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Año IX - Madrid, viernes 28 de septiembre de 2007
 
 

Palabras de Pedro Portales

José Antonio Lago

A Joaquín Álvaro,

Coque, el mejor de todos nosotros

Salió de la casa, que no era más que un informe amasijo de lata y cartón, una miserable chabola perdida entre una multitud de viviendas similares que se extendían por la colina hasta donde alcanzaba la vista, conformando una gigantesca villa miseria. En la abertura que hacía las veces de puerta se recortó la figura cálida de una mujer joven, que le contempló calladamente mientras se alejaba. Tras ella, en la oscuridad, destellaba el sorprendente fogonazo tricolor de un televisor apenas concebible en tal lugar. Bajó lentamente por la calle empinada y tortuosa. El sol del mediodía brillaba sobre las chapas de los tejados de aquel arrabal al nordeste de Medellín, Colombia.

Pedro Portales extrajo del bolsillo de su chaqueta un cigarrillo, que le acompañó humeando durante casi diez minutos en busca de una parada de autobús. Al llegar allí, aún hubo de esperar un rato hasta que una renqueante guagua verde y blanca le alojó en su interior, abarrotado a aquella calurosa hora del día.

Tras sucesivas paradas que le fueron acercando al centro de la ciudad, logró hacerse sitio en uno de los desvencijados asientos de la parte trasera. Repasó mentalmente sus instrucciones. A la una de la tarde tenía que reunirse con su contacto habitual en la trastienda de un pequeño café del centro, allí le darían un arma y una fotografía. También dinero, con suerte medio millón. Se acarició la barbilla y después, distraídamente, se puso a contemplar las rodillas de la chica que acababa de sentarse a su lado. Cuando quiso darse cuenta, había llegado a su destino, una bulliciosa avenida del centro, y saltó del autobús. No llevaba reloj, aunque había tenido más de uno; pero la esfera del de la iglesia por delante de la cual pasaba en aquel momento le informó de que llevaba unos minutos de retraso y le hizo apresurar el paso.

Cuando franqueó la puerta del reservado, tras saludar al dueño del local, que espantaba moscas ante un par de parroquianos ociosos, vio que el individuo ya le estaba esperando, recostado en una desvencijada mesa de billar. Por ­todo saludo, Pedro Portales mostró una hilera de dientes blancos entre los que deslizó unas palabras ininteligibles. El hombre caminó unos pasos hasta donde Pedro estaba y le palmeó un hombro amistosamente. Vestía traje claro no muy limpio y camisa negra sin corbata, y calzaba gafas oscuras bajo un blanco sombrero de ala ancha. Un bigotito fino y negro le daba un aspecto definitivamente rufianesco.

La conversación fue breve, debía buscar al fulano a la salida de su trabajo, a las seis de la tarde, en El Poblado. Recibió una fotografía, con una dirección escrita al dorso, y un abultado sobre que contenía un anticipo de los tres millones de pesos que cobraría por el trabajo. El tipo debía de ser duro de verdad, pues la cantidad era mucho mayor que otras veces. La pistola, cargada con seis balas, ocupó su lugar bajo el sobaco y, tras eso, se despidieron con tan pocas palabras como les fue posible.

Ése era el cuarto hombre que tendría que matar en su vida. El rostro de la foto le resultaba vagamente familiar. Aunque no lo sabía, lo había visto en alguna ocasión en la televisión; se trataba de un agente del gobierno, destinado a la lucha contra el narcotráfico. Nunca le decían de quién se trataba, y además, a él eso nada le importaba. Simplemente sabía que tenía que acostarlo de un plomazo y escapar lo más rápidamente posible. Matar no le molestaba, le dejaba sencillamente frío. La primera vez lo pasó realmente mal, pero eso ya estaba olvidado. Ahora se limitaba a esperar pacientemente al prójimo, darle y desaparecer. Lo único que le importaba eran las lucas . En realidad, le gustaría dejar de disparar contra gente a la que ni siquiera conocía, pero quería el dinero. Bajo su punto de vista, a él simplemente le había tocado matar, al igual que a sus víctimas les había tocado en desgracia toparse con él. Sólo era eso. Hacía un par de años que su amigo José, que entonces vivía también en el suburbio y ahora estaba muerto, le hizo acompañarle en uno de sus crímenes y luego le presentó a un par de personas. Tampoco pensaba nunca en que podrían matarle o cogerle; pero era vagamente consciente de que arriesgaba su libertad, además de su vida. Creía que tumbando a dos o tres más ganaría lo suficiente para abandonar su choza en el extrarradio e irse a cualquier otra parte.

Tenía que hacer tiempo hasta las seis de la tarde, así que estuvo callejeando un buen rato sin rumbo y, por fin, se metió en un cine donde proyectaban una película policíaca, que eran sus favoritas; pero no comió nada, en esas circunstancias le resultaba imposible. A las cinco ya estaba en la dirección convenida, frente a la puerta de un edificio de oficinas. Empleó una hora en estudiar con cuidado el terreno, el lugar más idóneo para esperar la salida de su próxima víctima, el sitio donde haría los disparos, las calles por las que podría huir, caminando tranquilamente antes de echarse a correr, y todos los detalles que le pareció oportuno.

A las seis y diez llevaba ya un rato apostado al otro lado de la calle, bajo unos soportales, simulando interés por los escaparates y vigilando la salida del edificio por el rabillo del ojo. Un par de minutos después, una figura gris y solitaria que Pedro identificó enseguida, salió del edificio, cerró la puerta, se quedó un instante inmóvil, mirando hacia donde Pedro estaba y, acto seguido, se puso a caminar hacia la derecha, justo en dirección contraria. «Menos mal», pensó Pedro Portales, pues era ésa la ruta que más convenía a sus propósitos. El tipo era corpulento y caminaba deprisa, por lo que Pedro tuvo que cruzar la calle casi a la carrera, para no quedarse rezagado, y pronto estuvo caminando unos pasos por detrás de él.

Un centenar de metros más adelante, la calle desembocaba en un arruinado jardinillo poco frecuentado, que es donde Pedro pensaba abordarle. Cuando estuvieran allí se acercaría, lo llamaría desde atrás con cualquier excusa para tomarle la foto, y cuando el sujeto se volviera a mirar, él ya lo estaría esperando con el arma en la mano para descerrajarle todo el cargador seguidito. «Mala suerte que diste conmigo, hermano», le diría Pedro Portales por toda oración fúnebre y emprendería la huida sin perder un instante.

El hombre estaba llegando ya al lugar elegido por Pedro para acabarlo y aún no había vuelto la cabeza ni una sola vez. Pedro alargó la zancada hasta que su sombra se puso casi a la par de la de su víctima. Se santiguó, posando al hacerlo dos dedos en la medalla de oro de la Virgen del Carmen que anidaba en su pecho, y por detrás le susurró de cerca:

— ¡Eh, hermano!

Cuando el agente especial contra el narcotráfico Walter López se volvió, llevando ya un arma en la mano, vio, recortada bajo el sol, una figura difusa que empuñaba una pistola. Escuchó el clic de un arma al encasquillarse y después el estruendo de dos disparos de su propio revólver, que atravesaron el pecho de su perseguidor. En su aturdimiento, Walter López apenas percibió un bulto oscuro que se desplomaba ante sí como un fardo cuando Pedro Portales cayó al suelo herido de muerte.

— ¡Dios Santo! — exclamó el hombre cuando al fin pudo ver con claridad a su enemigo.

Tumbado ante él había un muchacho flaco y desgarbado, vestido con ropas de adulto que le quedaban demasiado grandes. No era más que un niño de doce o trece años, de cuyo pecho manaba sangre por dos grandes torrentes y de cuyos ojos brotaban algunas lágrimas. No había nadie cerca, aunque a lo lejos se veía ya acercarse a los primeros curiosos, atraídos por las detonaciones. El chico, así caído como estaba, parecía un pelele, un muñeco roto que alguien había tirado a la basura. Pedro Portales hizo un esfuerzo por hablar, y Walter López pudo así escuchar de nuevo su débil voz de niño.

— Escuche, hermano, yo no soy maloso, sólo quise vivir a lo bien y casi lo consigo; pero ya ve: se me acabó la suerte y acá me muero.

Hablaba de modo entrecortado y respiraba con dificultad, mas aun así prosiguió.

— De todos modos, es mejor terminar así que ir a parar a Bellavista. Yo no le conozco a usted, ni sé por qué quieren tumbarle, lo que pasa es que he tenido que andar al rebusque para mi mamá y para mí, pero eso ya no importa ahora.

Entonces se interrumpió, tal vez para juntar las escasas fuerzas que aún le quedaban y gastarlas todas de una vez. López se agachó para levantar suavemente la cabeza del muchacho agonizante y colocar bajo ésta su chaqueta, a modo de almohada, pero no supo decir nada.

El chico sacó de un bolsillo un gran paquete de billetes manchados con su propia sangre y una vieja fotografía de una mujer joven, embutida en un rayado marquito de plástico en forma de llavero, y se los tendió a López. Después, con voz apenas audible, se dirigió de nuevo al hombre que le acababa de robar la vida, quien le miraba desconcertado y mudo.

— Tome, coja ese dinero y llévelo al barrio arrabal del este. Déselo a mi cucha. Estoy seguro de que usted sabrá encontrarla. Dígale que se lo dio el finado Pedro Portales.

  

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