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Año IX - Madrid, viernes 23 de marzo de 2007
 
 
 

Música para sueños

Señoras, señores... y demás parientes:

¿Qué hago yo aquí, presentando a uno de los hombres y de los poetas más discretos y sabios que conozco? No lo sé muy bien; vagamente recuerdo habérmelo buscado yo mismo una etílica noche en un bar que no recuerdo, hará quizá uno o dos años. El libro que ahora presentamos, esta Música para sueños ya estaba entonces escrito. Cereijo es de esos más o menos secretos posnovísimos que han insistido calladamente y para bien nuestro en su lento y sabio quehacer de buenos orfebres. Él no diría “orfebre”. Menos barroco en la expresión o más humilde, o más clásico y más universal, diría, dice, tejedor; y se compara a sí mismo con Penélope, no por primera vez.

Frugal en su vida (sin apenas otro vicio que el de la lectura) como en su obra y parco en publicar (hasta la fecha), sólo puede regalarnos, más o menos cada lustro, “un puñado de perplejidades clásicas” al margen de la moda. “Poetas que discuten sobre la poesía moderna: chacales que gruñen en torno a un manantial seco” (la cita es de Cyril Connolly).

Para qué más. El mejor verso, el destinado a perdurar en nuestra memoria, es con frecuencia aquel que al escucharlo nos provoca la sensación de lo ya visto o conocido, olvidado y ahora traído a nuestra conciencia, donde golpea y reverbera como un recuerdo de repente sobrevenido desde lejos. Este reconocimiento es el envés necesario del asombro que pudiera conmovernos ante lo nunca oído ni sospechado siquiera.

Tiene el poeta sus obsesiones como el amor su venda y sin alguna apariencia de fatalidad ni el autor ni el lector sabrán reconocerse y la experiencia estética no habrá de producirse.

El tiempo (que al otorgarnos la posibilidad de ser también nos precipita a la impermanencia, al desgaste, a la nada y a la muerte); la ausencia o el desinterés de dios; la certidumbre de la muerte enamorada (de la que alguna vez parece descreer, pero todo es apariencia o -como escribiera Cirlot- “todo conspira para fingir que existe”. El uroboros de la literatura se devora y multiplica porque acaso no sea demasiado lo que le es dado pensar, sentir o imaginar a un ser humano.

Alguien, en una sesión de la Academia de los Melancólicos, de la que él es miembro fundador, hojeaba este libro recién salido de la imprenta y señaló: “Pero todo son tópicos”. Y a lo mejor es cierto.

Acostumbrado a bregar con tópicos y a sacarles punta o darles vuelta, nos ofrece, por ejemplo, un “Arma Virumque...” que parece cualquier cosa menos un canto al amor del hierro . Otras son las armas a las que el poeta Cereijo ha renunciado. Ha renunciado al delirio, a la visión, a la arriesgada peripecia verbal, a la invención lingüística, a la pura música y al compromiso perentorio con la circunstancia histórica o social y casi a la que Nodier llamó “imaginación sosegada y melancólica de Virgilio”. Desde este punto de vista, el título de su primer libro parece toda una declaración de intenciones.

Y no obstante hay, en este último libro como en los otros, una exquisita prosodia, y hay música, a veces incluso demasiado evidente (“y es duro y dulce en las adversidades” o “de su delicadeza destrozada”); y hay sueño también, puesto que todo lo es.

Pocos y a lo mejor consabidos y filosóficos temas. De alguna de sus breves composiciones cabría decir lo que a propósito de una famosa silva de Fray Luis dijera “un poeta menor del hemisferio austral”, “peruano”, creo: “No hay una sola hermosa palabnra (...) que no sea una abstracción”. Pero tampoco nadie como él, con la excepción de Borges, ha sabido obrar la magia de devolvernos unas pocas metáforas clásicas, o verdaderas, o naturales, o evidentes, o eternas, como quien ofrece una experiencia nueva, única e inédita.

Esa limitación que es también un ahondarse en el “hermoso y vivo diálogo del ser consigo mismo” no deja de extenderse a la forma en la sencillez de su elocuencia como en la métrica elegida: versos siempre o casi siempre medidos, sin que se note mucho, casi siempre sin rima (que le parecería, estoy seguro, innecesaria, estruendosa ostentación), o con suave y sutil asonancia en versos pares.

Brevedad, fulgor, fugacidad... Juntadlo todo y añadid a esto la estrecha relación entre pensar budista y jaiku y la impermanencia como lugar común en ese pensamiento y no podrá extrañaros que entre libro y libro de poemas nos entregara una bella colección de jaikus de virgiliano y borgesiano título: La amistad silenciosa de la luna . A menudo sorprendentes, siempre hermosos. Desde la primera pregunta sin signos de interrogación y, por descontado, sin respuesta: “Adónde miran / los ojos de los muertos / tan fijamente”, hasta la conclusión de un escéptico de su propio escepticismo y delicado y elegante como el que más: “Guarda en su alma / un lugar para Dios, / aunque no exista”. ¿Cabe mayor delicadeza? Para un reconocido blasfemo como el que os habla, seguramente no, pero tal vez me ofusque la costumbre.

Creo que fue Klee, en uno de sus cuadernos de notas, quien, con ocasión de haber conocido a Rilke, dijo haberse sentido impresionado por su “perfecta elegancia”. Yo he tenido parecida sensación al conocer la poesía y -por qué no decirlo- la persona de Cereijo.

Esta Música para sueños concluye con un breve poema que repite, en su forma métrica y en su motivo el poema de Cernuda “Los espinos”. Pero allí donde Cernuda envidia la resurrección anual y aparente eternidad del mundo vegetal, Cereijo prefiere, cual un monje zen cualquiera, tomarlo por modelo y ejemplo de aceptada, hermosa fugacidad.

Por cierto que al observar sus poemas de amor uno se pregunta si no será efectivamente un monje y esos textos no estarán dedicados, en verdad, a su única amante, la poesía.

[Bueno, eso es una boutade o una exageración que no sé si permite el género (si existe el género “presentación”). Lo cierto es que hay muy bellos poemas de amor en el libro (“Te miraré despacio...”). Y otros no de amor pero estremecedores, como ese elogio de la adolescencia que tan certeramente dedica a Javier Lostalé.]

Lamento haberme demorado tanto en presentaros a un poeta de esos de quienes no podemos prescindir, a lo mejor “leve, menor, oscuro y suficiente”, a lo mejor uno de esos treinta y seis sabios o justos escondidos por los que el mundo merece ser salvado.

José Ignacio Serra
 

 

 
  

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