Presentamos hoy la segunda edición del primer libro de Marta López Vilar, De sombras y sombreros olvidados , cuya primera aparición pública es, según creo, de Marzo de 2004. Hablaba yo, al presentar aquella primera salida, de un libro que no era “la novedad de la temporada”, porque, decía, “no tiene la brillantez efímera ni la vocación de olvido asociadas a semejante cosa”. Creo que, transcurrido el tiempo, puede verse que efectivamente así era, así es: este libro no aspira a ser recordado por ninguna llamativa novedad, por el “más difícil todavía” un poco circense al que tantos artificios más o menos vendibles parecen remitirse hoy, sino por algo menos aparente, pero más meritorio: su originalidad. Es decir, su autenticidad de origen, su condición de algo nacido, no inventado, y su deseo de mostrarse, de comparecer simplemente ante nosotros, con la escueta y suficiente presencia de un ser vivo.
Me parecía entonces, y me parece ahora, que Marta no trata de que veamos en él lo que sabe hacer, sino lo que es. Y por eso le sobraban, y le sobran, las piruetas y los focos. Ella aspiraba, creo, a la autenticidad; a que su voz sonara convincente no por el volumen, ni por la habilidad para manejar sus diversos registros, sino por la condición personal y verdadera de lo que dice. Aquí siguen, como entonces, la delicadeza y la intensidad, la justeza expresiva, la sabiduría discreta pero real: valores que no se degradan con el tiempo ni pasan de moda. Puede ser –no lo sé- que Marta, al revisar ahora estos poemas para su nueva salida, se haya sentido un poco mortificada por encontrar en ellos cosas que ya no se ajustan a su nueva madurez, vital y expresiva; si es así, nada debe preocuparle, al contrario: es síntoma de que ella, y ellos, los poemas, han seguido su propia vida, cada uno por su lado. Como nos pasa con los amigos o con los hijos: en fin, con lo que está vivo.
Cuenta Cernuda, en sus “Palabras antes de una lectura”, la respuesta de un teólogo musulmán a uno de sus discípulos, que le preguntaba por el origen de un son de flauta que estaban escuchando: “Es la voz de Satán que llora sobre el mundo”. Y explica Cernuda que “según aquel teólogo, Satán ha sido condenado a enamorarse de las cosas que pasan, y por eso llora; llora, como el poeta, la pérdida y la destrucción de la hermosura”. Sin descartar ni criticar la interpretación de un Cernuda todavía joven (el texto al que me refiero es de 1935), yo me inclinaría a subrayar hoy más bien lo que el poema verdadero tiene también de secreta despedida, de aceptación de esa condición efímera de lo que hacemos y de lo que somos; creo ahora que la mejor poesía no niega la vida ni siquiera en lo que ésta tiene de fugaz, de pasajero, sino que está con ella también en esa condición, tan central, y la acompaña y la dice con armoniosa fluidez. No la poesía ni el poeta, si lo son de veras, en verdad se enfrentan a la vida, ni pueden negar cerradamente ese carácter efímero, ya que sólo podrían rescatar, al hacerlo, una mera imagen de ella, o acaso una simple caricatura: contienen en sí, como quiso Machado con su “palabra en el tiempo”, el ser y el dejar de ser, simultáneos y mutuamente dependiente, en que lo que está vivo ciertamente consiste. Yo creo que también eso está en esta voz, en estas Sombras y sombreros olvidados que ahora renacen ante nosotros, probando quizá, a su modo, que dicho olvido no es sino la otra cara del recuerdo que pueden dejarnos.
También ellos, por su cuenta, han crecido y madurado en estos años. Yo creo que los mismos versos dicen ahora cosa distinta, tienen dentro también, a su manera, ese tiempo, y son por ello un interlocutor diferente de lo que fueran entonces. Y no se piense que estoy haciendo un más o menos alambicado juego de conceptos: releía a Bécquer estos días, y creo de veras que hay en sus versos cosas que sólo el tiempo puede revelar; que no estaban en ellos, o sólo lo estaban en potencia, en el siglo XIX en que fueron escritos. No es pues inútil esta nueva salida de unos versos que a su modo son también nuevos; novedad que, como dije, puede disgustar algo a su autora porque se los distancie, pero no a nosotros, que, mejor situados acaso que ella misma frente a lo que ahora dicen, podemos escucharlos sin exigencias, sin pedirles que sean nada distinto de lo que son.
Quizá la mano que los escribió dibuja ahora con trazo más firme, y más complejo. Es bueno y natural que sea así. Pero también la tenuidad y la sencillez del trazo tienen un valor, y hasta estoy por decir: un encanto, propios. El excesivo predicamento, en estos tiempos, de la juventud (como si cada edad humana no tuviera su valor, y estuviéramos realmente condenados a vivir desde la impaciencia o desde la nostalgia), puede velarnos un poco el atractivo verdadero de lo naciente, de lo que está buscándose todavía. Y sin embargo ese atractivo existe, cuando no es una imitación ni una impostación, y nada, ni siquiera la madurez de esa misma criatura más tarde, puede de verdad negarlo. En este pequeño libro hay, a mi parecer, un poco de ese perfume, tan tenue como raro, y verdadero.
JOSÉ CEREIJO |