (robo con intimidación, falsificación, atentado contra la salud pública, delitos de sangre...); reclusos cuyas vidas, además de en distintos cursos y etapas, están organizadas en torno a diferentes módulos (el módulo 3, « terapéutico » ; el 11, de jóvenes; el módulo familiar ...).
Madrid VI es un ecosistema peculiar por el que se mueven desde los « kies » o jefes hasta los ordenanzas (reclusos que ayudan en la escuela o la farmacia, por ejemplo). Un mundo regido por un calendario propio que gira en torno a permisos, visitas, comunicaciones y otras formas de relación de las que casi nada sabemos el resto de los mortales; un mundo en el que los lunes cobran singular importancia, pues son los días en los que se pueden cargar las tarjetas del « peculio », con las que se puede comprar en los economatos de los distintos módulos. Como se puede suponer, un entorno y un « clima escolar » , radicalmente distintos a todo lo que había conocido hasta entonces... Si en la escuela actual se da una gran diversidad, aquí ésta es aún mayor. Tenemos alumnos de muy distintos credos, razas, idiomas y orígenes nacionales y culturales y su rango de edad varía entre los veintipocos y los cincuenta y tantos años.
Una cosa que me llamó la atención desde un principio es que los «internos» ocupan gran parte de su tiempo en escribir; escriben cartas, poemas, canciones, relatos y hasta libros enteros. Y entre ellos hay también grandes lectores, gente muy inteligente y con un nivel cultural aceptable que convive con otros que son analfabetos funcionales. Como yo soy profesora de «Ciencias», le propuse al escritor y profesor José Antonio Lago, con quien había trabajado varios años en atención a la diversidad, que me ayudase a poner en marcha un proyecto de «animación a la lectura»..., y lo que empezó con una charla el Día del Libro, pronto se convirtió en una especie de taller literario a distancia, que finalmente desembocó en el libro que el lector tiene en las manos.
José Antonio nos cedió uno de sus relatos y convenció a Ernest Hemingway para que hiciera otro tanto, y después fueron muchos los alumnos que se sumaron al proyecto, y hasta una profesora, que en este libro (de ahí su título) no se hacen distingos entre los que están a uno u otro lado. Por último, el conocido dibujante de cómics Álvarez Rabo decidió protagonizar una micro-resurrección ex profeso para ilustrar este libro, pues había procedido a su suicidio creativo hace casi cinco años.
No fueron pocas las dificultades que hubo que salvar para llegar hasta aquí. Algunos de nuestros escritores no dominan bien el castellano y, además, los alumnos no tienen acceso a Internet, de modo que tuvimos que establecer un peculiar y poco fiable sistema de comunicación a tres o cuatro bandas. Afortunadamente, contamos desde un principio con el apoyo y la complicidad de la directora del CEPA Dulce Chacón y del director del centro penitenciario, y poco a poco todos los problemas se fueron solventando. De todo este esfuerzo han salido a la luz poemas, relatos, cartas e incluso un espléndido glosario y una sorprendente traducción de Hemingway al lenguaje carcelario.
Como no podía ser de otra manera, los textos que nos fueron llegando se sesgaron desde un principio hacia el género policiaco o, mejor dicho, hacia algo que podríamos denominar «género carcelario», género que por otra parte han cultivado eximios escritores desde François Villon hasta Oscar Wilde y Jean Genet, pasando por O. Henry, Quevedo y, por qué no, el mismísimo Miguel de Cervantes. Literatura de «evasión», si nos se permite un inocente juego de palabras.
Muchos de nuestros autores son reticentes a que figuren sus verdaderos nombres en los relatos, por razones que sólo a ellos atañen, y por eso algunos de ellos van firmados con seudónimos, acrósticos, siglas o iniciales. No son pocos los que nos han recalcado que la cárcel marca mucho, y firmar sus escritos podría ser una forma de marcarles...
Pero lo importante de estos escritos es que sus autores han usado sus propias vidas como materia literaria, lo que de un modo u otro hacen todos los escritores, pero claro, no todos han tenido vidas igual de ricas, interesantes o desgraciadas. En todos los textos que nos han ido llegando, sin excepción alguna, nos ha parecido descubrir el espíritu de gente que tiene mucho que decir, gente que quiere que les oigamos y, por eso, consideramos casi una obligación escucharles y, a partir de ahora, también leerles.
María Isabel Roldán |